domingo, 21 de diciembre de 2014

Café y cerveza



Los martes viene al café, pide un americano y se sienta a hojear revistas de cocina. Deja su bolso sobre la mesa, al lado de sus lentes oscuros y las llaves de su coche. Se sienta del lado de la ventana, en uno de los gabinetes con sillón. Llega a la hora muerta, después de la comida cuando no hay nadie. No le importa el letrero de prohibido fumar. A mí tampoco me importa, generalmente estoy solo con el cocinero por el cambio de turno. Ella saca un plumón azul de su bolso y circula objetos en las revistas. Termina con las primeras dos antes de pedir algo de comer. A veces pide sólo galletas, otras le gusta ordenar helado de fresa, pero generalmente toma la especialidad: pay de manzana a la West Virginia.  
Me acerco a su asiento con el postre. Me da las gracias. Le pregunto si está ocupada.  Ignora mi pregunta. Me quedo estático unos segundos. Ambos estamos en silencio. Ella sigue concentrada en su revista. Toma un sorbo de café con cuidado de no quemarse, le agrega azúcar y vuelve a su revista. Le digo que mi nombre es *. La desconcentré. Voltea asombrada, no había notado que sigo ahí. Sonríe con esfuerzo. Le pregunto por qué viene siempre en martes. No responde. Se siente hostigada. Sus ojos intentan evadirme, la molesté. Le digo que espero le guste el pay. Ella finge que nada sucedió sacando su celular de la bolsa. Me retiro.
Camino a la barra. No quiero que note mi urgencia por huir de la escena. Volteo a ver a las otras mesas. Por suerte sólo hay otra pareja tomando una malteada y no me necesitan. Me agacho y entro detrás de la barra, doy la espalda a las mesas y finjo limpiar la cafetera. No la he usado en todo el día. Mi reflejo es nítido sobre el metal. No soy feo. Veo mi mandil y mi red negra para el cabello. El mandil blanco tiene algunas manchas por el uso, en partes se ve amarillo. Volteo a las mesas, el hombre con la malteada me pide la cuenta con una seña mientras toma de la mano a su pareja. Me duele salir de mi refugio. Me quedo un momento quieto. Pretendo hacer las cuentas antes de salir de la barra.
El hombre dice que me quede con el cambio después de darme un billete. Voy de regreso a la barra, pero escucho un silbido. La chica me llama. Pienso en mi madre, en cómo me chiflaba cuando necesitaba que fuera a la tienda por algún encargo. Siento su mano firme sobre una de mis orejas reclamando por el cambio que me gasté en dulces. La chica me pide otro americano. Dicta su orden sin verme, sigue concentrada en su celular. Hay cuatro revistas sobre la mesa, todas tienen fotos de ollas, espátulas y otros artículos de cocina.  Me llevo el plato sucio conmigo. No se terminó el pay.
Pienso en contarle una historia. Recuerdo que una vez escuché a un cliente contar una anécdota de borrachos. Un tipo barbón entra a una taberna y pide una cerveza. Ya está algo tomado, se ve por cómo se quita su chaqueta. De cualquier manera le sirven. El cantinero lo conoce. Lo saluda con efusividad después de darle su trago. El tipo barbón comienza a contar una historia. Balbucea sobre la última vez que fue por gasolina. Se queja de que su tráiler ya no es el mismo. Al parecer los ilegales tienen algo que ver con el mantenimiento de su camión. Dice que el condenado país se está yendo abajo desde que tenemos a un presidente negro. Toma un trago. Era de noche cuando se paró en medio de la carretera en dirección Nevada para cargar gasolina. El viento te corta a esa hora con su frío. Él entro a la tienda de la gasolinera por cigarros. Toma otro trago. Sólo estaba atendiendo un negro. Siempre dejan a los drogadictos el turno de la noche, le dice al cantinero derramando algo de cerveza. El empleado estaba en otro mundo, se queja el tipo con el cantinero. Dice que él siempre reconoce a los drogadictos cuando está borracho. “Ya sabes como soy cuando tomo: sensible.” Termina su cerveza. El cantinero ríe con esa afirmación y apoya las manos en la barra. El tipo barbón le sonríe, dice que se lo probaría en este momento, pero aún no se encuentra borracho. Pide otra cerveza. El cantinero se la sirve, con un “aquí tienes Joe”. Joe toma un trago antes de continuar con su historia. “Cerré los ojos unos segundos y cuando los abrí estaba en el suelo, con el maldito negro sobre mí. Comenzó a gritar que yo estaba intentando robarlo y amenazó con llamar a la policía. Estaba seguro de que iba a sacar un arma.” Joe imita la escena con torpeza. Se ríe y toma un trago. “Me zafe con un puñetazo y recogí mis cosas.”  Toma otro trago. Cuenta cómo tuvo que correr a su tráiler por su revólver. Dejo los cigarrillos en el asiento junto con varias revistas de la tienda y un par de cervezas. Toma otro trago. Salió del tráiler con el revólver y le quitó el seguro. Se acercó al mostrador y dio un disparo contra la caja registradora. El negro se tiró al suelo. Toma otro trago. Joe finge tener una pistola en las manos y disparar a las botellas. El cantinero asiente feliz, está encantado con la historia.  Joe se acercó al negro y comenzó a patearlo. Lo centró en la mira y dejó que llorara un rato antes de escupirle y retirarse del lugar. Termina su cerveza. El cantinero le da unas palmadas en la espalda, gustoso de que haya salido ileso. “Lo único bueno que queda en este país es nuestra libertad”. El cantinero asiente decidido. “Debemos defenderla ante todo”. Cuando termina de hablar deja un billete sobre la barra y toma su chaqueta. El cantinero agarra el billete y se despide. Joe dice que falta su cambio. El cantinero actúa desconcertado. Joe exige su cambio. El cantinero le dice que se largue. Joe saca su revolver. El cantinero se agacha, dice que tiene su cambio. Se para y con una escopeta lo derriba. Joe le suelta un tiro con su revólver desde el suelo. Pienso en la historia como un chiste. Tipos barbones, cantineros, borrachos llamados Joe.
Ella vuelve a silbar, me acerco y me da un billete. Me deja el cambio. Se va sin que le cuente nada.

