miércoles, 29 de mayo de 2013

Transgresiones


—Hola, hola, ¿puede llamarme? Por favor osito, estoy sin saldo —el joven del otro lado del teléfono hablaba rápidamente, y su voz se escuchaba trémula. Casi siempre llamaba pidiendo para que  Jorge le regresara la llamada y él, lo hacía siempre que le era posible.
—¡Hola osito! Lo he llamado varias veces, pero no me responde. ¿Su celular está funcionando?
—No. Estoy en México. Por favor osito, llámeme ya. Se me está acabando el saldo. Llámeme ya por favor.
—¿Pero a dónde te llamo, mi bebé?
—Ya le mando el número por chat, ¿me va a llamar, verdad?
—Sí, apenas reciba el mensaje.
Hacía dos años que se hablaban por Facebook, se conocieron dos días antes de que Jorge cumpliera cuarenta años. Elián tenía catorce años, en ese entonces, y era insistente en sus intentos de captar la atención de Jorge. Cada vez pasaban más tiempo hablando, como no lo podían hacer con nadie más. Comenzaron a llamarse cariñosamente de «osito», uno al otro, indistintamente.
 Jorge tenía miedo de meterse en problemas legales, y constantemente se lo reiteraba.
—Osito, podría ser su papá.
—Papá no, ¡mi papito! Quiero que usted sea mi papito —le respondía  Elián con la alegría de un niño. A Jorge le gustaba este tipo de conversaciones, lo hacía sentirse especial, de alguna manera querido. 
—¿De verdad? ¿Qué le gusta de mí?
—Que es dulce, cariñoso, bonito y que sabe lo que quiere. Y yo lo quiero a usted.
—¿Cómo sabe eso, si nunca me ha visto?
—Veo sus fotos, leo lo que escribe en Facebook, y cuando me manda mensajes siempre son cariñosos. Por eso quiero que sea mi papito.
—Le quiero mucho, cuando usted tenga dieciocho años iré a visitarlo.
—Pero yo quiero que me visite ahora. Quería besarlo, dormir abrazaditos.
—¡Aquí en Boston está frio!
—Véngase a Honduras, acá lo caliento con abrazos —respondió Elián, susurrándole como si estuviera hablándole al oído.
—Así me va a convencer de que me vaya a visitarlo.
Esa noche, Jorge se entregó a sus fantasías, observando cuidadosamente las fotos de Elián. Sus favoritas eran aquéllas en que Elián estaba en ropa interior, sobre todo en las que se delineaba su robusta estructura trasera.
Cada dos días, por lo menos, se hacían llamadas telefónicas. Se dejaban mensajes varias veces al día. Internet era el universo de la relación que crearon. Jorge miraba el álbum de fotografías de Elián, una y otra vez, las fotos que mostraban al «osito» más jovencito, eran las que más lo enternecían.
—Osito, te quiero mucho.
—No me gusta que me tuteen. Yo lo trato con respeto, y cuando me tutea, ya no me gusta.
—Disculpe osito, es que no estoy acostumbrado a tratar a las personas de usted, gracias por enseñarme. 
Cada día, el deseo de  Jorge por conocer personalmente a Elián aumentaba.
A veces  Elián le hablaba de sus necesidades: la matrícula de la escuela, comprar los libros, uniforme, y otras tantas necesidades, y Jorge le mandaba dinero. Nunca pedía nada directamente. Jorge pensaba que esas cosas que todo niño debería tenerlas, así que intentaba proveerlas. A veces pensaba que en realidad estaba intentando protegerse  a sí mismo.
—¿Osito, cuántos años tiene su papá?
—35
—¿Vives con él?
—No, se fue a Estados Unidos cuando yo tenía cinco años. Ya ni me acuerdo bien de él, hablamos a veces por teléfono. Quiere llevarme para Estados Unidos, dice que está esperando a que yo cumpla dieciocho para mandarme a buscar con un coyote conocido de él. Mi hermano ya vive allá, se fue hace dos años.
—No sabía que tenía hermanos. ¿Cuántos hermanos tiene, osito?
—Tengo cuatro hermanos, una es mujer y es mi gemela. Pero no me llevo bien con ella ni con mi hermano menor. Me roban el dinero, y venden mis cosas.
—¿Y su mamá no dice nada?
—Ella sólo se entera de lo que ellos le dicen, y me regaña es a mí. ¿Sabe? Quiero crecer para no depender de nadie, mi mamá se fue hace cuatro años para los Estados Unidos, y desde entonces sólo le manda dinero a mis hermanos. Yo vivo de lo que papá me manda, pero hace meses que está desempleado, y se pone bravo cuando lo llamo para pedirle dinero.  
—Lo siento mucho, osito… ¿Y cómo hace para comer?
—Voy a la casa de mi abuela, mis hermanos viven con ella, y mi mamá me dijo que puedo ir a comer allá, porque ella les manda dinero. Pero mis hermanos me pelean la comida. Me dicen que soy un muerto de hambre y me echan de la casa.
Jorge no durmió esa noche y se prometió que siempre cuidaría de Elián.
En dos o tres ocasiones, Jorge sintió celos, y en esos lapsos de tiempo no se comunicó con Elián. Prefería mantenerse distante de los conflictos amorosos del osito.  Elián tenía un perfil falso en Facebook, en ese perfil se describía con 18 años, usaba un nombre falso y una foto de otra persona. Al poco tiempo, Elián fue perdiendo el miedo de exponerse y comenzó a subir sus propias fotos. El año pasado, en tres ocasiones, tres o cuatro jóvenes se peleaban públicamente por Elián.  En las publicaciones todos decían que eran el novio de Elián, y pedían de forma agresiva que los otros se alejaran de él. Jorge permanecía en silencio.
—Osito, es muy feo esas peleas por usted en Facebook.
—Ah, esos chiquillos locos, yo no sé de dónde sacaron que son mis novios.
—¿De verdad no son sus novios?
—No, para nada. Son sólo amigos.
—Y esa foto que publicaron en que usted estaba besándose con un muchacho.
—Esa foto fue sólo un beso que él me pidió, no quise que se sintiera mal, se lo di por pena, sacaron la foto y la publicaron. Pero ya lo borré. Por eso es que no me gustan chiquillos, y yo sólo lo quiero a usted.
—Osito, yo voy a estar feliz si usted está feliz.
—Gracias, y yo solo sé que seré feliz con usted.
Jorge recordó cuando fue a visitar a Elián, él no fue a buscarlo a la estación de los buses. Jorge se instaló en un hotel de Danlí, y ya estaba arrepentido de haber viajado hasta Honduras. Decidió tomar un baño y se masturbaba cuando tocaron a su puerta. No esperaba a nadie, así que no prestó atención. Algunos minutos después volvieron a tocar la puerta insistentemente. Jorge se secó con prisa e intentó esconder la erección.
—Osito abra la puerta —le susurró una voz desde afuera.
—¿Cómo supo que estaba aquí?  —preguntó en cuanto se ponía las ropas y el perfume.
—Es el hotel más cercano a la estación de buses, así que le pregunté al encargado. Y él me dejo venir hasta su cuarto.
Jorge abrió la puerta, y allí ante él estaba un joven de ojos grandes, verdosos, cabello a la moda con gel y una sonrisa tímida. No supo qué hacer, sólo se le quedó mirando.
—¿Puedo entrar? —preguntó el joven, paseando los ojos por el cuarto.
—Si claro… ¿y cómo está usted?
—Bien, sólo pensé que me recibiría con un beso o un abrazo.
—Es que me quedé sin saber qué hacer…
—Yo tampoco, ¿pero le gusto? —Elián se acercó a Jorge, lo abrazó como un niño se abraza a su padre, estuvieron así por algunos minutos.
Elián miró a  Jorge en los ojos, comenzó a besarlo delicadamente, lo empujó hasta el  baño. El joven, mostró excelencia en dar placer con sus labios y  lengua. Succionaba delicadamente  y mordisqueaba por los bordes el rígido falo, se deleitaba lentamente en el miembro de Jorge. Después lo hizo gemir de placer al llegar al ano. Jorge, por su parte, acarició y besó cada centímetro del púber cuerpo de Elián, paladeó con cariño cada uno de sus orificios y lo penetró con el cuidado que se tiene al tocar muñequitos de cristal.
Jorge devaneaba en los recuerdos cuando el teléfono sonó nuevamente, era una llamada internacional. Rápidamente respondió.
—Hola osito, si le estoy intentando llamar pero solo da ocupado.
—Osito, estoy en Poza Rica, en México con el coyote. Estamos estancados aquí y no sé qué hacer. ¡Ay Dios!, por favor ayúdeme. Ya no tengo saldo y solo tengo 70 pesos, es sólo eso lo que tengo para comer. —La llamada se cortó y Jorge sintió que el pecho se le apretaba, la voz llorosa de Elián lo había tocado profundamente.
Jorge sabía que no podía hacer mucho, recordó las historias de horror que había escuchado sobre los mojados y los coyotes, una y otra vez. El silencio se poblaba de dolor y  el sol jugó a las escondidas. Jorge llamó centenas de veces al número de teléfono del que Elián le había llamado la última vez, la respuesta era la misma: El teléfono que está llamando está desconectado o fuera del área de servicio, por favor intente llamar de nuevo más tarde, gracias. Luego se escuchaba aquel característico tono de ocupado.
Jorge sacó una carta de la gaveta llena de papeles revueltos, había pasado un mes desde la última vez que habló con Elián. La carta estaba envuelta en terciopelo rojo y amarrada con un cordón que le hacía contraste. Jorge desató con mucho cuidado el lazo que cerraba la carta, como si temiera que un movimiento en falso fuera a destruir lo que le quedaba. Dentro de ella había una foto de Elián. Leyó la dedicatoria escrita a mano: «Para que no me olvide osito, recuerde que iré a visitarlo a los Estados Unidos».
Los ojos de Jorge se humedecieron.

