domingo, 28 de abril de 2013

Pepe




Parezco inquieta pero fundamentalmente siempre hago las mismas cosas. Converso con la misma gente, acudo a los mismos lugares  y como lo mismo siempre.
A las dos de la tarde me voy a la fonda donde nos alimentamos los sinpatria, las solteronas, los albañiles y los vagos. Allí veo siempre a Rita, la entrometida. ¿En dónde andabas? ¿Saliste de vacaciones? ¿Era tu novio? ¿No te vas a comer las papas? Me caga.
Vinieron ayer unos clientes y me preguntaron si es cierto que eres edecán.
No soy nada. No sé por qué tiene que hablar sobre mi vida con las personas.
No te molestes. Es que dijeron que eres muy guapa.
Osh. A veces cuando le contesto mal, siento remordimiento porque no me gustaría que nadie tratara mal a mi mamá. Cuando me arrepiento, me pongo los audífonos y dejo veinte de propina.Es una metiche pero cocina muy rico.Ser chismosa es también ser perceptiva y detallista; de alguna manera le tengo aprecio, cuando viene un temblor me llama para saber si estoy bien.
Claro que estoy bien.
No te molestes. Como sé que te pones muy nerviosa quería saber si no quieres que te lleve un panecito y un litro de leche para que meriendes.
No soporto su candor.

Una vez que no había nadie le pregunté cuál era su sueño.
Siempre quise conocer Acapulco y que me hicieran trencitas en la playa. Nunca he ido al mar. ¿Tú si?  ¿Cuál es tu sueño en la vida?
Titubeé antes de responder porque estaba pensando qué podría atraerle de esa horrible costa. Luego recordé que nunca antes conoció el mar y comprendí que a menudo la ignorancia endulza la fantasía. Lamenté mucho su circunstancia considerando que personalmente lo que más me gusta de la vida, es el mar. Pobre Señora Rita.
No hables. Ya sé lo que estás pensando. Ya estás en tiempo de hacerte una familia. Tu sueño como el de cualquier mujercita de tu edad; es encontrar un muchacho que te quiera. Que te quiera para casarte con él.
En realidad no. No tengo ningún sueño. Lo que sí, tengo mucho sueño. Me voy a mi casa. Nos vemos luego.

Desperté molesta porque mi celular no dejaba de sonar. No quise contestar ese número desconocido hasta que vi que sumaban catorce llamadas perdidas.
Oye puedes venir por favor. La señora Rita se puso muy mal. Creo que le dio un infarto. Estamos en Xoco.
Me espanté y me llevé las manos a la boca, como cuando quiero salir corriendo. Busqué dinero y una chamarra. Llamé al taxi y no llegó nunca.O si llegó no supe, agarré la bici y me fui llorando rumbo al hospital.