Por Axel Plmx


domingo, 14 de diciembre de 2014

Profanado

Perdón, mi amor, si el pene que masturbé no era el tuyo. Perdón si los testículos que me metí enteros en la boca no eran los tuyos. Si la eyaculación que provoqué, no era la tuya. Perdóname que mis gemidos y mis plegarias a Dios de que me diera más (oh, sí, así... ¡más, más!) se dirigieran a oídos que no son los tuyos, provocados por movimientos que siguen sin ser tuyos. Y si lamí su ano o si metí mis dedos en él y no en el tuyo. Perdón, una vez más (o tal vez diez veces más) por haberme venido en su cara y no en la tuya. Siento haber cagado su semen, en lugar del tuyo. Por haber manchado sus paredes y sus cobijas. Y no las tuyas. Pero déjame explicarte, déjame explicarte. Yo llevo conmigo una marca del mal. Cuando era niño fui mancillado y profanado por el mismito mal encarnado. No tenía más de seis años. Tenía las manos no sé por qué razón recargadas en el piso, cuando las quité vi a una babosa aferrada a la palma de mi mano izquierda. Entonces mi hermano comenzó a gritarme insistiendo en que lavara mis manos lo más pronto y perfectamente posible. Me recuerdo tallando violentamente y repetidas veces mi palma. Las advertencias de mi hermano de siete años fueron muy claras y concisas: si no me lavaba la mano que tocó a la babosa en el menor tiempo posible, se introduciría por mis poros hasta pegarse por completo a mis venas, ahí se reproduciría y en cuestión de nada me convertiría en una de ellas. Poco a poco comenzarían a emanar babosas de mi piel hasta hacerse una sola y posteriormente, hacerme yo una sola con ellas. Seguía yo tallando y tallando, y desde lejos oí las burlas de mi hermano que se agarraba la panza de la risa. "¡Caíste, caíste!". Pero yo ya me sentía infectado y sin esperanzas. Ya no quería esa mano, no podía aceptar esa mano como mía. Quería arrancármela, seguir tallando hasta que quedara en los huesos, pero la dejé ahí en su lugar. Claro que ahora no tengo fenotipo de babosa, pero es cierto que se introdujo en mí y me infectó. Con el tiempo me ha ido infectando las demás partes del cuerpo. Pasó de mi mano izquierda a mi mano derecha. Y de mis manos a mis ojos, a mi boca, a mis oídos, a mis genitales. Y de pies a cabeza, completito, infectado. Yo sé, bebé, que soy un asco. 
¿Te acuerdas, amor, de la vez en tu casa de descanso que me encontraste fuera de la regadera tirado en posición fetal sollozando? Había una babosa pegada en la pared del baño y me aventé lejos de ella. Nada más fuerte que encontrarse frente a frente con los defectos de uno mismo. 
Y de mis manos infecté mis ojos, que desean el cuerpo que no es el tuyo. Y de mis manos infecté mi boca que ruega morder y chupar su ano (nunca el tuyo). Y mis oídos que sólo se deleitan con sus gemidos. Ya no los tuyos. Y mis genitales que sólo quieren chocar contra su culo, el que no es tuyo. No es que ya no te ame, corazón, es sólo que ya estoy todito infectado de maldad. Y sí, es mi culpa; podría serte fiel, pero no tajé mi mano infectada cuando debí. Y lo siento por eso. Y lo siento por ti, y lo siento por él también. El estar pensando todo esto, mientras chupeteo un cuello que no es ni tuyo, ni de él. Y no me suelto. 


Por: Abril Ramos Xochiteotzin 

martes, 9 de diciembre de 2014

Me nació el amor



Su aliento a cacahuate japonés me causa náuseas. ¿Por qué hace ruidos con la boca cuando mastica? ¿Por qué tiene que comer esos horribles cacahuates? ¿No ve que de por sí ya es gordo? Ay no, ya me está empezando a lamer el cuello. ¿No se da cuenta de que eso no me prende ni tantito? Lo siento como una sangüijuela. Su mano peluda estrujándome las chichis. ¿Qué pretende con su dedo en mi vagina? ¿No siente que está seca? Qué incomodo. Ay, me duele.
―¿Qué pasó amor, no tienes ganas?
―Sí bebé, ¿por qué lo dices?
―No sé.
Claro que sabes patán, lo que pasa es que no quieres asumir que ya no me prendes. Ay no, ya puso su cara de que tiene herida la virilidad. Puta madre, me voy a tener que dejar coger.
―Estás bien buena.
―Y tú muy guapo. ¿Todavía no te vienes?
―No, es que estoy sintiendo bien rico.
―Ah bueno, síguele entonces.
Ya que se venga este cabrón, lo bueno es que ya con ésta lo tengo tranquilo unas dos semanas.
―Uff estuvo bien chido. ¿Te gustó?
—Sí, estuvo bien.
—No te escucho muy convencida.
—Ya sabes que no me gusta platicar después de coger.
—Eres la primera que me dice eso, las viejas siempre quieren platicar.
Pues de seguro pura vieja ridícula te has cogido.