martes, 28 de mayo de 2013

El Guardian


Todas las tardes, mi abuela, una mujer regordeta y adusta, acostumbra salir al porche de la casa a fumar. Se detiene un momento ahí, de pie, mientras sostiene entre sus dedos un habano al que le da chupadas sin prisa. Lo saborea, luego suelta el humo y mira cómo se lo lleva el viento. Después se sienta en su mecedora, a seguir observando el campo. En esta época del año todo el pasto es de color café.
            —Abuela —le digo después de unos minutos de pensarlo—. ¿Por qué fuma tanto?
            Toda su ropa huele a tabaco, su habitación también. Uno sabe que ella viene o está cerca cuando el aroma dulce y seco de sus habanos te envuelve, como la niebla al bosque. Es un aroma que, cuando la abuela te abraza, se queda contigo durante horas. Entonces ella deja de mecerse y me contesta.
            —Para protegerlos a todos.
            No entiendo lo que quiere decir. Fumar no tiene nada que ver con proteger a las personas. Tampoco tiene nada que ver con protegerse a uno mismo. Al contrario. Todos hemos visto las fotografías que pegan en las cajetillas de cigarros. Su comentario me extraña. La abuela sonríe mientras sostiene el habano entre sus dientes.
            —Ven acá —dice, y le da palmaditas al asiento de un banco junto a ella–. Voy a contarte una historia.
            —¿La historia de cómo empezó a fumar?
            —Algo así.
            La abuela tiene la mirada fija en el horizonte, allá donde el viento empuja tranquilamente las nubes y la copa de los árboles. Me siento y veo en la misma dirección. Hay una parvada de aves que da vueltas, sube en conjunto y luego desciende en picada para inmediatamente desaparecer en la lejanía. Escucho a la abuela darle otra chupada a su habano.
            —En un principio, el mundo estaba lleno de demonios —dice—. Los cielos y la tierra, el agua y el interior de los volcanes. Vivían agazapados entre las rocas, bajo las ramas de los árboles, en las sombras. Tal vez hubieran seguido ahí durante muchos años, pero un día llegó el hombre. Entonces los demonios comenzaron a tener personalidad. Había demonios para todo; para el dolor, para las enfermedades, para los bebés que se malograban en la panza de sus madres. Demonios para los malos días de cacería, para el frío, para la carne que se pudría antes de que pudieran comerla. Demonios que ahogaban a las mujeres, que hacían que los niños cayeran en barrancos, que le rompían las piernas a los hombres. Todos ellos debían ser combatidos. Debían detener esos males.
            »¿Recuerdas la biblia? —Dice la abuela—. ¿Recuerdas cómo es el infierno? Los demonios son criaturas que han escapado de ahí o que, de un modo u otro, han logrado escabullirse para jamás pisarlo. No hay nada que un demonio más tema que al recuerdo de su prisión. Ellos, al igual que nosotros, aman la libertad.
            »Entonces el hombre descubrió el fuego. Bueno, esa palabra, descubrir, como que no es del todo correcta. El fuego existe desde el primer momento que Dios creó el infierno. Más bien debo decir que el hombre descubrió cómo producir el fuego. En ese momento también descubrió cómo ahuyentar a los demonios. Con el fuego incendió bosques enteros, cuevas y caminos. Hizo que sus enemigos se echaran para atrás, que buscaran lugares lejanos, más profundos, para esconderse. El fuego los hacía recordar su antigua cárcel. Se fueron, y entonces el hombre comenzó a gobernar la tierra.
            »En tiempos de hambre, los demonios aún salen de sus escondites a buscar hombres para devorar. Algunos otros salen simplemente para molestarnos, para hacernos caer, para hacer que no funcione nuestro auto o que se termine el agua caliente antes de que terminemos de bañarnos. Pero no siempre podemos encender una fogata o tenemos una antorcha a la mano para ahuyentarlos.
            —Entonces encendemos un cigarro —la interrumpo.
            —Encendemos un gordo y apestoso habano —dice la abuela, riendo.
            —¿Fuma para que los demonios se vayan?
            —Fumo para que los demonios piensen que muy cerca de nosotros hay fuego. El humo los asusta también, ¿sabes? Es como cuando te golpeas el dedo chiquito del pie con la orilla de la cama; pensar en la cama hace que el dolor regrese. El mismo principio funciona con ellos. Y por eso los hombres comenzaron a fumar.
            —¿Quiere decir que los fumadores son alguna clase de guardianes?
            —No todos. Hay algunos que simplemente son fumadores. Esos se mueren de cáncer.
            —¿Pero usted…?
            —Yo ya tengo más de noventa años y sigo tan fuerte como una mula —contesta la abuela, volviendo a darle una chupada a su habano sin dejar de mirar el horizonte.
            El sol está a punto de esconderse detrás de las montañas. Me quedo ahí, junto a ella, escuchando el rechinido de su mecedora contra el suelo de madera. Disfruto la paz. Y pienso en la historia que me acaba de contar; me doy cuenta de que no nací para ser un guardián.