Déjeme pasar por favor.
¿Tú quién eres?
Soy su hija.
A veces pequeñas mentiras nos resuelven grandes pesares. La encontré tendida y pálida sobre una camilla muy vieja, olía a pastillas y a Clarasol. Sentí asco y alivio por encontrarla allí. Me abracé a sus piernas y le dije que la quería mucho. Puso la mano en mi cabeza y le di un besito, me dijo que ya se sentía mejor.
Pasaron algunos días, se obstinó en volver a la fonda y cuando lo hizo nos preguntó qué queríamos comer al día siguiente, porque era su cumpleaños.Elegimos comer pozole que aunque a mí no me gusta, es su platillo favorito.Durante el convivio no comí nada, salvo una tostada con crema y queso para no hacer desaire;  frente a mí estaba sentado un sujeto muy alto, de unos ciento cincuenta kilos.
Tráeme más pozole Rita. Este ya está frío.
Yo lo vi, se comió cuatro platos. Se limpiaba la grasa de los dedos con el mantel y tomaba refresco sin parar;  sudaba y jalaba aire, con el sonido desagradable de los hambrientos. Usaba lentes y calcetines blancos. Tenía manos de mujer.
¿Ya conoces a mi hijo?
No sabía que tuviera hijos.
Ven Pepe. Saluda a la niña.          
El gigante me dio la mano y se fue a seguir comiendo. No aguanté las náuseas y me fui a mi casa a lavarme toda.
A partir de entonces, cada día había una estúpida razón para que el tal Pepe viniera a la fonda y se encontrara conmigo. Poco a poco fui perdiendo el hambre y comencé a enflacar. En secreto comencé a creer que Pepe se comía mi energía.
Empecé a odiarlo. De por sí me parecía repugnante y ahora que trataba de ser mi amigo, me imaginé muchas veces golpeándolo.No he podido discernir si sólo era asco o también envidia. Era un mantenido por Rita y además le hablaba muy mal. Le contestaba peor que yo y eso era lo que más me hartaba. Me preguntaba cómo podía ocurrir que yo no tuviera a nadie y ese cerdo ingrato tuviera a Rita.
Lunes a media tarde, llegué a la fonda a comer la sopa. Me senté sin saludar a nadie para que no me hicieran la plática. Nadie dijo nada durante quince minutos, luego estalló Rita con su impertinencia.
Dice Pepe que está muy enamorado de ti.
Es una pena que yo sea lesbiana.
¿Qué dices?
Quebró la voz y se puso a llorar.
Ya Rita. No es cierto. Lo dije de broma. Ya.
Todo era un chantaje para decirme que Pepe quería salir conmigo pero le daba vergüenza. Disimulé mis intenciones con un disparate.
¿Le doy vergüenza?
No, cómo crees. Dice que le da vergüenza hablarte.
No tengo tiempo. Dígale que muchas gracias.
Aunque sea un café…
Me duele la panza si tomo café.
El martes llegué temprano porque siempre se acaba rápido el arroz. Antes de entrar escuché gritos y azotones.
¡A mí no me amenaces!
No puedo seguir dando dinero. Pepe necesito mis medicinas y ya no me alcanza. Ya tienes que ponerte a trabajar. Ya me siento muy cansada.
¡Ojalá que te mueras!
Pepe empujó a Rita, tiró los platos y escapó furioso. Entré a la cocina, recogí a la señora y busqué el recogedor. Rita se cubrió con el trapo la boca para hacer sordo un grito y luego recargó su mano en la orilla de la estufa. Me acerqué tantito como para ayudarla y me sacudió de su lado como si  tocara una herida hirviendo.
Me sentí muy mal por su reacción, percibí que me rechazaba y no fui varios días a comer a la fonda. Mequedé en mi casa a tratar de apurarme a otras cosas pero no podía sacarme de la cabeza lo que dijo Pepe cuando salía de la fonda.Ojalá que te mueras. Ojalá que te mueras.
¡Ojalá que se muera Pepe! grité en el baño.

