jueves, 21 de enero de 2016

BENDIGO LOS DÍAS EN QUE EL DOLOR DE CABEZA ES INSOPORTABLE



1

He tenido días mejores, días en que al llegar temprano a la oficina encuentro mis lápices tal como los dejé la noche anterior… Sigo pensando que haberlos encontrado así, repentinamente desacomodados, no fue obra de un inofensivo accidente.
No podía quedarme con los brazos cruzados contemplando aquel caos.
Una vez más reorganicé mis lápices por orden de medida. Coloqué el lápiz más corto en el extremo izquierdo y gradualmente fui aumentando los tamaños hasta colocar el más largo en último lugar. Se formó entonces un triángulo-rectángulo que hubiera sido perfecto de no ser por el lápiz a la mitad de la figura: no era ni corto ni largo; es decir, si a cada lápiz se le hubiera asignado un número que representara su altura de manera ascendente, el lápiz desproporcionado ocuparía -entre el 4 y el 6- aproximadamente un 5.3, lo que significaba que aunque fuera reubicado no se solucionaría nada.
Un millón de minúsculos animales comenzaron a trepar debajo de mi piel; su movimiento provocaba comezón en cada uno de mis poros… Decidí deshacerme de ese lápiz aunque la decisión implicara reordenar el triángulo entero. El lápiz incomprendido se hundió en el cesto de basura, entre papeles y viruta de lápiz. La comezón cesó. Volví a concentrarme en el trabajo.
Hay mejores días. No sólo mantener mi escritorio en orden me da tranquilidad. Bendigo los días en que el dolor de cabeza es insoportable y no puedo ni siquiera escuchar lo que pienso.
Hoy sí tengo que obligarme a pensar para no quiero recordar; escribir en mi cabeza que las calles están más sucias que de costumbre, que la fila de autos no avanza y que no alcanzo a distinguir en dónde termina el recital de bocinas desesperadas por abrirse paso entre el tráfico; que el cadáver encalado de un perro en aquella esquina lleva así tres días…
Cada vez es más difícil mantener mi cabeza ocupada mientras camino de vuelta a casa. Al principio era sencillo prestar mi atención a detalles en apariencia insignificantes, detalles que hoy se han convertido en un patrón inmutable que se repite todos los días.
Aquí, antes era más fácil mantener mi cabeza ocupada. Más fácil, quiero decir, en comparación a quedarme en casa o estar en la oficina.
En casa debo dejar todo limpio por lo menos tres veces antes de salir a trabajar, desinfectar el lugar de Rex, organizar mis camisas azules por intensidad de color…
En la oficina, si no hay suficiente trabajo como para no pensar en otra cosa, debo recurrir a un sencillo método de tres pasos:
Escoger cualquiera de mis muslos; en ocasiones premeditadamente, en ocasiones no.
Tomar el último lápiz de la fila triangular que siempre debe ser el más afilado del grupo.
Hundir la punta del lápiz en el muslo escogido.
Cuando el lápiz está lo suficientemente enterrado, lo hago girar un par de veces, cierro los ojos, hago rechinar mis dientes y dejo que ese sonido rebote en todo mi cráneo, como si se tratara de una caja de resonancia… Después vuelvo al trabajo.
Pero en la calle no es tan simple. Aquí debo descubrir detalles en los detalles, cosas que pasaron por alto las últimas veces.
… Alguien arrancó un par de hojas de ese árbol… O quizá hayan caído solas, pero cómo saberlo. Si las hubiera enumerado igual que a mis lápices, lo sabría. Tal vez el limosnero pueda darme información. Podría preguntarle quién las arrancó o si cayeron y se las llevó el viento. En ese caso… No…, de todas formas dudo que la lengua del vago sirva: a diferencia del resto que ruega con toda la fuerza de su necesidad él está completamente callado.
Es un bulto, un tronco convulsionándose sobre un pedazo de cartón. Parece estar luchando por levantarse, pero no hay ni brazos ni piernas que puedan ayudarlo. Los muñones en donde deberían estar sus extremidades se agitan nerviosos. Es como un pez fuera del agua.
Es difícil imaginar cómo llegó hasta aquí. No hay nadie con él, ni siquiera una patineta con la que pudiera arrastrarse por la ciudad.
Siento que es mi responsabilidad ayudarlo a levantarse. O levantarlo, mejor dicho, como a un objeto perdido.
Es liviano, y sus ojos saben cómo dar las gracias.
Acomodo su cuerpo recargándolo en la pared. A un lado de él coloco el cartón que le servía de almohada. Lleva un mensaje escrito. Aunque la tinta está corrida, alcanzo a leer:
“Por favor ayúdeme, estoy embarazada.”
No hay ni una moneda a su alrededor, tal vez porque el cartón no estaba a la vista, tal vez porque nadie ha creído la mentira. Quizá la indiferencia.
El hombre continúa sin rogar ni una moneda. Después de mirarme, se vuelve hacia el frente, lejos, como si buscara en un punto distante algo que se había ido de ahí mucho tiempo. Al estar tan cerca de él, puedo sentir los sonidos que hace su estómago; las vibraciones de sus intestinos son tan fuertes que no sé si es hambre o pataditas del bebé.
Si me voy de aquí ignorando su llamada de auxilio algún día la culpa caerá sobre mí. Temo que la información del letrero sea cierta y cargar también con el hambre y tal vez la muerte del embrión. El hombre sabe perfecto cómo pedir caridad sin pronunciar palabra.