Por Carlos Wilfredo Trejo 

domingo, 26 de mayo de 2013

Ahora que somos tantos


Llegar a la casa, abrir la puerta; entrar a esa atmósfera tibia y enrarecida; acostumbrar a los ojos a la ligera penumbra de la sala con las cortinas cerradas, se me ha convertido en un ritual a través del cual los percibo a todos, como una horda de fantasmas que en comitiva me reciben dispuestos a hacer de mi tarde un suceso para celebrar.
            Toda la familia está aquí, lo sé. Distribuida en sus diferentes espacios preferidos pero está. Ocupados en sus propias actividades pero pendientes de mí, sobre todo de mí que siempre he sido el más ausente. A diferencia de los primeros tiempos de mi matrimonio, en que cualquier detalle doméstico era la ocasión perfecta para demostrar a mi mujer que su marido era el hombre adecuado para reparar los constantes desperfectos, llevar nuestra exigua contabilidad y procurarle satisfacciones. Yo me sentaba ante la mesa a mirarla bambolear pesadamente los siete meses del embarazo de nuestro futuro Ricardo. Comíamos entre murmullos y propósitos, entre proyectos de ampliación de la casa y planes para los fines de semana. Eran los tiempos en que en el trabajo no pasaba de ser un empleado con cuatro jefes. Eran los tiempos en que dos personas en una casa son una familia bien acoplada y dichosa. Ahora, justo ahora, somos ocho. Ahora que somos tantos, vuelvo a sentirme un poco fuera de lugar. Ligeramente ausente; quizás a la inversa, pero el ausente sigo siendo yo.
            En la cocina la comida me espera. Ya no como antes, que se componía de experimentos de combinación, sazón y un “ahí se va” de mi mujer. Es mejor ahora; más cara, comprada en un restaurante respetable. Yo puedo darme esos lujos y tratar de hacer entender a todos que está bien, que no es que desprecie los guisos caseros. Pero la costumbre es fuerte y durante muchos años he gastado fuera de casa; en restaurantes, en aviones, ante comensales indiferentes que me hablan de negocios y no de pequeños dramas familiares. Por eso, si bien ya como en casa, no puedo dejar de comprar mis alimentos en lugar de llegar y recibirlos de manos y obra hogareñas.
Fui creciendo en mi trabajo, asentándome casi imperceptiblemente, a costa de otros menos ambiciosos o menos capaces, hasta desplazar a esos que ahora obedecen órdenes mías exclusivamente. Tanta tenacidad, tanta entrega, me hizo desvanecerme de mi hogar, disminuir ante los ojos de mi mujer y mi hijo. Tan poco presente, no me di cuenta cuando la familia creció de un día para otro. La visita permanente de mi cuñada y su hijo sin padre fueron el sucedáneo perfecto para mi volatilidad. Mi mujer tenía ahora una oreja ante la que proferir el fastidio de su cotidianidad. Y yo, una figura femenina mas que ignorar en casa.
            Termino de comer, me deslizo lentamente al lavaplatos. A mi alrededor pululan los niños, temo tropezar con ellos. Lavo el traste con esa dosis de vergüenza que me impide ser tan cínico para dejar que mi esposa lo lave mientras yo me tomo un café de sobremesa. Antes lo hacía, procurando después dormir la siesta en el sofá, amparado en el régimen de silencio que dicté terminantemente a todos. Que nadie interrumpiera, que nadie perturbara esa justa paz que merecía por haberla ganado en una dura jornada de trabajo. Ahora es diferente; ya me permito escuchar las risas y peleas con que los niños hacen notar su presencia. Ya dejo que su bullicio los lleve a saltar sobre los muebles y derribar objetos.
            Camino rumbo al estudio flanqueado por los niños, dos de ellos son ya mis nietos. Entro, me arranco los zapatos abandonándolos ante la puerta, tomo cualquier libro, voy al escritorio y me siento en el reclinable. Ya no cierro la puerta como antes. Ya dejo que entren todos, que hurguen en los rincones, que jueguen a las escondidas y susurren y cuchicheen. Descubro entre papeles importantes y memorandos triviales un dibujo a crayola que representa a la familia. Tiene fecha, es de hace dos meses. Sospecho que alguno de ellos, a manera de reproche, lo deslizó entre los únicos papeles que suelo revisar cuando estoy presente. Ahí están casi todos. Representa a una familia a punto de salir de paseo. De fondo una camioneta cargada con más de lo necesario. Un perro corona el cofre. Intento adivinar por el trazo si fue Leticia o Jacinto quien lo realizó. Labor inútil; nunca supe cómo evolucionaban sus talentos o sus estilos en el preescolar. Así que sólo puedo aventurar hipótesis. No les pregunto. Me avergüenza demostrar mi ignorancia en un asunto capital para ellos. Busco en las líneas de expresión de cada personaje su estado de ánimo, felicidad o tranquilidad en el momento en que fue captado y trasladado al papel bond. En ese dibujo, como es natural, no estoy yo; el trabajo me impidió llegar a tiempo para el retrato familiar.
Hoy los niños ya no pintan más retratos. Y no me atrevo a rogarles que hagan otro en donde se me reconozca como parte de la familia. Hoy lo que hago es poner a la vista toda evidencia de su actividad pictórica. Esculco sus cuartos, pongo en las ventanas sus trabajos escolares, coloco bajo imanes sobre el refrigerador sus boletas de calificaciones. Y casi espero, pretensión mezquina, que ellos se den cuenta y me agradezcan el tardío interés que cobro por su vida.
            Hasta el sillón donde me encuentro llegan las notas de cualquiera de esas canciones que me ponían los nervios puntiagudos cuando mi hijo le subía al estéreo. Ahora me suenan a nostalgia, a tristeza masticada y deglutida después de comprender su significado. En algún momento mi hijo quiso explicarme su melancolía maniquea, su indumentaria fúnebre, su pensamiento permeado por escritores depresivos. En aquel entonces no lo dejé, no tenía caso. Por más que lo intentara, yo sabía que en el vaivén del tiempo dejaría de encontrarle el gusto a esa sonoridad incolora y monótona. Pero hoy que vuelven a reproducirse los sonidos en el ambiente los encuentro tangibles, coherentes, abrumadoramente cargados de razones para existir.
            Siempre hay tantas razones para existir que no comprendo cómo pude escoger la menos indicada: el trabajo. Yo trabajé para tener esta casa, pero no me esforcé para tener esta familia. Me ocupé en ampliar mis horizontes, pero hoy mis horizontes terminan en las ventanas clausuradas y las puertas cerradas. Procuré extender la casa y hacer cada vez más habitaciones sin darme cuenta de que todos cabíamos en una sola. Todos, los ocho, estamos ahora en esta sala, en esta galería, en esta limbónica casona que por más que me empeñe en redescubrir, ya no puedo llamar mi hogar.
            Y es que sigo ausente de ella; por más que quiera emparedarme aquí sin salir a ningún lado; por más que quiera recuperar la atención de mi mujer, mi hijo, mi cuñada y su hijo, mi nuera y mis nietos. Por más que alguna noche de mayor angustia llame en voz alta a cualquiera de ellos para que me haga compañía. Pero callo inmediatamente al comprender que ya no tengo derecho a ordenarles su presencia, que perdí autoridad simultáneamente a cuando ellos perdieron mi contacto.
            Caí en la cuenta de ambas pérdidas cierto día en que me recibió la nueva de que Ricardo había conseguido mujer y estaba plenamente instalada en casa. Sin que yo hubiera autorizado su presencia o por lo menos avalado. Posiblemente llevara tiempo fraguando su vida en pareja, quizá con el conocimiento y consentimiento de mi mujer. Pero el caso es que yo vine a enterarme de sopetón hasta la noche en que Magdalena, mi esposa, me dijo que teníamos nuevos miembros en la familia: una nuera en las habitaciones del fondo y dos nietos dentro de ella. Ya hacía mucho, y no me di cuenta a partir de cuando, las decisiones se tomaban sin mi anuencia. Los problemas se resolvían, con mi dinero, sí, pero no con mi opinión.
            Monté en cólera de la manera en que se monta un espectáculo mediocre: todos desempeñamos nuestro papel al pie de la letra y no hubo manera de modificar las cosas. Porque yo no tenía ningún derecho a dar clases de responsabilidad, según mi hijo; porque no tenía derecho a negarles un padre a mis nietos, según mi esposa, y porque no tenía la mínima idea de lo que es más importante en un caso como ese, según todos incluido yo. Me callé, permití que se quedaran y regresé a mi trabajo. Me volví a aislar de la familia.
            A veces hubiera querido pactar una tregua. Convocar a una vacación extraordinaria que me volviera a acercar a ellos. Una convivencia prolongada en la que me pusieran al tanto de sus vidas, sus aficiones, sus modificaciones de hábitos. Y de hecho lo hice un par de veces. Llegué a comprar boletos de avión para algún destino turístico y durante una sorpresiva cena en casa les expuse el plan. Cuatro días en la playa, hotel confortable y ninguna preocupación exterior. Pero repentinos movimientos en la empresa me hicieron anular mi participación en la aventura y hubo que cancelar todo.
En otra ocasión fue a las montañas. Paquete turístico de ecoaventura. Enterado por casualidad y comprado con precipitación, confiaba en que nada se interpondría hasta que supe que la fecha coincidía con cierto simposium con valor curricular que era imposible soslayar. De nueva cuenta la familia detenida.
Pero he aquí que Ricardo, en su recién inaugurado papel de adulto responsable, afanoso por echarme en cara el abandono de mi propia familia, decidió que esta vez no habría nada que detuviera el viaje. ¿Por qué si nunca estaba con ellos sería un obstáculo para que ellos sí estuvieran juntos? El planeó todo: me exigió boletos y folletería, reorganizó los detalles, adquirió las provisiones, cargó las maletas a la camioneta y ayudó a las mujeres a acomodar a los pequeños. Todo eso mientras yo no lograba acomodar los párrafos de un discurso imbécil que no tenía destinatario, que dictaba a una solícita auxiliar para ser archivado inmediatamente después de trasponer la puerta de mi oficina.
            Esa tarde llegué temprano a casa, con una remota esperanza de hallarlos sumidos en el silencio, envueltos en un halo de rencor contra el cual me había preparado a lo largo del camino. Estaba dispuesto a llevarlos de paseo nocturno por la ciudad y regresarlos de madrugada para poder dormir con la conciencia tranquila. Me recibieron dos palabras, en tinta indeleble roja sobre un post it adherido a la puerta principal: “Volveremos Pronto”.
            Así que después de todo habían llevado la rabieta hasta el final. Yo noté los preparativos pero fingí demencia. Asistí tras bambalinas a la planeación de actividades y no hice nada por incorporarme a ellas. Preferí la comodidad de la indiferencia y seguir una rutina propia torpemente confiado en que finalmente el viaje sin mí no se realizaría. Por eso fue un golpe enterarme así de que esta vez estaba solo en casa. Realmente solo, pesadamente solo y con mi orgullo a cuestas. Procuré sin embargo actuar como si nada, cenar, ver un poco de televisión y descansar. Volverían pronto. Esta vez no iba a pedir disculpas porque no había obstaculizado nada. Pasé la tarde tranquilo, con las mismas actividades de siempre, apenas enterado de la situación singular. Me dormí un poco más tarde que de costumbre en una habitación que no era la mía y eso fue lo más diferente de la noche.
            El teléfono me despertó en la madrugada. Era la policía con malas noticias sobre mi familia. Me ordenaron prepararme para que en breve me recogiera una unidad y me llevara al sitio de la tragedia. Me vestí como autómata, con los miembros insensibles y la boca sin saliva, incapaz de sentir algo en mi interior.
            El oficial me espió a medida que nos acercábamos, en absurda demanda de una respuesta adecuada a la situación. Pero yo no entendía nada. Arrollado por una avalancha de datos confusos y suposiciones apresuradas. ¿Qué pudo ser, qué pudo pasar? Un mal camino, un conductor inexperto, nula visión, exceso de velocidad; incluso un movimiento de tierra. Un terremoto que cimbró mis vísceras, que se tragó a mi familia, que sepultó mi cabeza en sordo dolor.
El viaje fue demasiado largo. Recorrimos carreteras presas entre bosques tupidos, curvas agudas cuyos trazadores seguramente nunca transitaron, vi entre la oscuridad paisajes para los que no estaba preparado. Descubrí que no sabía en lo que los estaba metiendo cuando se me ocurrió comprar el paquete ecológico. Y comprendí que ellos tampoco, que el viaje había sido un error propiciado por los arranques emocionales de ambas partes.   
Por fin llegamos. ¿Qué identificar, qué reconocer de esos restos mezclados en la torcedumbre de metal de la camioneta, si nunca pude conocer bien a ninguno de ellos? ¿Cómo asumir su pérdida si por años los tuve perdidos? Pero lo hice, usurpé un papel que no me correspondía. Ante todos desempeñé el sainete de padre de familia destrozado. Hablé de todos con cualquiera, me lamenté por no haber muerto con ellos, lloré, grité, me desgarré la camisa queriendo convencer al mundo.
            Pero no supliqué misericordia. No pedí que regresara el tiempo, no culpé a nadie, no pensé en potestades divinas. Acaso llegué a suponer que era una broma macabra en la que subyaciera un chantaje sentimental. Y acepté todo.
            Regresé a casa después de cientos de trámites, del funeral colectivo y de la mascarada oficinesca. Volví al lugar del que me había ido hacía años. Regresé atenido a la promesa escrita en el post it.
Y cumplieron.
            Ahora que me he convertido en un fantasma social, que me he aislado del mundo, que nadie cuenta conmigo ni yo con nadie, puedo comprenderlos e intentar por fin lo que tanto pospuse: acercarme a ellos.