Pasó la semana y Rita no me llamaba. No me hostigaba ni me pedía disculpas. Era como si por fin mi deseo de no responderle nada se hubiera realizado.Comencé a sentir angustia y le llamé por teléfono. No me contestó. Me dolió creer que ya no quería volver a verme por despreciar a su hijo.
Al otro día me llamó Pepe. Estaba serio, dijo que la Señora Rita se había muerto.
¡Tú la mataste!
No es cierto, le dio un infarto.
¡Pero estabas allí cuando se murió!
¡Pero yo no la maté!
El miserable llamaba para pedirme dinero porque no tenía para hacer un funeral. Gritoneó y despotricó de Rita por ser tan “inconsciente” y “avara” argumentando que escondió sus ahorros. Había volteado toda la casa, había movido los trastes en la fonda pero no encontró nada.
Ahora me estaba gritando a mí y me exigió que lo ayudara. Respiré profundo y no lo pensé mucho.
Vente para mi casa. Acá te doy. ¿Cuánto necesitas?
El muy cretino se atrevió a pedirme veinte mil pesos.
Llegó casi de inmediato y tocó muy fuerte. Con excepción de Rita, me molesta mucho que toquen fuerte la puerta de mi casa. Quité el cerrojo, abrí y allí estaba Pepe con los brazos cruzados y con el gesto déspota de las personas que piensan que las necesitamos.
Pásate. ¿Cómo te sientes?
Mal. Rita no dejó nada. No sé qué voy a hacer.
Tranquilo. Yo quiero ayudarte.
Fui a la cocina, saqué dinero del cajón y tomé el cuchillo para las arracheras.
            Le ofrecí un café y me pidió un pan. Pepe me miraba morbosamente. Sentí que me imaginaba como un plato de espaguetti. Me abrazó y apretó a mi ombligo con su pene erecto. Me alejé un poco y lo vi a los ojos para calcular cuánto lo detestaba.
Toma Pepe. Espero que esto pueda ayudarte.
No tienes más? Me va hacer falta dinero para la caja y el panteón.
Ahorita no puedo. En la semana hablamos.
Mejor dámelo de una vez. En la semana tengo cosas que hacer.
Saqué más dinero del cajón, suspiré profundo. Volví a la sala.Esta vez lo abracé yo. Correspondió con desesperación. Me abrazó muy fuerte y cuando quise soltarme me apretó más. Entonces no dije nada.  Me toqué la cadera, metí los dedos en el pantalón y encontré el filo. Le rocé la espalda y le sentí un riñón.
Quiso besarme, tomó mi cara con las dos manos para acercarme y le metí el cuchillo en la espalda. Lo moví adentro porque alguien me dijo que cuando haces eso desgarras los órganos.  Lo hice como si cortara un pino. Le piqué un riñón, luego el otro, después los pulmones y enseguida el cuello. La panzota, luego otra vez el cuello y así seguí hasta que ya no se movió.
Tiene los ojos a media asta, en realidad no sangra tanto pero creo que ahora pesa más. No puedo cargarlo y lo arrastré hasta el sillón.
Estoy buscando una cobija fea. Tocan a la puerta. Tocaron muy fuerte. Mi adrenalina es histeria.
¡Quién es!
¿Quién puede ser? La única persona que tocaba muy fuerte mi puerta era Rita pero ya se murió. La segunda persona que tocó así mi puerta fue Pepe, pero ya lo maté.