2

Su vientre fue creciendo a pesar de que por mucho tiempo no escuché ni sentí nada. Ni una sola patadita durante todas las noches que pasé con mi oreja pegada a su ombligo, como si esperara el eco del mar en un caracol.
Al principio no bastaba con atender el embarazo; debía seguir yendo a la oficina, ordenar los lápices, organizar mis camisas, lavar el patio tres veces seguidas, pasear a Rex hasta que él considerara que tanto olfateo había sido suficiente.
Después ya no fue necesario. Hasta cierto punto era más efectivo cumplir antojos o discutir conmigo mismo el color que llevarían las paredes de la habitación del bebé. Además, debía alimentar a Misha… En realidad nunca supe cuál era su verdadero nombre y nunca me dirigí hacia ella como “Misha”. El nombre sólo me servía para formular oraciones como «Esa peluca se le vería bonita a Mish», o «Le voy a llevar equis cosa a Mishita», etc; también lo usaba para hablarle de ella a mis compañeros de oficina cuando aún trabajaba:
YO: ¿Ya les conté que voy a ser papá?
ALGUIEN: ¡Qué lindo! ¿Qué va a ser?
YO: Todavía no sabemos.
OTRO ALGUIEN: ¿Y quién es la mamá? No te conocí otra novia después de Ana.
YO: Se llama Misha.
EL OTRO ALGUIEN OTRA VEZ: No, pues muchas felicidades.
Como dije, no era necesario que ella supiera el nombre que le había puesto. Era más fácil comunicarnos por medio de señas o movimientos de cabeza. Digo “señas” porque no se me ocurre otra palabra. Me explico: si algún color de peluca no era de su agrado, se tiraba al suelo y se retorcía agitando sus muñones hasta quitársela. Me gustaba verla tirada ahí. Me recordaba el día en que la recogí bajo el árbol.
Conocía perfecto sus berrinches. A veces me reía de lo ridícula que se veía. Era muy gracioso verla desesperada como pez fuera del agua.
Cuando se calmaba, la regresaba a su periquera, no sin antes colocar la peluca en su cabeza de nuevo.
Pero ni las pelucas ni los vestiditos se pagaban solos, así que debimos encontrar una manera rápida de conseguir dinero fácil y en cantidad suficiente para atender todos los cuidados que Misha y mi hijo merecían.
Recordé cuando Rex se escapó. En aquel entonces no soporté ver a Ana llorando. Pasé dos días enteros llenando la colonia con papeles con la foto de Rex y, debajo de su carita, la cantidad que daríamos como recompensa a quien trajera de vuelta al animal. Después de los dos días y un anuncio en el periódico, Rex apareció en los brazos de un desconocido que demandaba su recompensa. Fue dinero fácil y en cantidad suficiente. Ana dejó de llorar. Aún conservo al perro.
El señor Manuel es carnicero y sigue saludándome todas las mañanas. Los perros de la colonia huelen a kilómetros la carne que el viejo Manuel les trae desde el rastro. Pudimos secuestrar a cualquiera, pero al final escogimos a Pimpón, el único perro que vivía con él.
Esperamos a que no estuviera. Un pedazo de su propio excremento hubiera bastado para atraerlo, pero Misha insistió en que compráramos una pechuga de pollo congelada para seducirlo. Me lo dijo con la mirada. Yo lo sé.
