domingo, 27 de julio de 2014

Solo niños




Manuela se encontraba lavando los trastes cuando el sonido de un objeto golpeando madera la obligó a revisar la habitación de Raúl. Al entrar sólo vio un librero tirado.
—¡A ver Raúl, no sé si fuiste tú o tu amiguito pero me recogen eso ahoritita!
Fue Gustavo, Manuelita, regáñalo a él.
Manuela levantó sus hombros y regresó a lavar los trastes.
—¡Qué baboso eres! ¿Para qué me acusas?
Es que luego le va a decir a mi mamá.
Sí pero tu mamá nunca te hace nada, luego le va a decir a la mía y ella sí me castiga.
La discusión llena de gritos e insultos en el cuarto de Raúl hizo estallar a Manuela. Azotó el sartén que estaba enjuagando y regresó a la habitación. La mirada de Manuela intimidó a Gustavo entonces soltó a Raúl del cuello.
Vuélveme a distraer Raúl y te juro que le marco a tu mamá, y también a la tuya.
Pero te digo que es Gustavo.
Ya Manuelita perdónanos, te juro que ya no tiraremos más cosas dijo Gustavo casi llorando—, pero no le marques a mi mamá.
Conste.
Manuela al salir de la habitación se encontró con María, la cocinera, iba de camino al mercado, pidió de favor que se encargara de los niños. Si todo el día me la he pasado cuidándolos.
—¿En serio vas a dejar que nos hable así? dijo Gustavo casi rojo.
Del cuarto de Raúl sólo se escuchaban murmullos que terminaron en gritos. Manuela entró corriendo de nuevo.
—¡Ahora sí, se los advertí!
Se dirigía a la sala por el teléfono cuando Gustavo logró taclearla para luego poner las rodillas encima de su espalda.
—Órale Raúl, pásame la cuerda.
—¿¡Me haces el favor de soltarme, Gustavo!? ¡O le marco primero a tu mamá!
A ver amárrale las manos ordenó Gustavo.
Sujetaba las manos de Manuela y, a pesar de que ella era mayor, no logró tener la suficiente fuerza para librarse de él.
Raúl no tenía la menor idea de cómo hacer un nudo, pasaba la cuerda alrededor de las muñecas, como si estas fueran un trompo, así que se turnaron.
A ver, sólo siéntate en ella y agárrale fuerte las manos.
A pesar de toda la resistencia que puso Manuela lograron atraparla.
—¡Ahora sí los van a casti
Gustavo estrelló la punta de su zapato en el pómulo de Manuela, ella se puso a llorar. Raúl notó la sombra de su hermano menor reflejada al lado de Manuela.
—¡Métete y cierra la puerta!
Gustavo, después de dos patadas y una bofetada, se dirigió a la cocina por masking.
A ver a quien le vas a hablar, gata pendeja.
Raúl se puso a llorar.
Me van a castigar mucho por tu culpa.
Pus sí, pero de todas formas nos iban a castigar, si nos preguntan estábamos jugando.
Raúl se fue a acostar al sillón y se puso a llorar, Gustavo sintió pena, entonces fue con él y lo abrazó.
Manuela con ayuda de su lengua logró liberarse del masking. Pegó el grito más fuerte que pudo.
—¡AYUUUU el sonido de un trueno interrumpió el grito.
Raúl observó lo ocurrido, y después de un minuto corrió al baño a vomitar. Gustavo sólo se quedó observando a Carlos, el hermano menor de Raúl, sostener un fusil.
—¡Ya matamos a Manuela! gritó Carlos, después empezó a reír.
Gustavo sólo recogió el masking, desamarró el cadáver y fue con Raúl para ver cómo se sentía. Carlitos lo siguió. Gustavo se arrodillo al lado de Raúl, recargó su barbilla en el escusado y se puso a vomitar con él.
—¡Yo la maté de un balazo, soy un héroe!
Esto le provocó más vómito a ambos.
Pasando quince minutos se escuchó el chocar de las llaves y una llave entrando a la cerradura; era María. Al abrir la puerta se encontró con una escoba manchada de sangre.
—¿Niños?
Carlos salió corriendo de la habitación mientras gritaba “¡Yo la maté, la maté de un balazo!.
—¿A quién Carlitos?
—¡A Manuelita!
María confundida se dirigió a la sala, donde se encontró con el cadáver de Manuela. Gustavo y Raúl salieron de su habitación, algo pálidos pero contagiados por el comportamiento de Carlos. Gritaron junto a él:
—¡Ya matamos a Manuela! ¡Ya matamos a Manuela! 



Ay si sólo eran unos niños, no estaban conscientes.
—¿Los castigó por haber hecho eso?
Repito: sólo eran unos niños.
—¿Nos podrá repetir el nombre de la víctima?
ManuelaManuela, no me acuerdo y no creo que importe.