Por Monserrat Araiza 

jueves, 25 de abril de 2013

Estrellas del desierto




― Pá, ¿qué había antes de las máscaras?
―Ya te lo he dicho varias veces, nadie las necesitaba. Ahora, termina de cenar, ando trabajando.
―Pero ya no quiero atún, ¿no hay nada más?
―Estoy terminando de arreglar el purificador. Si no guardas silencio, aparte de la falta de alimento, tampoco tendremos agua.
―Mamá siempre me daba de cenar algo dulce.
― ¡Cenas o te duermes!
―No me grites…
―Lo siento, no quería… Yo también extraño a tu madre, descansa.
Tal vez si… no, no… ella hubiera sabido qué hacer. Entonces nada hacía falta. Nada se sentía así. Ni la máscara de oxigeno robaba su belleza. Pero esta radiación, carcome hasta la tierra.
***
¿Clientes?... Parecen clientes, no se ven armados. Pobre Betsy apenas y aguanta la carga. Bueno, después de esta venta podré darle algo bueno de comer.
― Buenas, ¿en qué le puedo servir?
―Pá, no tiene máscara.
―Christian, guarda silencio. Van a ser dos tanques de medio litro, y un par de latas de frijol, si es que tiene.
―Pá, ¿podemos llevar algún dulce?
― Perfecto, en la caravana continental siempre se le presta un buen servicio a cualquier patriota. Por el momento sólo tenemos chicles de... ¿Cómo pagará por esto?
― No, ahora no, Chris. ¿Acepta tuercas?
― Hum… Veo que sus trajes están sin parchar, parecen de buena calidad. Además uno sabe que traer la bandera cosida en el hombro siempre sirve para ganar amigos.
― Son los únicos que tengo, ¿alguna otra cosa que le interese?
― Pues aceptamos esclavos.
― Pá, no dejes que me lleven, prometo guardar silencio pero no….
― El niño está fuera de discusión. Tengo algunas balas, calibre .44 y .33.
― Con el niño pagaría por otros dos tanques, pero lo que le acomode estará bien. Ponga el paquete de tuercas, 5 balas de cada calibre y habremos cerrado el trato
Cada día es más difícil ver niños por aquí. Todo es soledad, si la vaca muere no sé qué hare. Betsy, la buena Betsy... Bueno, de vuelta al almacén. Ya el atardecer hace que el suelo queme.
***
Bitácora número 32, finalizando revisión del sector 1. Nada en el campo visible de importancia relevante. Al parecer el cielo se encuentra despejado. Ningún reconocimiento de agua, pura o en condiciones permisibles. Nada de petróleo u otro combustible. Ningún asentamiento encontrado. Ninguna zona de riesgo primordial. Nota: la radiación parece empezar a reducirse a niveles no dañinos. Futura investigación necesaria... Preparándose para última revisión de la tarde.
***
― Nunca falla, ya te lo he dicho Sid.
― Pero se darán cuenta. Usemos a los perros, es más seguro, corazoncito.
― Tus perros son más huesos que piel, no podrían cazar ni a un coyote. Mira ponemos la trampa, esperamos a que anochezca y ya.
― ¿Y si usamos los dos, amor?
― Me encantan tus ojos de deseo cuando estamos de cacería, si te das prisa con las trampas te lo compensaré. ―Sid es otro más de mis perros, sólo que puede hablar. Un lastre urgido, pero una dama como yo no podría recorrer el condenado desierto sola. Los peligros que correría. Washington, tierra de los violadores desérticos.  
― ¡Carajo Sid! En la carretera las trampas de oso. Los perros, en los arbustos. No al revés.
―Lo que digas, mi querida Candy
El imbécil algún día nos matará, pero hasta no tener otro. Ja, como si sobrarán hombres en este desierto.
***
― El hombre sin máscara me daba algo de miedo, como en mis sueños.
― Yo nunca dejaré que algo te pase, Chris. Sigamos caminando, Pronto lo olvidarás, además, ya casi llegamos.
― Yo no olvido, lo recuerdo todo. El otro día vi una lagartija así de grande, era inmensa, y fue hace dos semanas, ves… ¿antes eran así?
― No lo recuerdo, hace mucho que se empezaron a extinguir.  
― Oye pá, ¿por qué no compramos los chicles? Yo quería algo…
― Calla Chris, algo anda cerca.
― Pá te estaba diciendo que…
― Chris, te he dicho que… ¡Ah!
― ¡Pá! ¿Estás bien?
― Sí, estoy bien… Tú corre a los arbustos. No salgas hasta que te diga.
Papá va estar bien, él siempre se ha enfrentado a todo. Los arbustos son incómodos, casi no veo nada. ¡Auch! Algo me pico… espera, ¿qué es eso?
***
Bitácora número 33, revisión del sector 2. He detectado 4 formas de vida cercanas a este sector. Tendré que sobrevolarlas para darles seguimiento. Nota para mí mismo: tener cuidado de aquellos sin máscara. Incluso con los bajos niveles de radiación parecen perder ciertas capacidades mentales.
***
Debí haberlos amenazado, esos trajes en serio eran valiosos. ¿Qué será eso brillando en el cielo? ¡Woah! Cuantas luces. ―Calmada Betsy―  Apresura el paso, quién sabe que esté pasando sobre la carretera. Cuando cae la noche uno no sabe que esperar.
***
― ¡Sid! Tus perros, no nos servirá de nada muerto.
― ¡Papá, no dejes que me lastimen!
― ¿Qué quieren? No tenemos nada encima, sólo los tanques de oxigeno y el carrito. Son suyos.
― Has visto este desierto, viejo. No hay nada de comer. Y todavía crees no tener nada encima. La carne, la carne siempre es bien recibida.
― Sí, carne, carne y ropa.
― Sid, ya te he dicho que te calles. Mete al pequeño en la jaula y saca a los perros, nos divertiremos un rato con el viejo. Y tú, viejo, quítate la máscara quiero verte cara a cara.
― ¡Candy! ¿Qué es eso?
― ¿De qué hablas? ¡Qué demonios!
― ¿Papá?
***
Bitácora final, día 23 de marzo 3012. Hoy logré encontrar algo de valor: un niño. Al parecer después de la confrontación no salió herido. Lo transporto a la base, pronto llegaremos. He concluido que las máscaras no afectan la sanidad, al parecer el salvajismo tiene otro origen. La zona ya no representa un riesgo radioactivo. El pequeño deberá ser sujeto a cuidados psicológicos y médicos, se encuentra deshidratado y al parecer acaba de sufrir una perdida. Nota: hacer recargas. Necesito combustible de propulsor y granadas. Bitácora fuera, guardar en disco duro C.