Ahora que somos tantos, que somos todos, que estamos juntos; podría, por fin, estar en paz.


Del libro: "Ahora que somos tantos" de Alejandro Ipatzi. 

Para adquirir este libro, comuníquese en:  https://www.facebook.com/alejandro.ipatzi.5

Patricio Rey y los redonditos de ricota/Cruz diablo



Dos que se quieren se dicen cualquier cosa
El indio Solari

Me gustaba su culo argentino, por eso me acerqué a ella. Disfrutaba verla desnuda en mi cama fingiendo que dormía. Mi mundo se ceñía a ella, a verla, a rendirle adoración al templo del culo perfecto. Nuestro encuentro no fue nada semejante a una aparición fantasmal o un rayo de luz que caía del cielo para avisarme que aquella mujer era para mí. Simplemente, en un momento de la reunión ella estaba en la mesa buscando una cerveza y la vi ahí, con el pantalón apretado y su cabello lacio, del cual se enorgullecía. Pero no recuerdo si con una remera de greenpace.
Cómo acabamos bebiendo en una banca de una botella de tinto no tengo la menor idea. Lo que recuerdo es que le canté una canción de Los redondos, Cruz Diablo, la única que me sabía completa, porque no me creía que me gustaban. Entonces, aquel pantalón que le apretaba la fresa de su vagina calentó mis piernas.
Ah, que delicioso fue entrar al hotel y luego de tapar los espejos con cobijas, por su pinche paranoia, disfrutar de aquel cuerpo que había deseado toda la noche. El sabor de su piel en mi boca se mezclaba con el del vino. Le quité el jean y comencé a besar su cola con dedicación, con paciencia. No podía quedar un solo sitio sin haberlo tocado con mis labios.
Al otro día todo se hizo humo. Quiso irse cuando despertó acompañada en aquella habitación. Se levantó de la cama y me dijo que si no hubiera sido porque estaba borracha no hubiéramos acabado juntos. Le respondía que no, mientras buscaba un cigarro en los dormidos pantalones tirados en la alfombra. Si no hubiera sido por Los Redondos no te hubieras acostado conmigo. Ella era bajita, con el cabello lacio y una mirada nerviosa que se movía constantemente.
¿Tenés coca? Preguntó quitándose la blusa que se había dejado para meterse a bañar. Los pibes con los que cojo siempre tienen coca. Yo no, no me gusta andar todo nervioso, contesté. Pues sos un gil… o un pendejo. No el pendejo nuestro, sino el suyo, gordo.
Nos fuimos a mi casa con la promesa de que allá tendría más alcohol (un JB) y discos de Los Redondos. No te creo, gordito, no vas a tener nada. Si querés probar mi lengua de sable, será mejor que tengas lo que prometes. Con lo poco que me importaba su lengua pero cumplí. La mañana se hizo tarde, la tarde noche y así se acumularon uno tras otro los días, hasta que llegó uno en que simplemente se paró y se fue.
Me dediqué a limpiar, a trapear el piso, a tirar la comida podrida del refrigerador y a reponerme de la borrachera enorme que significaba tenerla ahí. Avisé en mi trabajo que me había enfermado y me fui a conseguir mate, porque berreaba desesperada por beber uno.
Conseguí un Taraguí con palo y me aprendí algunas canciones más de Los Redondos. Solari es un capo, lo repetía hasta el cansancio. Los Redondos son inigualables, che, no hay nada como Los Redondos. Le platicaba como había conseguido algunos casetes en Buenos Aires y me decía que nunca entendería bien a bien lo que significaban Los Redondos. Ser ricotero es todo, gordito, es todo. Es una forma de vida, es acostumbrase a vivir en la calle, a no vivir de pavadas como la fama y la plata. ¿Entendés? ¿Sabés quienes son Los Redondos? Me preguntó una noche. No, le contesté sinceramente. Los redondos soy yo, se hicieron carne en mí, yo soy Los redondos.
Una noche alguien tocó a mi puerta y resultó ser ella, la ricotera, la que no se callaba y me jodía por no tener mate, la argentina del culo hermoso. ¿Me extrañabas gordito?, me dijo dándome de besos. Volví a enférmame, a desconectarme del mundo porque el puerto del Buen aire volvía a desembarcar en la laguna del águila y la serpiente.
Mi jefe llamó enojado al cuarto día y no me quedó más que decir que estaba enamorado. ¿Y tú de que vives?, le pregunté luego de hacerme a la idea que tal vez perdería mi trabajo. De mi culo, ¿de que más? Nunca supe hacer nada. Cómo crees que entré al último concierto en Obras sanitarias. Con el culo che, con el culo.
Me persiguen, sabés, me dijo. Me persiguen porque envenene a mucha gente. Era limón, vendía mi cola y coca. Cuántos no habré matado siendo limón. Por eso me muevo, por eso voy de aquí para allá. Así que disfrútame porque soy tu lujo. Le contesté que su ego era tal cual reza el lugar común en los porteños. Me voy a ir gordito, esta ricotera se va a ir.