—¿Me estás diciendo que te has acostado con muchas zorras?
—Tuve sexo mil veces, pero nunca hice el amor, ja ja ja.
Ay, este pendejo haciéndose el chistosito.
—Estoy hablando en serio, ¿con cuántas mujeres te has acostado antes que yo?
—Mmmm, no sé, no llevo la cuenta.
—¿O sea con muchas?
—A ver, empecé a coger a los diecisiete, y luego el desmadre de la uni, luego anduve con Lilia como cuatro años y ahí le bajé al cagadero, después cuando cortamos pues una que otra chava y ya contigo.
—¿Diez?
—No, yo creo que más, sí ando contando treinta eh.
—¡Qué asco! Eres un promiscuo.
—¿A ti cuántos te han llevado a la cama?
—Pues tú y Ricardo antes de ti y ya.
Y Carlos en la prepa, y las pedas de la uni, y el gringo que me eché en Cancún.
—¿Y quién coge más chido, el pendejo de Ricardo o yo?
—Obvio tú.
Ninguno de los dos, ni siquiera saben cómo agarrar los senos. Yo creo que el gringo aunque yo estaba muy peda.
—¿Lilia o yo?
—Tú bebé, contigo me quiero venir cinco veces.
Obvio, Lilia es una mustia.
—No te creo.
—¿Por qué dices eso?
—Yo creo que me has de poner el cuerno.
—¿Con quién si me la paso todo el tiempo contigo?
—Seguro una de las putitas de tu oficina.
—Son unas fresas, yo ni les hablo.
—Eso dices. En el facebook siempre te están poniendo comentarios en tus fotos.
—Un par de veces y era la foto de todos los del departamento.
—Siento que la tal Daniela quiere contigo.
—¿Por qué lo sientes?
—Ah, ¿me estás dando la razón?
—No, nada más quiero saber por qué lo dices si sólo la has visto bien pocas veces.
—Pues la forma en la que te habla y en las fotos siempre sale a lado de ti.
—Claro que no, ni al caso.
Ándale, se me hace que éste se trae algo con la flaca esa.
—Dime la verdad, esa vieja quiere contigo, ¿verdad?
—No, claro que no.
—Si es cierto préstame tu celular.
—¿Qué te pasa? ¿Para qué lo quieres?
—Si no tienes nada que ocultar, me vas a dejar ver qué tienes ahí.
—Bueno sí, yo creo que sí quiere conmigo.
¡Cabrón!
—¿Por qué no me habías dicho nada?
—Pues es que es algo equis, a veces me manda mensajes, pero te juro que yo no le respondo.
—Dame tu celular.
—No, te estoy diciendo la verdad, no te estoy ocultando nada.
—Entonces, no hay problema que vea tu celular. O déjame entrar a tu facebook.
—Bueno, sí pasó algo una vez, cuando tú y yo nos peleamos, me puse borracho y te juro que yo no quería, pero ella fue la que me sedujo.
¡Hijo de su puta madre! ¿A mí? ¿Me puso el cuerno a mí?
—¡Qué poca!
—Perdóname chiquita, fui un tonto, no debí haber hecho eso.
—Me traicionaste, me humillaste. ¡NO-ME-TO-QUES!
—Te juro que no fue mi intención, ella me sedujo, yo estaba muy borracho.
—Y luego con esa vieja que se le ve lo puta desde un avión.
—Pues por eso te digo, yo no tuve la culpa, ella es la que se le anda ofreciendo a todos en la oficina.
—Y tú claro, caíste redondito. Se tuvo que tirar al más tarado de todos.
Pendejo, ¿tienes la cabeza en los huevos o qué?
—¿Me vas a cortar?
Hasta crees que te voy a cortar para que te vayas con una de esas zorras.
—Pues yo creo que es lo mejor. Ya no te puedo tener confianza. Me has mentido todo este tiempo y yo de bruta que te creí.
—Haré todo lo que tú me digas.
—Soy una tonta, me enamoré de un patán.
—No, no, yo también te amo bebé, por favor, déjame arreglar el daño.
—Pues no me imagino qué puedes hacer, yo ya no voy a confiar en ti nunca.
—Lo que tú me digas.
—Háblale a esa vieja y dile que es una piruja y que yo soy la única.
—Amor, es mi colega ¿qué tal que me acusa y luego me corren?
Tiene razón, si lo corren luego yo voy a tener que estar pagando el cine y las palomitas.
—Está bien, háblale y dile que ya no te busque nunca más y que a la única mujer que amas es a mí.
—Sí, está bien.
—Hola Daniela, ¿cómo estás?... bien, bien, gracias ¿y tú? Ah perdón ya te pregunté jejeje… Nada aquí, pues te quería decir que ya no me busques nunca más… sí, pues ya no me hables ni me mandes mensajes… sí, sí me mandas mensajes… bueno, pero me los respondes, entonces pues ya, ni tú a mí ni yo a ti… Pues porque amo mucho a mi novia y me voy a casar con ella pronto… Danny… Danny.
—Me colgó.
—¿Me vas a pedir matrimonio?
—Sí, mi amor, nada más que te quería llevar a un restaurante en Chapultepec…
—Te amo, sí, sí me quiero casar contigo.
—Yo también te amo y te voy a hacer la mujer más feliz del mundo.
Wow, ahorita que me deje de abrazar lo voy a publicar en facebook.
—Oye, pero ¿sí me vas a llevar a ese restaurante en Chapultepec y me vas a dar un anillo bonito verdad?
—Sí mi amor, claro que sí.