Por Axel Plmx
 


lunes, 15 de abril de 2013

Sin resistencia



Nos conocimos hace dos años en un encuentro de jóvenes anarquistas; Horacio, Pavel y yo, compartíamos costumbres donde el compañerismo siempre iba por delante. Éramos los mejores amigos. A veces nos reuníamos los fines de semana en la casa de uno o de otro y, mientras esperábamos que la noche apareciera, nos manteníamos consumiendo cualquier droga que cayera en nuestras manos para después salir a la calle y romper fachadas de cristal de bancos y establecimientos, asaltar tiendas de prestigio o incluso, cuando algún otro colectivo anarquista se unía a nosotros, salíamos a buscar a policías en motocicleta; alguien hacía algo para llamar su atención, y ya que se acercaba, terminamos rápidamente la emboscada con un ataque contundente y en bola. Los tipos del orden nunca entendían qué pasaba hasta que, supongo, se veían llenos de juveniles golpes y sin sus botas, que eran unas cosas increíbles; la piel era de primerísima calidad, la suela también de cuero, térmicas y muy cómodas pero, sobre todo, habían sido de un policía. Pero no todo eran travesuras, también trabajamos. Todos estábamos vinculados con una revista de izquierda; tomábamos fotos en marchas y eventos, hacíamos difusión y demás mandados a nuestra altura. 
            Una noche íbamos caminando sobre la avenida insurgentes y nos detuvimos a ver la fachada de una tienda de alimentos europeos; vinos, carnes frías, quesos hediondos y podridos... de esas tiendas que la gente rica es su principal clientela. Y mientras terminábamos de trazar nuestro plan de ataque -qué vidrió era nuestro favorito, o si había posibilidad de sustraer algo de la tienda-, por la puerta salió, con dos bolsas llenas, Covarrubias, el editor principal de la revista para la que trabajábamos.
            —¿Y ustedes, qué andan haciendo por acá, tan solitos? —nos preguntó sin sorpresa, parecía aburrido.
            —Nada, vagando a ver quién nos invita a cenar o el rock —contestó Horacio, mientras nos miraba con la intención de seguirle la corriente y no echarle de cabeza.
            —Ya. Pues la verdad no me siento muy bien, me acabo de pelear con mi pareja y decidí salir a comprar algunas cosas y respirar algo de aire fresco. Y si quieren venir a mi casa a tomar un cerveza, son bienvenidos.
            Covarrubias era un viejo maricón de unos cincuenta y tantos, con una abdomen envidia de cualquier africano muerto de hambre, vistiendo mocasines color vino y ceja depilada.
Vivía en un penthouse ubicado en una zona también muy cara. Cuando abrió la puerta, un olor a perdición casi nos desmaya. Parecía que no la llevaba muy bien, todo en el piso tipo loft era un desastre; botellas y basura por doquier, la duela quemada por colillas de cigarro que nunca nadie había apagado, ropa que había sido usada para limpiar líquidos derramados, pequeños montículos de libros y revistas que todo indicaba, habían funcionado como pequeñas y múltiples fogatas. Sí, casi nos sentíamos como en casa.
            —Ah, ese de allá es Franky, por si alguien gusta —nos convidó al momento que señalaba una cama al fondo y sobre la cuál reposaba el cuerpo de un hombre desnudo hasta de la conciencia.
            —No, gracias. Nosotros somos anarquistas, no putos.
            —Bueno, pues como quieran. Yo sólo intento ser amable ¿una cerveza?
Covarrubias nos preparó la cena y al terminar nos invitó a pasar a la terraza. Nos sirvió unos tragos muy fuertes. Mientras nos platicaba de sus locas aventuras nosotros reíamos. Era un buen tipo que por el momento la estaba pasando mal. Nos contó que estaba perdidamente enamorado de Franky, el bulto mamado e inconsciente del rincón, pero que el muy imbécil tan sólo era un interesado. Nosotros nos pusimos de su lado, tanto que le ofrecimos hacer algo con aquél vividor, pero nos contestó que no,  que ese día era una fiesta y había que festejar. Se puso de pie y por unos momentos nos dejó solos, cuando regresó, traía en las manos una cajita, la puso sobre una mesita de centro frente a nosotros –que estábamos sentados juntos, en un sillón para tres-, acercó una silla, tomó asiento, abrió la cajita y estoy seguro que desde el otro lado de la mesa, como desde otra dimensión donde él sabía cosas que nosotros no, pudo ver cómo nuestros rostros se iluminaban de emoción. La cajita estaba llena de pequeños frascos, pastillas, papeles y sobrecitos…