Por Arturo Jara





miércoles, 23 de julio de 2014

Permiso



Parece ser que llegué a la base de los camiones. Sí, aquí es la última parada. Cuando el camión se estacionó fue cuando el señor por fin se decidió bajar. Pero ahora ya no sé cómo me voy a regresar, no tengo dinero y no sé cuál es el camión de regreso.
Mi mamá me mandó sola a la casa de mi tía, me explicó qué camión debía tomar y dónde me tenía que bajar. Recuerda lo que tanto te digo, dijo, ándate siempre con cuidado, jamás hables con extraños, ni con mujeres ni mucho menos con hombres. Entonces me besó y me fui. Todo iba muy bien, no faltaba tanto, pero entonces se subió un señor que se sentó junto a mí. Yo jamás hubiera pensado que esto pudiera ser un inconveniente, hasta que me di cuenta de que ya era hora de bajarme y que no podía pasar sobre el señor. Traté de empujar los asientos de adelante pero no se movían y no encontré ningún botón en mi asiento para indicarle al conductor que ahí era donde me tenía que bajar. No podía pedirle al señor que me diera permiso, pero empujarlo tampoco me iba a funcionar, pues sus rodillas llegaban hasta el respaldo del asiento delantero. Y vi la casa de mi tía pasar, la seguía como si una cuerda mantuviera mi cabeza atada a ella, cada vez alejándose más. Mi vestido se estaba ensuciando por el sudor de mis palmas y mis labios resecos me ardían de tanto morderlos.
Tal vez se baje pronto, me decía, tal vez se baje ahora y yo pueda llegar caminando, al fin no es tan lejos. Pero el señor estaba de necio, pegado a su asiento como burlándose de mí, como retándome. Párate, párate, párate, repetía en mis adentros, pero nada. Entonces llegó el momento de la resignación. Cuando sabes que no hay remedio alguno, cuando aceptas que tu destino es la fatalidad y hasta te creas planes para que tu fin sea un poco llevadero. Escarbaba entre mis recuerdos para ver si de casualidad mi mamá no me había dicho un “sólo háblales si necesitas bajar del camión y ellos no se mueven” pero lo único que pasaba por mi cabeza era su dedo apuntándome y diciendo “No hables con extraños, no hables con extraños, ña ña ña”.  Entre que me decidía si decirle que me dejara pasar o no, me percate que el camión se había detenido y que los demás pasajeros bajaron. Servidos, gritó el conductor, comuníquenle a mis compañeros su nuevo destino.

Por Abril Ramos


jueves, 10 de julio de 2014

El incendio de las morales que se bifurcan



Un Principio Ético y un Sentido Común iban de paso cuando percibieron a lo lejos una columna de humo. Rápidamente se dirigieron al origen de donde procedía el esperado incendio, dicho lugar resultó ser una Clínica de Maternidad y Reproducción Asistida. Había muchos heridos que habían logrado escapar del edificio, entre los cuales se encontraba, a punto de desfallecer a causa del humo, un Determinismo Moral.
―¡Auxilio, sigue allí dentro un frasco con cien embriones humanos! ¡Ayúdanos Principio Ético, debes salvar a los embriones, son cien vidas humanas en peligro!
El Principio Ético se adentró entre las llamas hasta llegar a la habitación donde estaban los embriones, estaba a punto de tomar el frasco cuando se percató que había un niño recién nacido en una incubadora, el cual seguramente había sido olvidado por el Determinismo Moral. Intentó tomar a los dos pero a causa de su limitado raciocinio le era imposible rescatar a ambos; el Principio Ético sabía que debía seguir las indicaciones del Determinismo Moral, pero sentía que algo no iba bien. Era tal su dilema sobre a quién salvar que entró en crisis existencial y se desmayó. Cuando todo parecía perdido, el Sentido Común llegó al rescate. Gracias a su poderosa lógica, con un brazo tomó al recién nacido y con el otro brazo recogió al Principio Ético y los sacó del edificio a punto de derrumbarse.
―Eres un tonto, ¿por qué rescataste un solo producto a término en lugar de los cien embriones? ―le espetó un Pensamiento Pragmático al Sentido Común una vez que salió del siniestro con sus dos cargas―. El Determinismo Moral le dijo al Principio Ético que salvara específicamente a los cien embriones, ¿qué no sabes contar?, se han perdido cien vidas humanas, a cambio de solo una.
―El más tonto eres tú ―le dijo el Sentido Común―, no necesito un doctorado en bioética para saber que cien embriones de dos semanas no significan nada al lado de un recién nacido. Sólo son células como cualquier otra que conforma un organismo, ciertamente con un contenido genético humano pero sin ninguna clase de conciencia. En cambio, el recién nacido es un individuo completamente formado que siente dolor e interacciona con el mundo exterior, lo que lo hace más parecido a una persona, por lo tanto le tengo mayor empatía. Corrección: salvé a un ser humano en lugar de cien células que no tienen ningún gramo de humanidad dentro de ese frasco.
―¿A dónde vas? ―dijo el Principio Ético una vez que regresó de la inconsciencia, mientras veía a su compañero que disponía a marcharse solo―, tienes que enseñarme a ser como tú. ¡No me dejes con el cegado Determinismo Moral ni con el nefasto Pensamiento Pragmático!
―No te preocupes, te ayudaré, voy a ver si esta vez tengo suerte de ser aceptado dentro de las cabezas de muchas personas. Que tanta falta les hago.