Por Aída Gutiérrez 

martes, 25 de noviembre de 2014

De cómo calibrar telescopios



Un olor a olvido acompañó el panorama desolador donde fui citado. Aún no deslizo la mirada hacia las demás mesas, y sé que estas personas ya me están esperando. Encojo el paraguas para dárselo a un camarero. El piso como siempre está sucio y alcanzo a ver algunos insectos ocultándose del recién llegado para perderse en grietas del piso. No me importa. Las verdaderas cucarachas están acomodadas en la única mesa del segundo piso, con varias jovencitas sentadas en cada pierna. Nunca me han visto, pero al entrar inmediatamente me reconocen. Paso al vestíbulo mientras ellas salen en fila. Me miran un momento y bajan los ojos para perderse en el corredor y seguir su trabajo.
El pelirrojo se levanta y estrecha mi mano mientras me sonríe, después hace un ademán para invitarme a sentar. Me ofrece una bebida, pero la rechazo. Yo estoy ahí por el dinero. El otro aún no habla, y tampoco tiene cabello. Su manera de ocupar el espacio me hace pensar que él es el líder. Que él fue quien me contactó. Estoy ahí por el último pago, el que se recibe personalmente.
Durante esa hora les hago preguntas de rutina. Preguntas sobre mi objetivo. Mi trabajo requiere información. Cuando era joven no entendía qué tan necesario es un dato que parece mínimo, hasta que uno a uno mis compañeros fueron cayendo. Termino la rutina y en un momento el muchacho me hace una pregunta personal. Lo ignoro y me dirijo al líder y le exijo mi parte. El pelirrojo se pone de pie un tanto apenado y me extiende un maletín pardo.  Salgo de ahí y camino  sin el paraguas por el puro gusto de caminar entre las gotas.
La ciudad entera está repleta de inmundicia. El hedor de la gente y los negocios me molesta, y arriba, muy arriba, se pueden ver propagandas de solo un candidato, el Gordo, el más poderoso. El que ya domina la ciudad. Hace meses trabajé para él. Cómo giran las cosas.

Voy a ver a Emmanuel. Entro a su habitación y veo que ya tiene más tubos que ayer. Me duele verlo así, pero me contengo y actúo con normalidad. Platicamos entretenidamente sobre algunas cosas sin importancia. Una enfermera toca a la puerta recordándome que faltan quince minutos para que el tiempo de visita termine. Emmanuel me pide que vea televisión con él un rato. Estamos viendo a un McFly (o Clint Eastwood) muy alterado y con ropa ridícula,  pero muy seguro, como si supiera que al final no se va a morir. Levanta de la tierra un pedazo de lámina de metal, la pone bajo su ropa y sale al tiroteo.
Minutos después mi hijo se queda dormido. Le beso la frente y me voy a casa.