Mientras miraba a las constelaciones bailar, escuché una bragueta abrirse a lo largo de mi columna vertebral, bajé la vista y vi cómo Covarrubias se bajaba los pantalones a media asta, sacaba un miembro grande, viejo y erecto de entre sus calzones Ralph Lauren. Con la diestra sostenía una copa de oporto y con la siniestra a un miembro casi salvaje.
            —¿No tienen problema si me masturbo, verdad? —preguntó.
            —Ya te dijimos que somos anarquistas, además es tu casa y por nosotros y si quieres, te puedes meter veladoras prendidas por el culo. ¿Alguien necesita otro trago? —respondió y preguntó Horacio, que también su mirada estaba perdida en aquella amenazadora verga.
            Covarrubias comenzó con un desenfrenado vaivén, decía cosas incomprensibles, escupía sobre su propio miembro, se retorcía, nos miraba, y aquella verga como si nada.
—¿Ay, a poco a nadie se le antoja darme unas  jaladitas?, ¿o prefieren sobarme las nalgas? —preguntó Covarrubias mientras se daba la vuelta para que su trasero tomara las veces de interlocutor.
            —Ya te dijimos que somos anarquistas, no putos, entiende. Y allá de ti si nos salpicas —ahora fue Pavel el que contestó perdido entre nalgas peludas y canciones de resistencia.
            —Ay, si a leguas se ve que son re putos. Seguramente se dan entre los tres y no invitan, qué ojetes.

Lo último que recuerdo es que la noche siguió entre risas, constelaciones bailarinas, mentadas de madre, invitaciones promiscuas, maldiciones y más sonrisas.Al despertar, lo primero que pensé al sentir los cuerpos ajenos y desnudos, es que, desde ese día, a todos nos costaría mucho trabajo pronunciar la palabra puto.


Por Victor Hugo G

miércoles, 10 de abril de 2013

Amordidas




—¡Chale!, me cae que todo iba bien hasta los neandertales. Antes de ellos el cuerpo no se valía de objetos para ser bello. Era cuerpo y nada más.
»Se me ocurre un ejemplo perfecto para la ocasión:
»Los Yanomami.
»Si, ya sé lo que estás pensando: “Su nombre está bien culero, parece título de alguna canción pitera de Pitbull”. Y no te lo voy a negar, pero ése no es el punto ahorita.
»Los Yanomami son una etnia indígena que habitan, principalmente, en algunos estados de  Venezuela y Brasil. Su comunidad viene desde los primeros asiáticos que llegaron al continente americano por el estrecho de Bering. ¡Imagínate que cabrones son!... Para ellos, el uso de ropa es absurdo, ya que va en contra de su naturaleza humana. También dicen que el acto más grande de amor hacia uno mismo es aceptarte tal y como eres, y ante eso no hay argumento que pueda ir en contra. Por infortunio, las puritanas leyes de descendencia de la civilización moderna –que para mí son pura pendejada- han etiquetado las culturas no vestidas como ofensivas e, incluso, inferiores.
»Es por eso, y no por otra cosa, que te quité los calzones a mordidas, mi amor.
— Ay osito, qué lindo. Y yo pensando que sólo me querías coger.
— No, mi amor. Me ofendes. Yo te amo… Pero bueno, ¿ya podemos seguirle?