Una tarde me mandó al descenso robándome algo de mis ahorros y un par de casetes. Me hice un mate, me senté en un sillón y me convencí que era un iluso (siempre un iluso). Nuestra estrella se agotó, canté y ella nunca volvió.

Por Iván Farías

viernes, 17 de mayo de 2013

La esposa del cerrajero


LA ESPOSA DEL CERRAJERO


Don Vito saldría a algunas diligencias y gritó como siempre a Rolando, su criado de confianza:
—¡Rolas!
Aún no terminaba de decir la “ese” cuando el criado mostró sus genes de servidumbre, honradez y pobreza, herencia de sus padres; esa situación le permitía ser ahora el hombre más importante entre toda la servidumbre de La Hacienda Los Naranjillos, lo cual no era mucho, aunque mucho menos era poco.
— Sí señor, dígame
— Voy a salir de la hacienda, unos pelados se quieren apropiar de la rivera del Bobos y ya ves qué bien se da ahí todo. Les quiero hablar primero por la buena, y si no pues ya les tocará un poco de plomo... ¿Me escuchas rolas?
— Sí señor, claro, ¡qué aplomo!
— Pues ese es el asunto, tendré que estar fueras más de lo acostumbrado
— Sí señor, yo estaré a cargo de todo
— De eso precisamente te quiero hablar, de que te encargues de todo…
— Sí señor, de todo
— No rolas, no me entiendes, todo es todo
Un pequeño silencio de duda se causó por el temor impuesto del patrón al criado. La solicitud de mayor información puede ser considerada, en algunos ámbitos, como propia de alguien que es imbécil además de pobre, o imbécil además de honrado, o simplemente desatento o simplemente disperso. Y realmente la pobreza debe ser siempre una cualidad basta y suficiente.
— ¿No me entiendes verdad Rolas?
— No señor, ahora sí no
— Pues qué bueno, porque si me entendieras te azotaría en este preciso momento
— Claro señor, quizá hasta honor sería viniendo de usted el azote… cuando yo faltase a mi deber, que la justicia es el signo de su hombría
— La cosa, Rolas, es que he visto cómo su patrona mira al Duque de Fandango, que supongo que ni Duque ha de ser, y mucho menos de Fandango, pero ya ve que apenas tienen posibilidad de comprar con sus dos reales todo en Méjico, o cualquier hojalata de las pulgas, y se vienen para acá con sus títulos robados a exhibirlos con descaro
— Sí señor, lo entiendo
— No Rolas, que vas a entender, mira estas fotos, éstas sí las vas a entender. ¿Sabes lo que son?
Entonces puso sobre su escritorio varias imágenes de cinturones de castidad mientras el criado no sabía para dónde voltear o dónde esconder las manos.
— Esto es imaginación, Rolas, eso lo inventó un hombre cabal, que no se deja achicalar, un hombre justo, que le da a su mujer lo que ella quiere, pero le exige lo que debe, logrando así felicidad de ambos lados. Hay quien dice que esto es un mito, que sí existieron pero nunca se usaron, entonces seré yo el primero.
— Sí señor, tiene toda la razón… esos dibujos están muy bonitos
— No son dibujos, son fotografías, el mayor invento de la historia.
— ¿No tiene una del Duque de Fandango? Nunca lo he visto
— Precisamente ahí está el problema, me han dicho que le intentaron tomar una foto con mi mujer y nunca sale, y o el beso fue tan corto que no pudieron salir o me han estado mintiendo. Pero mi mujer es de besos largos. Te vas a ir con Don Tomás Ferrusquía, el gachupín ese que tiene la cerrajería, y le vas a pedir que venga de inmediato
No acababa de decir la o, cuando el criado estaba en la puerta poniendo pies en polvorosa. Justo afuera de la hacienda estaba el taller de Don Tomás, pero del casco a la entrada se hacían en caballo unos cinco minutos. Fue a buscar al hombre que además de cerrajero era herrero, le explicó el asunto y regresaron. Para entrar había que tocar una gran campana que hacía que abrieran la puerta. Si eran dos toquidos era el patrón, para que todos se pusieran a la orden. Antes de que tomara asiento Don Vito, ya estaba el sirviente con el cerrajero. Ambos fueron aleccionados por Don Vito sobre lo que es el honor. Luego procedió a explicarles lo que necesitaba.
— Quiero Don Tomas, un aparato de esos —señalaba la foto de los cinturones de castidad de dientes amenazantes por donde podía salir todo y no entrar nada más que bacterias e infecciones. Las imágenes eran explicitas y no requerían mayor explicación. Era la primera vez que esos dos hombres veían cosas similares y se mostraban como si fueran niños indefensos que no sabían qué estaba pasando.
Don Tomas se quedó mirando el alto techo pensando que el señor quería llevar puesto ese engendro de la ingeniería en sí mismo, se preguntaba para qué podría querer estar en esa situación y todas las repuestas que hallaba le avergonzaban un poco. El criado trataba de cuadrar el aleccionamiento que anteriormente les había dado, con lo que oía ahora, así que permanecía callado. Sólo veía las miradas de los dos hombres, hasta que él mismo comprendió lo que ellos estaban pensando y reaccionó. El criado dijo en voz bajísima pero perceptible
— Va a sangrar
— Pero que son idiotas –dijo acompañando tres terribles golpes en su escritorio—. No lo quiero para mí. Es para su patrona, es para mi mujer, es para que si ese maldito Duque de Fandango quiere tocar a mi mujer con su asqueroso miembro, se desangre al momento y entonces ella lo haga con un muerto. ¿Me entienden? Por ahora la he retenido estando ella aquí más que en la casa de la ciudad, pero siempre quiere ir allá, estoy seguro que es para eso, esto lo resolvería todo
— No me queda ninguna duda —dijo Ferrusquia
Siendo así las cosas, el patrón le dio al cerrajero que también era herrero, 12 horas para que fabricara ese inventó.
— Señor, no es tan fácil, eso lleva tiempo
— ¿Cuánto tiempo le lleva?
— Varios días, tengo que ir por más material, cargarlo, llevarlo al horno
— Tenga esto –le decía mientras le ponía en la mano varios miles de papeles y monedas y luego se dirigía a su criado—, contrate a quien quiera, a todos los herreros del país si quiere. Que le presten cuatro caballos y una carreta, que le den chofer, que le den más pago, y tierra si quiere pero quiero eso ya
El criado salía para pedirle las medidas de la patrona a la costurera. De regreso se las entregó al cerrajero.
Ferrusquía fue por su hermano, su compadre, sus tres hijos, y éstos a su vez llevaron a otros, cargaron el material, trabajaron unos en las bandas, otros en el dibujo, iban ideando las piezas y las iban construyendo,  en cuanto salía una pieza iban a hornearla, luego lo limaban y lijaban para después pintarla. Al final le daban un baño de plata porque sería vestido por una gran dama.
El cerrajero fue a su taller y estuvo haciendo varias pruebas, luego fabricó un candado y ya en la noche se presentó de nuevo en el casco de la hacienda de Los Naranjillos. Traía un costal con el artefacto dentro. Fue al despacho de Don Vito y lo puso sobre la mesa. Don Vito lo tocaba y veía a contraluz, estaba maravillado.
— Siempre quise uno de éstos
— Sí señor, puse todo mi esmero
El patrón pidió al criado que llamara a la patrona y se metió con ella a la recámara. Él le explicó lo que haría y sólo se escuchaba el sollozo de la señora. Luego pidió que entrara el cerrajero con los ojos vendados y que le instalara esa cosa a su mujer. La patrona aún lloraba.
— Buenas noches, mi señora –le decía Ferrusquía a la mujer para tranquilizarla. El cerrajero se inclinó frente a ella y supo que estaba desnuda por el olor de su sexo frente a su nariz. Le provocó una erección que disimuló inclinándose un poco. Luego explicó lo que haría.
— No le va a doler, mi señora. Pasaré esta banda de acero por atrás de su cintura —comenzó a sentir la piel de la mujer. La mujer dejó de llorar y se concentró en el tacto del cerrajero, quien aprovechó su mano detrás de ella y al patrón distraído, para hacerle una caricia en las nalgas disimulada de error. Pero esa mujer sabía que la mano del cerrajero no guardaba errores y eso le arrancó un suspiro que aprovechó para comentarle a su esposo algunos asuntos pendientes.
— Nunca pensé que dudarías hasta este grado de mí
— No dudo mujer, estoy seguro, sé cómo miras al Duque
— Es sólo un caballero amistoso
— Bueno, así lo conservaremos entonces, y usted señor cerrajero, será revisado hoy y siempre que venga en que no se le ocurra hacer más de una llave
— Esto no es justo
— Injusticia es ver a la mujer propia en las manos del otro
Mientras ellos intercambiaban opiniones, el cerrajero seguía su trabajo en esa relación donde las reglas sociales no lograban resolverse. El hombre es superior a la mujer. El rico es superior al pobre. El listo es superior al tonto. Entonces qué es la tonta mujer rica frente al pobre listo hombre.