Estoy sentado en la cocina. A veces me siento como un motor sin potencia, pienso. La vida está muy jodida. A la mañana siguiente tomo algo de dinero, un estuche rígido con mi material de trabajo y me cuelgo al hombro la mochila. Anuncian por la radio el bloqueo de media docena de calles, por el discurso electoral del Gordo.
Ya lo he hecho antes, pero nunca en esta ciudad. Semanas antes del primer pago elegí el lugar preciso, el edificio, la vista. Nada debe arrojar la mínima sospecha. Hace meses me dieron el primer pago, y un día después comencé a dar instrucciones a mis empleados. Sandra, una prostituta rubia, será mi esposa; Mario, su hijo, será el mío. Sólo esta tarde. Ya sabe cada uno qué hacer. Es complicado, pero cualquier parásito se compromete a trabajar bien por una cantidad con los ceros precisos.
Dejo que Sandra entre primero, seguido del niño güerito. Estoy usando un suéter navideño y hace días fui a blanquearme los dientes. En el lobby utilizo unos documentos falsos. Cuando los mediocres investigadores y policías puedan apenas olfatear la verdad, Emmanuel y yo estaremos en otro país. Me dan la habitación que escogí en una simulada elección aleatoria. Desde la ventana puedo ver a la gente llegando para amontonarse y escuchar al objetivo vomitarles cualquier cosa, cualquier discurso que los tranquilice, algo que les ofrezca esperanza.
Permanezco sentado frente a la ventana un par de horas, visualizo cualquier posible error, cualquier falla. Ya faltan pocos minutos.
Siempre me gustaron las armas. Mi padre tenía muchas, y en cualquier espacio de la casa encontrabas al menos una: rifles, fusiles, carabinas y revólveres.  El de hoy es un fusil PSG8. El instrumento pesa casi nueve kilos, y con suerte, le hará explotar la cabeza como un grano al ser exprimido, o como a papá con su Colt .45, su revolver favorito.
Me pongo otra ropa, algo oscuro para la noche y guardo el suéter, el regalo de mi muchacho, en la mochila. Doy instrucciones de esperar en la habitación y me dirijo al último piso, con el estuche y el arma favorita de papá. Ahí está uno de mi equipo, con su uniforme hotelero. Me da la llave y le ordeno que se retire. Abro una escotilla y me instalo en la punta del Hotel Internacional. Cuidadosamente armo el instrumento y lo instalo sobre el bípode. De todos, éste es mi favorito. El del valor sentimental, dirían algunos. Hoy es el último día de mi carrera y él se merece este privilegio. Llegó a mí como pago de un favor, una encomienda de un anciano militar de Malasia. El aire frío impacta en mi cara. Antes de cada trabajo me invaden los nervios, nunca lo pude evitar.

Estoy concentrado y en la plaza no cabe ni un alma más. Hay de todo: campesinos, estudiantes, ancianos; todos en conjunto para escucharlo hablar. Por la mira telescópica fijo bien el lugar, pienso en el tiempo que tomará el disparo, el viento, la reacción de sus seguidores, la reacción de todos sus guarros, y la de los míos que están con él. Imagino de qué manera los noticieros estallarán durante los próximos meses. Probablemente la noticia llegue hasta donde estaremos, mientras señalan a algún sicario torpe o a algún policía.
El gordo sube tarde al escenario y la tierra retumba. La gente grita y le aplaude, entonan su porra y muestran sus pancartas mientras una inmensa cordillera de policías, todos morenos y fuertes, resiste a la multitud. El discurso comienza y me preparo. Cierro los ojos y respiro hondo varias veces.
Ocho y media.
Apunto a su rostro. En siete décimas de segundo su cara debe explotar. Mis brazos ya no se mueven ni un milímetro.
Resisto la respiración.
Aprieto.
¡Mierda!
 Al momento de la detonación mi celular suena y vibra en mi bolsillo. Miles de personas gritan de terror al unísono y miro hacia adelante. El gordo se cubre un brazo y sus guarros lo tiran al suelo y lo protegen.
¡Mierda, mierda, mierda!
Arrojo el fusil, gateo para ocultarme tras una bodega y como un impulso involuntario saco el teléfono. Me dicen que debo acudir rápido al hospital. Exijo que me digan qué pasa. El estado de Emmanuel se complicó y falleció en una emergencia, me dice una voz. Lo sentimos.
No siento el cuerpo. Apenas distingo el ruido de la gente, deben estar gritando, empujándose, corriendo. Estoy en un trance y me tiro boca arriba. Unas gotas comienzan a resbalar por mis mejillas y el tragar saliva raspa como pasar una lija por mi garganta. Permanezco así no sé cuánto tiempo. Me arrastro al borde y contemplo la vista. Escucho un sonido violento seguido de varios pasos subir al último piso. Me tardé. Dieron conmigo.
Levanto la mochila, saco la hermosa Colt .45 y me pongo el suéter navideño. No tardan en subir en pelotón. En una bolsa de basura veo un pedazo de cartón mojado. Lo saco y le quito de encima un par de cucarachas muertas, con cuidado para no desbaratarlo. Después lo coloco debajo del suéter, quiero que me proteja bien. Los pasos están cada vez más cerca. Ahora pienso en mi pequeño soldado, como le digo a Emmanuel. También pienso en Sandra, y espero que haya sido lo suficientemente inteligente para robarme algo de dinero y huir de ahí. Pero es torpe y se conmociona fácil. La conozco, y sé que la van a agarrar sin dificultad. Los uniformados salen en organizados grupos y pronto varias decenas me rodean. Los distintos uniformes me indican que pertenecen a diferentes pelotones, incluso hay uno muy familiar. Veo sus máscaras y pienso que algunos me reconocen.
Entonces comienzo a disparar. Hoy nadie puede matarme.

Por Pablo Pest Og











domingo, 23 de noviembre de 2014

La Creación



1
Hoy me siento: Frustrado
Hola de nuevo. Ahh, hoy no fue un día fácil. Me enojé con Universo porque no me quiere dar permiso de ir a la fiesta de Lucy. ¿Recuerdas que te conté hace como un mes que me encargó hacer otro planeta? Se me olvidó. Ahora sólo me quedan siete días. SIETE DÍAS. Y en realidad son seis, porque la fiesta es justo el día que le tengo que entregar el nuevo planeta. Realmente quiero ir. Salirme de mis obligaciones un rato. Además dicen que van a prender en llamas a los entes de Marte, y dicen que esos cuando se incendian disparan luces de neón. ¿Te imaginas? No puedo perdérmelo. Cuando le pregunté si me dejaba ir, lo primero que dijo fue "¿Ya hiciste el planeta que te pedí?". Le dije que faltaban unos detalles pero que ya casi. Ya sé, ya me había prometido no mentir, ¡pero es la fiesta de Lucy! Sabes cómo me encanta. Te escribo de él todo el tiempo. Me fascinan así. Malos, rudos. Tan sólo imagino cómo impone su maldad en... Pues ya sabes, la intimidad, y se me pone la piel chinita. Jiji.
En fin. Universo terminó diciéndome "Y que esta vez sí funcione, eh". Claro que me indigné, pero no puedo pelear más con él si quiero ir a lo de Lucifer, así que me evité la discusión y me fui. Le prometí que se lo iba a dar en menos de una semana. Ahh, cuánto estrés. Total. Me voy a estar chingando todos estos días. Hasta ahora sólo le he puesto un poco de iluminación. Sólo luz. Y bueno, a ver qué sale. Ahora sólo quiero descansar. Te escribo mañana. Xoxo