Por Daniela Ávila





miércoles, 2 de julio de 2014

Neuromarchitosis


El ser humano nace con un número determinado de neuronas para toda la vida, las cuales se van marchitando paulatinamente y sin nuestro consentimiento a lo largo de los años. Este padecimiento lleva por nombre original: neuromarchitosis, y como a veces no sabemos en qué gastar nuestros recursos, los gobiernos han puesto a trabajar a los señores con bata blanca para tratar de comprender cómo es que ocurre la neuromarchitosis. Tras una serie de rigurosos experimentos utilizando algoritmos y pruebas estadísticas de las que poco entiendo, han llegado a la obvia conclusión de que si te dedicas a ver los espectáculos mañaneros de los canales de televisión abierta en lugar de leer un libro de ecuaciones algebraicas; o si solo te dedicas a ver películas pornográficas en lugar de hacer por uno mismo la película, o si te da flojera para escribir un cuento como el que estoy tratando de escribir, o simplemente estás envejeciendo, estás padeciendo el proceso de neuromarchitosis (aunque estas actividades si son ejecutadas en exceso, el proceso de neumarchitosis se acelera). En un principio uno pensaría que es terrible eso de quedarse sin neuronas sin las cuales no podríamos pensar nunca más en su pérdida y en otras cosas banales; pero no hay de qué preocuparse, el universo en su infinita bondad decidió que el ser humano podría sobrevivir con pocas neuronas, inclusive con una o dos. Eso lo podemos corroborar por la existencia de tantas profesiones idóneas para todos aquellos que sufren de neuromarchitosis: tenemos a los que se dedican a la política, a los líderes de sectas, los  abrazaperros, las lesboterroristas, pregonadores del fin del mundo y de la clave del éxito y de la felicidad, organizadores de asociaciones como el de la Sociedad de la Tierra Plana, escritores de libros de superventas que solo encuentras en Sanborns, conductores de programas en donde la gente va a contar sus secuestros por extraterrestres, enemigos públicos del hedonismo de derecha y, por supuesto, no olvidemos a los activistas amantes de todo lo que sea verde y que tenga clorofila, que les encanta recordarnos que la rodaja de tomate de su emparedado no es transgénico, aunque me gustaría que por lo menos les quedara una sola neurona que les hiciera recordar que ellos mismos experimentan mutaciones en cada una de sus células durante todos los días. De esta manera, pareciera que hay una correlación entre la neuromarchitosis y la soltura para hablar: cuando no hay neuronas, los pensamientos no pasan por ningún punto de control, por lo que ninguno es discriminado y todos son exteriorizados incluyendo los incongruentes. Para los que no tienen apetencia de seguir algunas de las honorables profesiones mencionadas y quieren conservar aunque sea un puñado de neuronas, se puede realizar una serie de actividades  con las cuales podemos retrasar un poco el proceso de neuromarchitosis. Por ejemplo: ahogar a las neuronas en cafeína al beber dos o tres tazas de café es suficiente para ponerlas a trabajar y evitar que se marchiten. También el sexo es placentero, perdón, quise decir, también el sexo es muy útil para retrasar la neuromarchitosis;  incluso llega a suceder que de vez en cuando brota una pequeña neurona durante el acto sexual, pero imagínense qué pasaría si todos nos dedicáramos a  coger durante todo el día, tendríamos nuevas neuronitas ansiosas por ponernos a reflexionar y entonces el Estado, así como las instituciones de índole moral, se verían en graves problemas al ser cuestionadas por la forma en que está organizada la sociedad. Ellos lo saben muy bien y es por eso que tenemos prohibido coger con quién se nos antoje en plena avenida, bajo el supuesto de alterar el orden público.
Por otra parte, la verdadera desgracia cae en unos cuantos individuos que padecen una neuromarchitosis sumamente gradual. Estos individuos, conscientes de ello, desearían acelerar la muerte de sus neuronas para poder olvidar que la mayoría de sus semejantes son más estúpidos que ellos. Pero irónicamente, al ser inteligentes, saben que un mundo con personas sin neuronas significaría la pérdida de las pocas cualidades del ser humano que merecen la pena conservarse, como la habilidad de crear arte y música. Lo más rescatable que pueden hacer estos románticos posmodernos es deshidratar a sus neuronas con alcohol o entorpecerlas con alucinógenos, para abrirse paso a la conciencia no humana y olvidar por unos momentos tantas idiotez que nos rodea. Yo lo único que espero es que una vez que la mayoría de nosotros sólo tengamos un cerebro abandonado por las neuronas, lleguen los virus a invadirlo y ocurra el apocalipsis zombie.

Por Daniela Avila.