Fue graciosísimo ver cómo don Manuel lanzaba por todos lados la carne que había traído para Pimpón y el resto; se jaló el cabello, se lanzó contra las paredes y con un pedazo de carne sanguinolenta en la cabeza salió gritando el nombre de su perro.
Esa misma noche pegó los anuncios que ofrecían la recompensa: dos mil quinientos pesos.
El viejo no dio tiempo ni de que se secaran sus lágrimas.
Al otro día entregamos al perro. Manuel no fue al rastro con tal de recibirlo y por primera vez compró carne congelada para él y Pimpón. Aún sigo imaginando al carnicero en un extremo de su mesa y a Pimpón en el otro comiendo pechugas asadas con cubiertos a la luz de dos velas.
Con ese dinero pude comprar una cuna usada, pintura para restaurarla, ropa de color neutro (así no importaría si el bebé era niña o niño) y una bata de maternidad para Misha. Nada más. En realidad había sido poco dinero. Fue entonces que tuvimos que hacer lo mismo con los perros de otros vecinos hasta que la desaparición de mascotas en la colonia se volvió sospechosa.
Para entonces el estómago de Misha era un balón. La parte que más me gustaba era bañarla: tallar su ombligo saltado, sus muñones, sus testículos… Nunca me atreví a preguntar qué le había pasado a sus extremidades, ni quién era el padre biológico del bebé, o preguntar si por lo menos el bebé existía. Luego del baño, nos dormíamos juntos. Yo detrás de ella, con mi brazo rodeando su torso.
Inventamos formas de conseguir dinero sin llegar a la limosna. Jamás permitiría que mi pobre Mish regresara a la calle. En ocasiones me disfracé de policía y me iba lejos, a estafar gente que nunca me reconocería. Es impresionante la cantidad de personas que no conocen sus derechos. Regresaba a la casa con dinero para cumplir los antojos de mi bebé.
Después de tanto había logrado lo que todo hombre desea: una esposa, una casa, un perro y, muy pronto, un hijo. Nunca imaginé que me quedaría otra vez a nada de lograr un Para Siempre. Un día Misha simplemente desapareció. De alguna forma había llegado a la esquina en donde la recogí y de la misma manera se había ido de mi casa.
No me he movido de la cama desde ayer que se marchó. He intentado pensar qué hacer, pero es inútil. En mis muslos ya no queda espacio para hacerme otra perforación con el lápiz. Además, la punta se rompió. Necesito ocupar mi cabeza en algo, dejar de pensar en esto, no volver a pensar en lo otro.
Salgo a caminar.
Procuro no pisar las grietas que tiene la calle, contar cuántas he librado… A veces piso una a propósito para comenzar de nuevo.
Atravieso por un callejón sin luz y distingo una silueta tirada en el piso. Quiero correr gritando su nombre, pero me detengo. Mis ojos poco a poco se adaptan a la oscuridad. No se trata de Misha y mi bebé. A alguien se le ocurrió abandonar un costal lleno de aserrín.
Me siento a un lado de él. Es cálido y suave y el olor me recuerda a… No… Será mejor olvidarlo.
Camino a casa con el costal a cuestas. Es pesado y está húmedo. Debe tener frío.
Llegando a casa lo seco con una toalla y lo visto con una bata de maternidad que encontré por casualidad en un cajón.
Acaricio uno de sus brazos y le digo al oído que todo va a estar bien.