2
Hoy me siento: Motivado
Querido diario, hoy vi a Lucifer. Lo intenté besar pero él no me dejó, así que para romper el hielo le conté del nuevo mundo que estoy haciendo y pareció interesarle mucho. Dice que me puede ayudar, que él tiene varias ideas y podrían funcionar con mi proyecto. Sé que esto de hacer tratos con el diablo no es una buena idea, pero hay que admitir que tiene una enorme iniciativa; digo, cuando era súbdito mío era un cualquiera. Cuando se reveló provocó una gran polémica. Apuesto a que no soy el único que se enamoró de él. Tan fuerte, tan valiente... Es decir, ahora tiene su propio reino, tiene a sus propios lacayos, vive sin moral. No sé tú pero para mí eso es vida. Hace lo que quiere. Ese es tipo de ser que yo necesito. El punto es que tener a alguien que me impulse no está mal para nada. Se despidió de mí besando la comisura de mis labios. Me derretí.
Ah, y sobre mi nuevo planeta, he puesto agua sobre los suelos y decidí que voy a vivir arriba de él. Así podré supervisar que todo esté oquei. Voy avanzando, voy avanzando.
Cambiando de tema, creo que los ángeles tienen sospechas de mi obsesión con Lucy. En las cena no paraban de hacer indirectas. Decían cosas como "¿Y qué pasó con Belcebú, eh?" Y hacían chistes del infierno y así. Me enojé y les dije que ese nombre no se podía mencionar en mi reino. Me fui.
Te escribo mañana. Gracias por escuchar siempre.

3
Hoy me siento: Nervioso
Hoy es el tercer día y no voy tan mal con este mundo. A decir verdad, se está poniendo nais, creo que tengo el toque. Puse una parte seca. Separé los mares y en las partes donde no están, hay tierra. Ahí puse semillitas y nacerá lo que tenga que nacer. Aún con lo bien que voy me siento nervioso porque Universo quiere ver cómo lo estoy haciendo. Siento miedo, de esto dependerá su decisión. Sólo quiero que este asunto pase rápido y ya. Te cuento lo que suceda.
Abrazo. Adiós.

4
Hoy me siento: Cansado pero excitado
Universo dijo que iba bastante bien, pero me cuestionó cómo se iban a manejar los días aquí. Así que tuve que hacer en chinga dos lámparas distintas para que distingan el día de la noche. Luego tratar de que coordinaran era un pedo, y pues ya, lo dejé así. Equis. Dijo que si pongo seres vivos en estos dos días que quedan tengo el permiso de ir. Estoy a punto de lograrlo.
Lucy no me había dicho nada aún para ayudarme, entonces creí que sólo quiso calentarme. Es un cabrón, la verdad. Pero no deja de encantarme, entre más cruel es, más clavado estoy. Ay, Lucifer. Terminé por hablarle. Colgué tres veces, qué vergüenza. Cuando me contestó me dijo que me tenía por sorpresa algo, que lo fuera a visitar mañana. Estoy muy nervioso y al mismo tiempo excitadísimo. No puedo dejar de pensar en esa sorpresa. Apuesto que ya no aguanta más las ganas de tenerme suyo. Él, yo, en su casa, en el infierno. Sintiendo su sexo, ardiendo, pegando nuestras pieles llenas de sudor. Sometiéndome. Ahhhhh.
Me voy a dormir. Me espera un gran día mañana. Beso.

5
Hoy me siento: Extrañado
Desperté casi vomitando las mariposas que sentía en la panza de la emoción. Estaba listo para irme con Lucy. Hice nacer animales de los mares y aves sobre los cielos. Hice brotar de la tierra reptiles, arácnidos y bestias terrestres. Le encargué a un querubín que hiciera que se reprodujesen y ya. Fin. Creé mi mundo y en cinco días. O eso creía.
Fui a casa de Lucifer con una gran erección, esperando encontrármelo listo para que me atacara directamente de atrás y ZAS... Pero no fue así. En cuanto entré empezó a aventarme un choro. Mira, tengo entendido que ya has creado a todos tus seres de la tierra, ¿no?, dijo, pues hay un ser que es indispensable en este mundo. Un ser que domine a las bestias del mar y de los cielos y los terrestres. Que sea superior en mente, en capacidades y supervivencia. Un ser que sea a tu imagen y semejanza. Sacó de un costal a unos como bultitos de carne que se parecían mucho a mí. Los revisé rápido, puse cara así como de interesado. Eran casi iguales a mí, pero uno tenía un hoyo entre las piernas en lugar de lo que nos cuelga a mí y a Lucy (ay, ¡lo que le cuelga a Lucy!). En fin, los dejó por ahí y se acercó. Comenzó a besarme el cuello y me susurraba en la oreja "esto es lo que te faltaba y lo que yo te he ayudado a crear" y luego bajó, y bajó. Cogimos unas quinientas veces de maneras que ni siquiera yo me imaginaba. Lo más encantador que he vivido.
Tal vez pienses que me engañó con sexo. Pero si lo piensas bien no es una mala idea, o sea, un ser que sea como yo no puede tener nada de malo. Además él los hizo para mí. Porque me quiere, supongo.
Sólo les falta la personalidad, te los entrego mañana sin falta, terminó diciéndome. Entonces estoy esperando a que sea mañana para entregar el mundo a Universo y preparándome para la fiesta de Lucy. Dijo que iba a llevar más amigos y que sería mil veces mejor que hoy. Ya lo creo.
Me despido. Buenas noches.

6
Hoy me siento: Emocionado
Lucy llegó con los humanos temprano. Me besó, luego dijo que jamás jamás fallarían y se fue.
Creo que los ángeles se dieron cuenta, pero ellos me son fieles y dirían a Universo que son invención mía. Sólo me aconsejaron que les diera un poco de moral. Yo confío en Lucy, pero les hice caso. Los puse dentro del planeta tierra y lo entregué. Lo hice muy bien para haberlo hecho en seis días y con uno de descanso para fiestear.
Cuánta tranquilidad. Hasta mañana, mil besos.