— Le pido que no me pellizque con esa chapa, señor Ferrusquía, ¿qué no sabe hacer su trabajo bien? 
— Lo siento mi señora, no volverá a ocurrir —decía mientras continuaba con su instalación y uno que otro descuido voluntario sobre el que no había sinceros reclamos.
La instalación quedó, entregó la única llave a Don Vito. Él pagó por los servicios con una gran propina adicional. Don Vito nunca había cobrado tanto dinero. Supo que con eso podría poner un rancho. Afuera estaba el criado quien le desvendó los ojos y lo acompañó en caballo a la puerta. Mientras Don Vito veía a su mujer como una diosa. Ninguno se atrevía a decir palabra. Hasta que el cerrajero se defendió
— Yo sólo hago mi trabajo
— Sí, Don Vito, yo también sólo hago el mío
— Eres la mujer más hermosa sobre la tierra. No sé si sea porque lo eres o porque eres mía —los destellos de la lámpara iluminaban su cuerpo haciéndolo de dos colores
— Eres un cruel
—Te veré en unos días, no sé cuando llego, pero me tardaré más que lo acostumbrado, voy a arreglar unos asuntos
Salió azotando la puerta y se encaminó a su rumbo acompañado de su sequito. Antes de salir le pidió al criado que mandara un telegrama indicando que ya iba en camino a la ciudad y que le avisaran sobre todo a la duquesa de Bahía.
Su mujer lloró hasta el día siguiente. Iban algunas horas y ya sentía que esas cosas le causarían ampollas. Por la tarde le habló al criado quien entró hasta la recámara pues ella no quería levantarse. Vio que ella estaba con las sábanas encima y lloraba. Con el criado enfrente se destapó y él volteó la mirada.
— No, no voltees, mírame. Mira cómo apenas corre un día y tengo la piel enrojecida. Te digo que me mires, es una orden
Su mayor valor era la obediencia, aunque el segundo la inocencia. Miró y fue tal la impresión que comenzó a llorar.
— Lo siento señora
— No, no lo sientes, esto me va a terminar arrancando las piernas, ve por Don Vito
— Señora, pero el patrón…
— Soy la patrona, es una orden. A ver dime ¿quién manda aquí?
Y nuevamente estremecido por la red de reglas. ¿Manda el rico o el hombre?
El criado salió de inmediato en busca de Don Vito y en una hora ya estaba frente a la señora.
Quiero que me quite esto –decía la dama con las piernas abiertas frente al cerrajero, sus piernas ya tenían escoriaciones
— Señora, yo no puedo…
Usted si puede, porque aquí la que manda soy yo
Estando los tres en la recámara, el criado externó su preocupación
— El patrón me va a matar si se entera
— No se enterará –dijo la señora—, el cerrajero vendrá cada día a abrirla, para que todo el día esté libre de esa cosa infernal, luego vendrá en la noche para instalármela. Mi esposo sólo puede llegar de noche porque sólo puede salir de día, sé a donde fue, y son 12 horas, así que Don Tomás vendrá diario a las 6 para quitarme esa cosa, y luego a las 6 de nuevo para ponérmela. Sea que llegue cuando llegue mi marido, la tendré puesta.
— Usted manda, señora
Ante la evidencia sólo queda rendirse, así que le dijo que iría por sus herramientas. Antes de entrar, el criado le vendó los ojos. La mujer estaba tranquila. Se paró de la cama y se desvistió totalmente. Luego se puso frente al cerrajero que estaba hincado. De inmediato descubrió que la mujer estaba totalmente desnuda.
— Su oficio es interesante –dijo la señora mientras él intentaba abrir la cerradura del cinturón de castidad.
— Sí, se necesita del tacto para saber dónde falta una pieza, siempre vemos en la oscuridad, en lo inalcanzable, en lo prohibido –decía mientras tocaba como por descuido las piernas de su clienta—, del olfato que sirve para saber si un candado ha sido aceitado –decía mientras percibía ese olor de aceite que desprendía la señora que representaba el aceitado natural más eficiente del mundo–, del oído, para saber si la pieza ya se posicionó, si las cosas ya cambiaron de lugar –decía mientras escuchaba en ese cuarto el tic tac del reloj acompasado por el golpeteo de los corazones ahí presentes, comenzando en la taquicardia sexual— y también necesitamos de la vista –decía mientras la mujer le quitaba el vendaje que le había puesto el criado, lo levantaba con la mano y le ponía sus manos sobre el cuerpo de ella.
— ¿Y para qué necesita el gusto?
— ¿En mi trabajo? –preguntaba él mientras comenzaban a besarse y embarrarse de saliva en todo el cuerpo
Ella lo desvistió y lo incitaba que le diera sexo completo.
— Pero aún no he abierto la cerradura
— Destruya el candado
— No puedo, el patrón tiene esa llave y cuando llegue tiene que funcionar
— Ábralo con sus ganzúas
— Es que hicimos muy buen trabajo, es difícil
Y el cerrajero intentaba, el más experimentado, el mejor, el único en kilómetros y en esa situación de descontrol pasional, sus manos no funcionaban. Mientras con alambres y ganzúas buscaba violar su propia chapa, chupaba el cuerpo de la clienta acariciándola de los pies a la cabeza. Afuera el criado tocaba pensando que el cerrajero ya se había tardado demasiado
— Voy a entrar –dijo desde fuera
Ambos se vistieron rápidamente y él le dijo
— Mañana vengo a intentar de nuevo –decía mientras se vendaba los ojos ya de pie y el criado abría. La mujer ya vestida seguía llorando
— No tengo la ganzúa apropiada –le dijo el cerrajero al criado, dio hora y se retiró
— No lo olvide, que esto me va a destruir las piernas –dijo la mujer
— Con permiso, señora
El criado acompañó al cerrajero a la puerta de la hacienda. Ahí le habían dicho que estaba presente el duque de Fandango y que había preguntado por la señora. También le dijeron que estaba en el casco y que le habían dicho que podía pasar. Fue llevado por el chofer hasta el casco y fue anunciado. La señora salió y lo recibió.
— Buenas tardes señora
— Buenas tardes duque, veo que no descansa en su interés por mi
— Mi amor por usted es muy grande, aunque su desprecio por mí sea directamente proporcional, pero mi conocimiento sobre usted supera esas aritméticas y sabe lo que puede ocurrir si se resiste a la naturaleza de esta pasión
— Ciertamente usted sabe cosas de mí que nadie debe saber, y por eso he accedido a sus peticiones, pero ahora hay un problema que no depende de mí. Pase por favor
Entraron a la habitación y ella se desvistió. Él iba a hacer lo mismo pero ella le dijo que no sería necesario. Luego le mostró. El duque quedó horrorizado al ver esas placas de metal instaladas casi en sus entrañas, raspando la delicada piel.
— Su esposo es un monstruo
— Ciertamente, ahora comprende el porqué de los secretos que usted sabe de mí. Sin embargo, si aún con esto usted desea intentarlo yo no tengo más que acceder
— No, olvídelo, nunca más sabrá de mí
Al día siguiente, muy puntual, estaba el cerrajero limpio, afeitado e irreconocible.
— Anda muy arreglado, Don Tomás
— Si es que es el bautizo de mi hija
— Hace rato vi a su esposa y no me dijo nada
El criado le vendó los ojos y lo pasó a la habitación. Ferrusquía comenzó su trabajo y tras algunos intentos se escuchó el sonido más maravilloso de la creación: click. La cerradura había cedido y estaba abierta. La mujer se quitó el dispositivo y ambos se fundieron en un azote pasional. Al terminar se vistieron rápidamente y él se puso el vendaje y salió.
— ¿Todo bien don Tomás?
— Sí, pero me cuesta un poco de trabajo ganzuarla, es muy buena cerradura
— Pues usted la hizo
Al día siguiente se repitió la escena exactamente igual. Sólo que el ganzuado fue más rápido. Cada día era más simple hasta que llegó a dominar la técnica. No sólo del ganzuado sino de la pasión sin límites. Aunque tenían que hacerlo rápido, eso no era motivo para no disfrutarlo. La sesión de la mañana era más larga porque aprovechaban que el criado era muy solicitado por todos lados. En la tarde, en cambio, esperaba afuera y estaba tocando cada treinta segundos
— ¿Ya terminó Don Tomás?
— No, hoy esta chapa está más complicada
— Pero si es la misma que ayer
— Pero hay más humedad
Siete días después se oyeron dos campanazos en la hacienda y todo mundo corrió a sus puestos. Eran las ocho de la noche. El patrón llegó a su recamara y su mujer estaba sonriente.
— ¿Cómo has estado?
— Esperándote
— Qué bueno –sacó su llave y abrió el cinturón perfectamente—, este cerrajero es un genio
— Es muy cómodo este calzón
— No digas calzón, las damas no usan calzón, es un cinturón
Apagaron la luz y él durmió mientras ella recordaba las manos del cerrajero. Siempre acomodaba cada caricia en el lugar preciso, como si su amor estuviera ganzuando. Ella quedó enamorada y al parecer el cerrajero también.