Por: Alán Odraude.



jueves, 4 de abril de 2013

Dibújame



Dibújame


Hola. Sé que esto es extraño y que soy un completo desconocido. Mi nombre es Mauricio, y ¿podrías dibujarme?
»No se cuántas veces te he visto sentada en esta banca, frente a la fuente, dibujando cualquier cosa a tu alrededor. El agua caer, las aves, las señoras con sus hijos y a los enamorados. Tu lápiz se mueve a mayor velocidad cada día.
»Nunca te diste cuenta de las miles de veces que me he recargado en ese árbol detrás sólo para ver lo que dibujabas. El primer dibujo que vi fue uno con una ardilla robándole a un perro su comida. Sí, estaba muy gracioso.
»Tienes una bonita sonrisa, por cierto. No recuerdo bien cuándo fue la primera vez que te vi dibujar. Comencé a dar esos paseos por el parque para evitar perderme en mis pensamientos, huir de la soledad y la angustia. Al principio no me funcionaba tanto, pero con el tiempo comencé a fijarme en las cosas que me rodeaban. Poco a poco fui formando un cuadro cotidiano. Por ejemplo, supe que aquel policía se llama Francisco y que le gusta mucho una señora que siempre sale a pasear a las doce con su schnauzer. Estoy seguro que la ubicas bien, una vez la dibujaste mientras comía un helado.
»En fin, de repente tu presencia formaba parte del cuadro. Como si siempre hubieras estado ahí. En cada paseo que tomaba, te encontraba sentada, dibujando. Al principio no tomé relevancia de tu presencia. Sin embargo, cuando el cuadro estaba completo, no pude dejar de notarte. Luego, te fuiste apoderando de toda la pintura y me encantó. Empecé a amar tu cabello suelto, tus vestidos de diferentes colores, los moños o gorros que combinabas con tu vestido y aquel lápiz que si no lo tienes en la mano lo guardas entre tu oreja y tu cabello.
»Comencé a venir con mayor regularidad y mis estadías se alargaron...
»Oh, perdón. Son los nervios. No puedo dejar de temblar y tú has de creer que estoy loco.
»Este... Mira, intenté hacer unos dibujos de ti. Ni se acercan a los tuyos y debo confesar que soy malo para dibujar narices...y manos...y caras.
»Mi doctor quería que le enseñara una foto tuya. Me dijo “¿Pues cómo es esta chica que hasta te cambia la cara?”. Pero nunca me han gustado las fotos. Llámame supersticioso, pero siento que esas cosas te roban el alma.
»Oh, ¿te ríes de mí? ¿Sabes que me rompes el corazón? Oh, no.  No me tomes enserio... Sonríe. Vuelve a sonreír.
»En fin, apenas hoy tuve el coraje de acercarme. Puede ser un poco tarde pero más vale tarde que nunca. Yo, solamente, quiero un dibujo tuyo. Quiero ver cómo me ves. Tú ves las cosas de diferente manera, las ves como realmente son. ¡Por Dios! Cuando dibujaste a esos dos chicos besándose casi me rompo a llorar. Retrataste aquel instante y su vida, tal y como ellos nunca podrán imaginarse.
»Yo sé que no soy guapo, que estoy pálido y tengo apariencia enfermiza. De hecho, es más que la apariencia. Pero pronto no podré volver a verte y quiero de alguna manera sentirte cerca. Quiero que me veas.
»Dibújame.
La chica se quedó callada por un minuto. Mauricio estuvo a punto de irse cuando ella puso su mano sobre la suya diciéndole «Quédate.» Luego, ella le cerró los ojos. Él pensó que así era como ella lo quería dibujar entonces se dejó manipular. Después ya no sintió su mano en la suya y la encontró en su mejilla. No quiso volver a abrir los ojos por temor a que el sueño se acabara. Sus labios sabían a pastel de limón.
Cuando abrió los ojos vio su vestido rojo atravesando la avenida y perdiéndose entre la gente. No sabía cómo sentirse: si feliz por el beso o triste porque ella se había ido, sin dejarle el dibujo que tanto le pidió.
Se apoyó en la banca y sintió que algo se le clavaba. Era el metal del encuadernado. Entonces lo hojeó y se encontró retratado tantas veces que él se sorprendió de no haberla visto viéndolo. Él paseándose, él comiendo, él dibujándola y, finalmente, un dibujo de ellos dos besándose.
“Nos volveremos a encontrar, quizá en otra vida”. Leyó debajo del dibujo.

Por: T.C. Durán