7
Hoy me siento: Satisfecho
Estoy listo, querido diario. 



Por Abril Ramos

domingo, 9 de noviembre de 2014

DE CÓMO TRATÉ DE CREAR MONSTRUOS O DE LO JODIDO QUE ESTÁ HACER CIENCIA EN MÉXICO



No me pregunten por qué decidí dedicarme a hacer ciencia en este país, supongo que porque me gusta sufrir, como diría Carlos mi tutor; o quizás porque sin dolor no hay recompensa. La ciencia en primer mundo es aburrida, allá tienes todo a tu disposición, desde material de laboratorio, equipo especializado de última generación y personal técnico el cual, prácticamente, es el que hace tus experimentos y tú simplemente eres el que pone la sapiencia para analizar los datos y llegar a una conclusión que culminará en una bonita publicación en alguna de las revistas más prestigiadas dentro del ámbito científico. En cambio aquí, uno tiene que luchar a contracorriente, ser investigador en México significa que tienes que hacerla de administrador, contador, empresario, divulgador, articulista, político, innovador, hacker (por aquello de los programas para hacer análisis de tus datos que cuestan miles de pesos la suscripción anual), amante del riesgo (por aquello de trabajar con sustancias sumamente peligrosas) y, lo más importante, chorero. Sí, se necesita cierta habilidad tanto verbal como escrita para convencer a CONACYT de que tu proyecto es lo máximo, tanto como para recibir apoyos económicos, sino no podremos salvar a México de la diabetes y del cáncer. Como podrán imaginárselo, el país está manejado por una bola de burócratas que creen que la ciencia sólo sirve para resolver problemas a corto plazo. Por otra parte, uno tiene que lidiar con la comunidad científica universitaria e institucional,  allí tienes qué olvidarte del choro que le dijiste a CONACYT, porque éstos –la comunidad científica– son los que saben. Para ellos, hacer ciencia es la adquisición de nuevos conocimientos que, con uso de la tecnología, podrían aplicarse para posterior beneficio de la sociedad. Pero eso es después de años y años de esfuerzos y de conocimientos acumulados. Básicamente los descubrimientos en ciencia son así: “¡Oigan!, he descubierto tal cosa, no tengo idea de qué significa, pero con el paso de los años se le podrá encontrar alguna utilidad”. Imagínate decirle eso a CONACYT. No habría becarios de ciencias y tendríamos que conformarnos con los becarios del FONCA, qué horror.  
Pero mejor vayamos al relato, después de esta pequeña introducción. Era lunes y yo no quería salir de la ciudad.  Verán, yo trabajo con un tipo de células “especiales”, la gente no conocedora del tema las llama células madre. En teoría, cada una de estas células tiene la habilidad de poder formar cualquier tipo celular del organismo. Para demostrarlo es necesario que las células sean inyectadas en un modelo animal no humano, para que con el paso del tiempo se formen tumores. Pero no es cualquier tumor, es un teratoma. Esta palabra viene del latín teratos, que significa monstruo. Imagínate que te comience a crecer una bola en la espalda o en el muslo. Si la extirpamos, lo que obtendremos será un mazacote de tejido compuesto de diente, piel, hueso, ojo, etc. Algo así como tu hermano gemelo en potencia, pero sin ningún eje corporal estructurado. Si esa visión no les parece monstruosa, entonces no sé qué podría ser.
Mi trabajo era inyectar unas células madre de origen mexicano en mi modelo animal. Eran unos ratones transgénicos. El problema es que ellos estaban en un centro especializado ubicado en alguna Provincia al norte del país, mientras que yo estaba en un laboratorio de la Ciudad de México con mis células madre  ¿Por qué? ¿Cómo es posible que tengan una cepa muy valiosa de ratones en dicho centro? ¿Qué no saben que las condiciones no son las adecuadas? Esas son las preguntas frecuentes que me hacen mis colegas. Pero créanme, allá están mucho mejor que en la pocilga de laboratorio que tenemos en la capital, les respondía.
La situación era la siguiente: el veterinario  (de esas personas que afirman que son doctores, pero no era más que un médico de animales) de nuestro laboratorio llevaba veinte años haciendo las mismas cosas. Sí, a él no le gustaban los cambios. Su trabajo consistía en alimentar y cuidar a los animales de experimentación, de los cuales sacrificaba alrededor de cuarenta por mes. ¿Por qué? Porque simplemente nadie los ocupaba, porque nadie trabajaba. Hace un par de años llegó al laboratorio Carlos mi jefe actual, científico egresado de la UNAM. Traía consigo un caudal impresionante de conocimientos y la experiencia respaldada por varios artículos publicados. Venía con ganas de trabajar pues. No es por desdeñar a otras personas que trabajan allí,  pero él tenía la “calidad moral” suficiente como para afirmar que el veterinario no hacía bien su trabajo. Hubo pleito y el susodicho veterinario trató de sabotear las investigaciones. Los animales se le escapaban, no limpiaba sus jaulas y por lo tanto vivían sobre su propio excremento, y la temperatura de la habitación estaba por arriba de los 30°C. Los que no morían a causa del calor solían ser devorados por sus compañeros murinos de celda. Una vez encontramos una ratita que le faltaba una pata trasera. Si el animal ya traía una mutación o fue víctima de un trasplante clandestino es mejor no saberlo. Por último, el inmueble tenía algunos ocupantes poco agraciados: grandes cucarachas en el almacén de alimentos, chinches besuconas (¿de dónde rayos salen?) en el área de cirugía y larvas de algún insecto semiacuático entre los contenedores de agua. Precisamente eso representa la población mexicana, somos un conjunto de células que crecen en condiciones adversas, viviendo entre la bazofia y los parásitos.
Es por eso que los ratones transgénicos estaban mucho mejor en La Provincia. Allá por lo menos les limpian la jaula y los alimentan diario. Habría sido mucho esfuerzo en vano si los ratones se hubieran muerto.
Después de varios meses de trámites y dando por perdida su importación, los de la aduana se comunicaron al último momento para avisarnos que los ratones ya estaban en el país. Teníamos que ir a recogerlos al sur de la ciudad y partir hacia La Provincia, en donde se les reubicaría en su nuevo hogar. Todo en el menor tiempo posible, porque los ratones, al ser transgénicos, son delicados y era probable que no sobrevivieran al viaje. Recuerdo que en esa ocasión al llegar nos quedamos tres horas varados sobre la avenida principal, por efecto de las lluvias torrenciales de temporada y la mala planificación de la ciudad. Maldito tráfico provinciano, a veces se pone igual que en el DF. De milagro sobrevivieron los ratones, quizá ni siquiera son transgénicos.
Seis semanas después, nos informaron que los animales ya habían crecido y estaban listos para el trasplante con células madre. Si había sido una proeza llevar de una ciudad a otra de tercer mundo ratones extranjeros genéticamente modificados que no toleraban ningún tipo de alimento más que sus croquetas estériles de exportación nada baratas, eso no se comparaba con la siguiente parte del experimento. Objetivo: las células tenían que estar vivas al momento de ser trasplantadas. Pequeño inconveniente: había cientos de kilómetros de distancia entre mis células y los ratones.
Afortunadamente Carlos había anticipado que íbamos a tener las distancias en nuestra contra, por lo que dentro del presupuesto contábamos con la adquisición de una pequeña incubadora portátil. Uno se ve muy profesional cuando pasas con esa cosa, de acero inoxidable, fabricación alemana y con batería con seis horas de duración para mantener la temperatura a 37°C.  Quién nos viera con sofisticado aparato, con el único objetivo de preservar células vivas, mientras que en otros hospitales llevan los órganos para trasplante de un sitio a otro en hielo dentro de cajas de unicel marca OXXO.
El día esperado del trasplante tuve que llegar al laboratorio desde las 5 AM para tener todo listo. Solo nos faltaba un documento en donde nos daban autorización para poder sacar la incubadora portátil del laboratorio, no vaya a ser que nos la robáramos. Después de lidiar toda la mañana para conseguir las firmas de todos los jefes que puede haber (Jefe de Departamento, Sudirector de Investigación, Director de Investigación, Subdirector del Centro, Director del Centro de Salud, etc.), Carlos y yo por fin partimos hacia La Provincia, yo cargando la incubadora. Sobra decir que el guardia ni nos preguntó qué era lo que llevábamos dentro de la incubadora ni nos pidió el documento de permiso de salida. Tanta burocracia para perder nuestro tiempo, el de las células y el de los ratones.
Antes de abordar el auto, alguien me preguntó si con el aparato que yo traía me comunicaba con mis amigos extraterrestres. Quizá si le hubiera dicho que, técnicamente, llevaba millones de seres humanos en potencia dentro de esa incubadora, los cuales estaban destinados a formar monstruos dentro de ratones, habrían llamado de inmediato a Provida o a Greenpeace. 
Debo admitir que Carlos la hizo bien de chofer, conduciendo a 160 km/hora procurando esquivar todos los baches de la autopista, so peligro de que mis células saltaran de sus placas de vidrio y se desparramaran dentro de la incubadora.
Al llegar a nuestro destino, procedimos a hacer la operación quirúrgica para el trasplante. Nos habían procurado un especialista técnico para que nos ayudara a anestesiar los ratones. Sin embargo, el “especialista” se limitó a observarnos con una mascarilla puesta, detrás de la puerta de cristal, mientras nosotros dos estábamos encerrados en un cuarto improvisado para la cirugía, lidiando con los ratones y con las células. Todo porque el anestésico, cuyo nombre era fluor-ano (así se pronuncia, flúor-ano) era supuestamente peligroso, que te mataba las neuronas. Y el instituto no tenía la infraestructura necesaria para trabajar con esos materiales. Pero así es como se hacen las cosas aquí en México, a marchas forzadas e improvisando. Yo sólo recuerdo que me sentía muy contento y relajado mientras inyectaba las células a los ratones dormidos.  El “especialista” también se negó a ayudarnos en el antes y después de las operaciones, porque usábamos luz ultravioleta para esterilizar. Quién sabe por qué tanto miedo, si los rayos solares que inciden en algunas ciudades de La Provincia son mucho más peligrosos que una exposición directa de cinco minutos de luz ultravioleta.
En fin, han pasado dos meses desde aquello y me informan que los teratomas no se han desarrollado en los animales. Habrá que repetir el experimento.