Al día siguiente el hacendado tenía una reunión en la Sociedad de Productores de Tabaco de Veracruz donde organizarían la reunión nacional agrícola que se celebraría dos meses después. Le dijo a su mujer que le pondría el dispositivo nuevamente porque saldría varios días y ella aceptó cariñosamente. No le preocupó nada ni pidió al criado que fuera por el cerrajero. Le irritaba un poco ese metal o quizá era alérgica pero como la otra vez aguantaría bien un día.
Cuando de noche le llamó al criado para que le hablara a Don Tomás, éste le dijo que no estaba. Que iría más tarde.


En Veracruz, casi frente al malecón, en una casa tipo francés muy hermosa estaba el salón de la Sociedad de Productores de Tabaco. Se oían risas y gritos, ahí estaba Don Vito hablando de sus hazañas en El Bobos.
— También al Duque de Fandango le ha de haber ido bien –dijo un bromista con su copa en mano
— No tanto como a la duquesa de Bahía –contestó él entusiasmado y luego procedió a platicarles lo del cinturón de castidad—, yo llegué y mi mujer estaba feliz de verme, las aventuras amorosas son contrarias a la felicidad, le hacen a la mujer sentir culpa, contrario al hombre que le hacen sentir orgullo de su hombría y gallardía. Por eso el matrimonio ideal es el de un hombre aventurero y una mujer fiel. Ambos son felices y ambos se pueden procurar lo que cada quien necesite
— ¿Y quién es ese cerrajero que hace esos milagros? –preguntó uno de los caballeros que también tenía problemas con la vida disipada
Les habló de él y de inmediato pidieron que lo trajeran. Mandó un telegrama diciendo que se le requería urgentemente. En la hacienda fueron por el cerrajero y lo llevaron al puerto. Llegó en la mañana y estaban de nuevo reunidos.
— Esta es una reunión especial, estos caballeros están interesados en que les construya un cinturón como el que me hizo, bueno, como el que le hizo a mi amada esposa –su corrección causo risa en toda la sala y continuó—: estos caballeros son igual de ocupados que yo, y sin ellos este país no podría alcanzar fortuna alguna, es injusto que mientras ellos sortean los más incalculables riesgos, en su casa sean traicionados sin piedad.
La concurrencia comenzó a confirmar
— Sí, yo quiero uno
— Yo también
— Sí, les puedo construir a cada uno una pieza
Le mandarían las medidas por telegramas. Cuando se hacía ese telegrama, las respectivas mujeres pensaban que sus maridos les llegarían con un vestido de gala para la reunión anual.


En la hacienda, la patrona gritaba al criado para que fuera por Don Tomás. Cuando el criado preguntó a la mujer de Don Tomás que dónde estaba, ésta le dijo que lo habían llevado de la hacienda en carácter de urgente al puerto, porque había sido requerido por el patrón. Fue al casco y le explicó a la señora quien ya no soportaba esa carga.
— Ya no aguanto, ve estas llagas, Rolas, velas –le dijo al tercer día
Las llagas comenzaron a sangrar y pronto eso tenía una apariencia mortal. El criado fue a llamar al médico quien ordenó que fueran por alguien para quitar esa pieza. Pero estaba tan bien construida que nadie podía hacerlo sin riesgo de matar a la patrona. El mismo médico mandó llamar al cerrajero pero le indicaron que no tardaba, que estaba con el patrón en el Puerto, y que al parecer ya se había adelantado. En efecto, llegó pronto y fue requerido para remover la pieza. La mujer estaba delirando con fiebre diciendo cosas que casi nadie comprendía. Fue medicada y al día siguiente se sentía mejor pero aún tenía una apariencia terrible, al igual que sus heridas, llegó entonces el patrón. El médico estaba ahí viendo a la mujer y le explicó los hechos.
— La prenda metálica –dijo el médico— le ha causado una infección en las piernas por escoriación y dermatitis de contacto, su mujer es alérgica a la plata, y, en caso de que siga vistiendo este tipo de prendas, deberá hacerlo con piezas de otro tipo de metal.
— Pero la otra vez te quedó bastante bien
— Sí pero es que esta vez he estado más activa
— No te preocupes querida, pediré que le pongan cobertura de otro material. Que le hablen a Don Tomás de inmediato
Don Tomas fue traído y sobre explicado del problema.
Mientras hacia el modelo especial para Don Tomás, hacia los modelos para todos los otros hacendados. No paraba en su taller, y cuando el patrón no estaba, se la pasaba entre el taller y el casco, cuando iba a ganzuar la prenda de la señora. Diario salían envíos a distintas partes, para distintos patrones. Hizo un instructivo del cinturón y lo fue perfeccionando con dibujos del criado que tenía talento para las líneas.