Por Amaury Sánchez

martes, 19 de enero de 2016

La libélula



Ni siquiera podía mantenerse en pie, cada día disminuían sus fuerzas. Confinado a una celda sucia, mal oliente, con una deteriorada letrina de la que salía sin cesar un olor a drenaje y una  ventana que apenas permitía distinguir la luz del sol. Un hombre que alguna vez fue el ejemplo para su familia y la sociedad, cumplía su condena. Desde que era un niño, Bruce H. Reece se interesó por la vida de los insectos. Le gustaba explorar en los alrededores de su vecindario husmeaba, en los patios, en la escuela y en cualquier lugar a su alcance con la esperanza de encontrar cualquier bicho para poderlo admirar.
Con el transcurso de los años, su pasatiempo se convirtió en su pasión. Se graduó de biólogo con la tesis “El mundo de los insectos”.  Fue catedrático de Biología General en la Universidad de Kansas. Tenía a cargo proyectos de investigación en preservación y protección de la diversidad biológica y recursos. El Dr. Reece era admirado por compañeros de trabajo y alumnos. Con casi cincuenta años aún sentía la necesidad de seguir aprendiendo y de lograr un descubrimiento que aportara información relevante. 
Decidió realizar una investigación que consistía  en descubrir por qué la especie Pantala flavescens hace la migración más larga en el mundo de los insectos. Para él las libélulas eran fascinantes, tanto por sus características fisiológicas como conductuales. Disfrutaba ver los  extraordinarios coloridos, las espectaculares acrobacias en el vuelo y sus peculiares características.
Viajó al sur de la India en compañía de su colega el doctor Richard Watson, con la consigna de estudiar el viaje de las libélulas que comienza desde aquel lugar hasta África, incluso superando  el  recorrido de  la migración de las mariposas monarca. Les parecía un fascinante  debido a que las islas que componen las Maldivas se encuentran de 500 a 1.000 kilómetros de la costa del sur de la India y están formadas por arrecifes de coral que apenas tienen agua dulce, necesaria para que estos insectos completen su ciclo de vida, lo que implica un viaje de 600 a 800 kilómetros a través del océano.
El proyecto marchaba como se había planeado. En compañía de un guía local los dos científicos se adentraron  a uno de los litorales más vírgenes con la intención de obtener los resultados esperados. Por semanas, documentaron y realizaron las pruebas necesarias. Padecieron las inclemencias del clima y del entorno. No estaban acostumbrados a la incomodidad de pasar varias semanas en un lugar casi inhóspito, aun así la satisfacción de hacer  lo que más les gustaba y con la esperanza de conseguir más prestigio, impedía  que le dieran mayor importancia a las circunstancias que los rodeaban. Tres días antes de terminar la investigación, todo daría un abrupto cambio. 
Mientras dormía una sensación y un ruido extraño despertó a El Dr. Reece. Se levantó adormecido. Aunque era normal escuchar a animales por la noche, sintió que era observado. Salió de la tienda de acampar para averiguar qué sucedía.  Alejándose, alcanzó a distinguir algo que parecía a una figura encorvada y no humana. Regreso a dormir y no le dio importancia. Lo adjudico al cansancio o a un estado de sueño no muy profundo. La siguiente noche se volvió a repetir lo mismo, aunque esa vez, al salir de la tienda miró al ser a poca distancia de él. Ya no pudo dormir y al amanecer comenzó a contarle a sus acompañantes lo sucedido.
Como era de esperarse, su colega lo convenció de que olvidara el asunto alegando que los hombres de ciencia no debían sugestionarse o hacer caso al inconsciente, que muchas veces traiciona. Sin embargo no parecía muy convencido con la explicación del Dr. Watson. Se puso nervioso y expresó sus ganas de irse de inmediato. Aseguraba que los seres que vivían ahí no debían de ser molestados o todos sufrirían terribles consecuencias. Habían invertido horas de arduo trabajo, recursos de la Universidad y hasta de ellos mismos, no podían abandonar la investigación por creencias populares. Esa era la última noche y no había razón lógica para acelerar la partida. A la mañana  siguiente reunirían los resultados, levantarían el campamento y volverían a casa. No se percataban de que alguien los observaba.
Al caer la noche  los hombres se dispusieron a dormir. Todo cambió en cuestión de horas. El Dr. Reece despertó al amanecer, le pareció extraño que no hubiera ruido, a esas horas ya deberían de estar preparándose para volver a la ciudad. La calma lo angustió. Se dispuso a despertar a sus compañeros, pero su sorpresa fue tan grande y aterradora  cuando vio que Watson y el guía yacían muertos en sus tiendas, con el cuerpo destrozado, y frente a ellos dos criaturas deformes, con parecido a un humano, pero sin llegar a serlo. Lo invadió el pánico, esos seres lo veían  con curiosidad, para después alejarse del lugar y perderse entre los árboles. Con el paso de las horas se recuperó de shock y regresó al pueblo en busca de ayuda. Contó lo sucedido a las autoridades correspondientes que, atónitas, no podían creer lo que escuchaban. Como era de esperarse regresaron al litoral, encontraron los cuerpos brutalmente descuartizados. Al científico se le arraigó hasta que las pruebas periciales finalizaran. No se encontró ningún tipo de señal que indicara  que algo desconocido, parecía que Reece lo había hecho. Finalmente fue encarcelado y juzgado. A pesar de la ayuda legal que recibió de su país, no se podía hacer nada, todo estaba en su contra, concluyeron que el científico sufría una enfermedad mental, tal vez esquizofrenia la que provocó que asesinara a sus acompañantes.

Desde hace veinticinco años está encarcelado, muriendo poco a poco. Él no se cesa  de contar la misma historia, alegando su inocencia, pidiendo que busquen las pruebas que dejó en aquél lugar; sus documentos, las grabaciones en video y sonido, y las fotografías que hasta el momento no se han podido encontrar. Por las noches, antes de dormir, puede ver una libélula que es su única compañía y que se encarga de recordarle por qué está ahí.

Por Susi Cortes.