Por: La vengadora de la ciencia.



domingo, 26 de octubre de 2014

Podría ser peor



Sus ronquidos hacían eco en mi intento por soñar. No era capaz de concebir que un día había sido suficiente para que ella me hiciera sentir desprecio hacia su persona. El fardo del desvelo comenzó a hervir mis pensamientos. La moví hasta que entreabrió sus ojos, y como si fuera un príncipe, dejé que la pestilencia que salía de su boca entrara por mi garganta. Comencé a acariciar su cuerpo hasta que logré aumentar su respiración que la hizo despojarse del vestido. Hice lo mismo con mi pantalón, no sin antes sacar el condón de sabor. Deslizo mis labios por su cuello y trata de interrumpirme al balbucear un par palabras. Bajo su calzón y emite pequeños gemidos. Cuando intento ponerme el preservativo, la flacidez se apodera de mí. Ningún intento fue exitoso. Desesperación. Sus párpados vuelven a cerrarse, para dejarme encerrado en aquel cuchitril: frustrado, con mi pene colgando, mis manos oliendo a plátano y, lo peor, el mal sabor de su saliva y los tacos.


Sofía me ofreció hospedaje cuando se enteró que iba por un día a la Ciudad de Méjico. Me indicó que debería tomar un taxi hasta lo que ella denominó como La Condechi. Fue fácil reconocerla: seguía teniendo la complexión de un palo y tenía ojos color verde y el pelo color amarillo; atributos que bastaban para atraer mi atención. Después de los abrazos y la cotidianidad de preguntar sobre el trabajo, familia, la escuela y los hobbies, me llevó a su departamento para dejar las maletas.
Llegamos a un edificio que me hizo sentir que estaba en una película de terror. El inmueble había sido diseñado por un inglés, me contó ella, y añadió que la renta era supercara pero era el coste de vivir en aquella zona. El próximo terremoto seguro lo haría caer, pensé. Por desgracia, no había escalones de madera que crujieran y ayudaran a volver más tétrico el lugar.
Mi humilde hogar, así lo llamó ella, era una pocilga adornada por un par de trastes sucios, ropa tirada, un bote de basura lleno, libros que servían de portavasos y un colchón en su habitación que tenía un nudo de sábanas en la superficie. Para salir lo más pronto de ahí, le manifesté mi deseo por probar unos tacos. Se mostró decepcionada y me increpó alegando que los animales sí sienten, ampliando dicho regaño a una invitación para ver el vídeo donde trituran a los pollitos para hacerlos nuggets.
Estando en la calle, el taquero de la esquina me dice que pase. Detengo mis pasos para ver el papel fluorescente que anuncia que hay tacos de bisteck, maciza, suadero y campechanos. Sofía jala mi brazo pero no consigue moverme y su mirada choca en mí. Tras un efímero momento de pensar, decido acceder y ella sonríe contándome de los beneficios de no comer carne. Una cuadra después desvía el tema y me cuenta que aquí ha conocido personas superinteligentes porque son artistas de toda clase: pintores, escritores, productores, editores, sin olvidar a los músicos y arquitectos. Yo sólo le digo que sí. ¡Vaya mujer! Si no me gustara tanto le diría que me vale un pico de pollo, pollito, y hubiera regresado con el taquero que seguramente me estaría esperando para que pase.
En el restaurant vegetariano o vegano (no sé cuál sea la diferencia) me dan la carta donde ningún platillo cuesta dos cifras. Ella afirma que todo está superrico. Yéndome a la segura, pido una ensalada y Sofía pide una quién sabe qué madres con soya. Ahí va de nuevo. Empieza una conversación sobre los beneficios de la soya. La ignoro y llego a la conclusión de que si no tuviera brassier, uno pensaría que no tiene senos. Hace una pregunta a la que contesto diciendo que sí y se levanta para dirigirse al baño, momento que me permite dilucidar la forma de sus nalgas que se remarcan en el pantalón apretado que lleva. Ese kit es suficiente para volverme mudo. Al volver, pone sobre la mesa el tema del noviazgo, bajo la premisa de que ella es diferente y está loca, y nadie le tiene la suficiente paciencia. Finjo reír y eso da hincapié a que señale que mis lentes se me ven superbien. Renuncia al flirteo para iniciar una cátedra de cómo deberían ser las relaciones según su recabada experiencia. Se muerde los labios y eso me distrae de nuevo. De manera inútil creo sus palabras cesarán cuando la comida llegue.
Examino el tazón que volvería loco a un bulímico. La cantidad de alimento que nos han servido a los dos está más adornada que servida. Lo olvidaba, debo volver al ruido de su voz. Por fortuna, una gota de salsa cae en su playera debajo del mentón. Decide tallarla con una servilleta, mientras hace énfasis en lo cara que le ha costado. Sus pechos son sacudidos dejándome entrever las minúsculas curvas que se forman.
Tras el derroche del dinero por algo que hubiese podido probar en cualquier fonda de mi pueblo y por menos de dos cifras, nos encontramos a un cabrón en una bicicleta para niñas que viste gabardina, bufanda y un sombrero como si se tratara de un pintor; un bigote estilo Jorge Negrete adorna su lánguido rostro. Sofía nos presenta. Mucho –pinche– gusto, dice él y me ignora para dar comienzo a una conversación que son más malos chistes sobre personas que no conozco que charla. Dos bostezos míos después, y él le hace la invitación a una fiesta con gente que denomina superinteresante, donde presentará un nuevo proyecto de música. Pregunté qué música era y respondió: es música underground. Se despiden ellos dos y nos vamos. Sofía me dice que es hipercreativo e hipertalentoso.
Antes de llegar a su casa, pasa a comprar un cigarro y me promete que es su único vicio… Y también la marihuana, jajaja, me dice. A punto de llegar a su casa, el taquero que ahora se ha vuelto daltónico, me llama güero y me vuelve a invitar a pasar. Debo negarme al placer de la grasa por esta ocasión, pienso, y proseguimos nuestro caminar. Sofía busca la llave en su bolsa, interrogando al objeto inanimado. Dejo de oírla para tomar un respiro que me permite ver la peculiaridad de aquí: los perros sacan a jalar a sus dueños que, sometidos a una correa, no ven por dónde van. Diez tintineos después, me dice, a un pueblerino como yo, que la ciudad es un caos y que todos deberían usar bicicleta para así evitar el smog. Por desgracia, la relatividad del tiempo no me ayuda: entre bostezos y quitadas de lagaña, mi existencia se ha vuelto máaaas lenta.
Inaugura la noche, aumentando la ropa tirada en el piso, hasta encontrar un vestido rojo que se sobrepone. Se te ve bien, respondo tras la típica pregunta a la que no se puede mentir si se quiere ganar a la mujer. Su boca acaricia la mía en un acto prolongado y agradece que tenga la capacidad de oírla sin juzgarla, y que yo soy superdiferente. Pido permiso para salir de la habitación y es concedido. Necesito un respiro, pero ella no deja de hablar y aumenta los decibeles de su voz. La ventana abierta deja oír el claxon de los coches que no dejan de pitar. Voy a mi mochila y saco dos condones: uno sabor plátano y otro del Seguro Social. Los guardo en el pantalón y vuelvo en dirección a Sofía. Estando frente al espejo, disimula que le da pena y renuncia a su ropa de día. Semidesnuda, muestras tres tatuajes que arruinan su piel. Le hago mención sobre lo bien que se ve con ellos. Mejor me hubiera callado. ¿Te refieres a estos?, dice en tono de sorpresa antes de llevarme al laberinto de la apatía con una explicación sobre el karma, budismo y las energías. Vuelve a mí para besuquearme hasta que logra que tenga una erección. Pero mi oportunidad se cae cuando evade la responsabilidad y me apresura para irnos a la superfiesta. No sin antes anunciar que cuando regresemos será mejor.
Luego de evitar al daltónico, llegamos con el cabrón de gabardina-bigote-de-Jorge-Negrete que compartía escenario con otros afines a él. Los Mostachounds le llamo yo. Comparto mi idea con Sofía que me dice que no sea grosero. Súpergrosero, pienso. La primera visita social que tenemos recae en un grupo que fuma maría. Sus voces parecen forzadas y la renuencia de Sofía por no querer, logra disiparse para dar inicio al proceso de adaptación. Suelto su mano y me pierdo entre el tumulto de la gente súper. Platicas que son el preámbulo de una lucha de egos comienzan en temas como política, filosofía, arte y cultura, hasta llegar a esa digresión. Con el tiempo como mi enemigo, le insisto a Sofía en que debemos salir de ahí.
Triunfante, logro que el “en veinte minutos nos vamos” no sobrepasen la hora, y nos largamos entre la música atonal de “Los Mostachounds”. Desdichado yo, debo oír lo superpeda que va y batallar con el zigzagueo de sus pasos, haciendo una odisea nuestro camino de retorno. Los besos y su oferta antes de salir son el estímulo que me hace continuar.
Al llegar al cuchitril que llamaba humilde hogar, me lleva directamente a su cama. La vehemencia del intercambio de fluidos me hace no abandonar mi fe. Los latidos de mi corazón se aceleran y mi pene vuelve a tomar posición. Su laringe emite sonidos como si tratara de decirme algo. Sus manos me empujan y rezonga diciendo que está mal lo que estamos haciendo. Acerco de nuevo mi cuerpo y vuelve a ser rechazado. Le pido una explicación que es negada y se recuesta para perderse en sus sollozos. Así hasta que comienza a roncar la borracha.
Tomo las llaves de su mochila y salgo de nuevo. No pienso renunciar al otro deleite. Camino hacia el puesto de tacos donde el barrido de las escobas, avisaba su cierre. “Sólo nos queda de maciza, güero”. Pido siete mientras percibo cómo se esfuma el vigor de mi pene. Sin las ganas de consumir el tercer taco por el sabor de la carne, los pido para llevar y regreso para librar mi última batalla.

Por Luis Mora