La reunión anual llegó. Esa reunión era de maridos con señoras. Cocineros de renombre preparaban los platillos y las damas se reunían para platicar de sus vidas.
— Odio las reuniones mensuales porque los celos de mi marido lo llevan a ponerme una cosa horrorosa en las piernas
— ¿A ti también? A mí también
Entonces la patrona comenzó a reír, diciendo que ella aseguraba haber sido la primera y platicó que la última vez habían tenido que llamar al cerrajero. Aunque no platicó nada más de este hombre a quien ahora admiraba como si fuera un héroe.
La reunión terminó y cada quien regresó a sus casas. A la casa del cerrajero llegaban telegramas de todas partes.
— ¿Por qué te llaman tanto? –le preguntó Isaura, su esposa
— Es que me han conectado para varios trabajos
El taller no descansaba. Tampoco descansaba el continuo tilín del dinero. Un día llegó el cerrajero con su esposa y le dio una noticia
— He comprado la hacienda de Monte Pardo
Una hacienda pequeñita, con unos huertos buenos pero chaparros, con pocos animales y mucho monte, pero hacienda al fin. La mujer pensó que su esposo estaba bromeando. Pero comenzó la mudanza y entonces ella se convirtió en patrona. Continuamente le preguntaba por qué había comprado esa hacienda al lado y no se habían ido más lejos si ya tenían suficiente dinero.
— Es que esta hacienda es la que nos da mucho trabajo
No había más que preguntar. La patrona era excelente costurera y hacía unos diseños que eran bien recibidos por todas partes. Era conocida por su capacidad de dibujo. En la hacienda montó un taller donde producía en serie los cinturones y su fortuna comenzó a crecer más.
— Qué raro –era lo único que a veces pensaba Isaura
Un día comenzaron a llegar telegramas de reconocidas damas de la sociedad. Entonces Don Tomás salía corriendo con rumbos diferentes. Se encontraba con distintas señoras que hartas del cinturón de hierro pedían socorro. Así como en el ganzuado, la experiencia en el amor creció. Movimientos de los dedos suaves, primero parecerán erróneos, y luego la máquina, ya sea la cerradura o la mujer que en cierto sentido él también la veía como una chapa a la que debía vencer, la que no quería revelar sus secretos pero que al fin lo haría puesto que era especialista en aperturas. Un toque muy suave primero, una caricia, un click, otro toque muy suave, otro click.
Así se volvió amante de varias mujeres. Pero su amante favorita siempre sería a la que él llamaba la Duquesa de Naranjillos, porque nunca se había atrevido a preguntarle su nombre. Su expatrona.


La nueva reunión anual llegó. Como tradición se mencionaba, antes que nada, la entrada de nuevos miembros. Así se anunció que Don Tomas Ferrusquía era nuevo miembro, reciente en las empresas agrícolas, pero un hombre con el que todos estaban agradecidos. Iba acompañado de su mujer Doña Isaura. 
Todos aplaudieron, hombres y mujeres, todos eran igualmente felices con él, y por qué no, con su mujer también. De inmediato fue aceptado en ese nuevo estrato social. Las damas hallaron de inmediato a sus congéneres y platicaron de inmediato con ella. Hacían comentarios que si bien ella no entendía del todo, si le permitían comprender que las relaciones eran complejas. La confianza es algo extraño. No es instantánea, va creciendo, así que la intimidad tendría que esperar para la reunión del siguiente año.
Al poco tiempo, Don Tomás compró también una finca en la ciudad, e instaló su negocio Industria Herrera y Cerrajera de Oriente. Fue cuando creció más su clientela entre las señoras de sociedad. Iba en la mañana a abrir y en la tarde a cerrar. Muchos hombres de negocio envueltos en viajes le daban una gran cantidad de trabajo. Muchas mujeres sólo querían descansar de ese armatoste. Él respetaba la decisión, iba como amante o como prestador de servicios de ganzuado. En uno cobraba con pasión y en otro con dinero.
Abría nuevas sucursales y hasta inventó un candado que incorporaba muchos de los desarrollos que había hecho en su otro negocio. Sus candados no hacían daño a la piel ni se oxidaban con el contacto con distintos líquidos y tenían coberturas de materiales que no se dilataban con el calor. Además el frío no afectaba al metal helándolo. Otros tenían hermosos herrajes.
Se volvió un interminable viajero. Su esposa rara vez lo veía. Un día sintió sospechas de cómo el criado de Naranjillos, Rolas, se le quedaba viendo a su mujer. Su mujer se hacía cargo de las finanzas, había resultado mejor que cualquier capataz o contador, era su socia además de esposa. Pero esas miradas no le daban confianza. Así que le instaló un cinturón. Así estaría más tranquilo, y todo sería más feliz, tal como establecía don Vito.
El primer día la mujer lo maldijo a morir, pero se quedó pensando y se fue al casco de su pequeña hacienda donde tocó la campana, lo que significaba que todos debían ir. Ahí estaban los criados y ella comenzó su discurso.
— A ver bola de desarrapados, ¿queda claro quién manda aquí?
— Sí señora
— Que bueno, porque no les voy a dar explicaciones. Vengan todos los herreros conmigo
Entonces se los llevó al taller, ordenó que le arrancaran el cinturón aquel. Nunca había entrado al taller más allá de la entrada, le parecía demasiado ruidoso y sucio. Pronto asumió los roles de su nueva sociedad. Pero al ingresar se quedó sorprendida de todos los artefactos que colgaban del techo y paredes. Hombres trabajando en dispositivos extraños. Entonces comprendió de dónde venía su fortuna. Cuando le terminaron de quitar el cinturón, tras mucho esfuerzo, les indicó lo que se haría
— Además se me ha ocurrido otra cosa
Luego los puso a trabajar en un nuevo proyecto.


Cuando llegó su marido del más reciente viaje, todo cursó de manera normal al principio.
— ¿Cómo estuviste cariño?
— Todo perfecto, mucho trabajo, estoy muy cansado
— Quiero besarte
— No, espera, estoy muy cansado, además no traigo la llave de tu cinturón
— Sí, me imagino
Lo acarició por atrás, lo fue desnudando mientras él tímidamente protestaba y en el movimiento menos pensado, con un girón brusco, lo volteó y le puso un calzón de acero, un cinturón de castidad masculina. Lo volteó de nuevo y hábilmente le puso el candado y lo cerró. Era un artefacto que apenas le permitiría orinar, pero estaba estudiado y probado con varios empleados de la hacienda, razón por la cual ahora la patrona era vista por las mujeres de los trabajadores como una excelente mujer.
— Estás loca, ¿qué es esto?, ¿de dónde lo sacaste? –decía viéndose, y viéndola a ella libre de cualquier prenda, telar o metálica—.Estás verdaderamente loca… Explícame mujer, ¿de qué endemoniada broma se trata esto?
— No es una broma, es tu nuevo cinturón. Cada vez que salgas a hacer tus labores, saldrás con él, así vayas a la esquina cariño; y no lo puedes ganzuar porque le puse la llave atrás, está diseñado para que al quitarse por las malas te arranque la piel. Si te educas, pensaré algún día en quitártelo
— Me iré a otro lado
Pues no quieres que toda la Sociedad de Agricultores sepa que haces con sus esposas ¿verdad? Así que por favor te tranquilizas.


En la siguiente reunión anual había una tensa calma. Ahora le tenían más confianza a Doña Isaura. Aprendió rápido a maquillarse y peinarse. Su apellido español le daba cierto toque a la altura de la burguesía. En las pláticas de señoras, como siempre, salió a cuento la cuestión de la infidelidad, de la ajena, porque la propia normalmente es más discreta.
— Ya no sé que hacer con mi marido
— Yo tampoco
— Pues yo si sé que hacer con sus maridos –dijo Doña Isaura y les platicó de su solución—…Así son los hombres, el mío no es ni una excepción ni un caso excepcionalmente grave, seguramente –algunas intercambiaron miradas nerviosas y siguieron escuchando con atención
— Últimamente… ¿cómo se te ha comportado? –le decía una de ellas invitándola a seguir
— Pues muy bien, no sé por qué; ¿qué raro, verdad? –seguía el intercambio de miradas con uno que otra—. Pero bueno, es que yo me he esforzado, y he inventado algo. Como esposa del cerrajero, soy la señora cerrajero y también sé mucho del oficio.
Entonces sacó sus diseños del calzón de castidad para hombres, como ella le llamó. Todas quedaron maravilladas, era lo mejor del mundo, permitía aquella condición de libertad exigiendo fidelidad y simulando la propia. Todas le preguntaron cómo podían adquirir uno, y se llevó un pedido bastante grande.
Al regresar a casa, metió a su marido al taller y le indicó que producirían el calzón de castidad en masa. Protestó y le recordó que él no querría de ningún modo, que sus colegas supieran que era el amante de sus esposas, o que, mejor dicho, lo había sido en mucho tiempo. Martillazos se oyeron toda la noche. Y durante semanas fueron los envíos y repartos del producto.
A la siguiente junta anual, todas las parejas llegaron abrazadas, todos parecían no reconocerse, distintos peinados y hasta actitudes, todos fueron de nuevo presentándose mutuamente. En la foto se veían todos sonriendo. El único que no aparecía era el conde de Fandango.


Por Tonatiuh S. Meaney