martes, 25 de noviembre de 2014

De cómo calibrar telescopios



Un olor a olvido acompañó el panorama desolador donde fui citado. Aún no deslizo la mirada hacia las demás mesas, y sé que estas personas ya me están esperando. Encojo el paraguas para dárselo a un camarero. El piso como siempre está sucio y alcanzo a ver algunos insectos ocultándose del recién llegado para perderse en grietas del piso. No me importa. Las verdaderas cucarachas están acomodadas en la única mesa del segundo piso, con varias jovencitas sentadas en cada pierna. Nunca me han visto, pero al entrar inmediatamente me reconocen. Paso al vestíbulo mientras ellas salen en fila. Me miran un momento y bajan los ojos para perderse en el corredor y seguir su trabajo.
El pelirrojo se levanta y estrecha mi mano mientras me sonríe, después hace un ademán para invitarme a sentar. Me ofrece una bebida, pero la rechazo. Yo estoy ahí por el dinero. El otro aún no habla, y tampoco tiene cabello. Su manera de ocupar el espacio me hace pensar que él es el líder. Que él fue quien me contactó. Estoy ahí por el último pago, el que se recibe personalmente.
Durante esa hora les hago preguntas de rutina. Preguntas sobre mi objetivo. Mi trabajo requiere información. Cuando era joven no entendía qué tan necesario es un dato que parece mínimo, hasta que uno a uno mis compañeros fueron cayendo. Termino la rutina y en un momento el muchacho me hace una pregunta personal. Lo ignoro y me dirijo al líder y le exijo mi parte. El pelirrojo se pone de pie un tanto apenado y me extiende un maletín pardo.  Salgo de ahí y camino  sin el paraguas por el puro gusto de caminar entre las gotas.
La ciudad entera está repleta de inmundicia. El hedor de la gente y los negocios me molesta, y arriba, muy arriba, se pueden ver propagandas de solo un candidato, el Gordo, el más poderoso. El que ya domina la ciudad. Hace meses trabajé para él. Cómo giran las cosas.

Voy a ver a Emmanuel. Entro a su habitación y veo que ya tiene más tubos que ayer. Me duele verlo así, pero me contengo y actúo con normalidad. Platicamos entretenidamente sobre algunas cosas sin importancia. Una enfermera toca a la puerta recordándome que faltan quince minutos para que el tiempo de visita termine. Emmanuel me pide que vea televisión con él un rato. Estamos viendo a un McFly (o Clint Eastwood) muy alterado y con ropa ridícula,  pero muy seguro, como si supiera que al final no se va a morir. Levanta de la tierra un pedazo de lámina de metal, la pone bajo su ropa y sale al tiroteo.
Minutos después mi hijo se queda dormido. Le beso la frente y me voy a casa.

Estoy sentado en la cocina. A veces me siento como un motor sin potencia, pienso. La vida está muy jodida. A la mañana siguiente tomo algo de dinero, un estuche rígido con mi material de trabajo y me cuelgo al hombro la mochila. Anuncian por la radio el bloqueo de media docena de calles, por el discurso electoral del Gordo.
Ya lo he hecho antes, pero nunca en esta ciudad. Semanas antes del primer pago elegí el lugar preciso, el edificio, la vista. Nada debe arrojar la mínima sospecha. Hace meses me dieron el primer pago, y un día después comencé a dar instrucciones a mis empleados. Sandra, una prostituta rubia, será mi esposa; Mario, su hijo, será el mío. Sólo esta tarde. Ya sabe cada uno qué hacer. Es complicado, pero cualquier parásito se compromete a trabajar bien por una cantidad con los ceros precisos.
Dejo que Sandra entre primero, seguido del niño güerito. Estoy usando un suéter navideño y hace días fui a blanquearme los dientes. En el lobby utilizo unos documentos falsos. Cuando los mediocres investigadores y policías puedan apenas olfatear la verdad, Emmanuel y yo estaremos en otro país. Me dan la habitación que escogí en una simulada elección aleatoria. Desde la ventana puedo ver a la gente llegando para amontonarse y escuchar al objetivo vomitarles cualquier cosa, cualquier discurso que los tranquilice, algo que les ofrezca esperanza.
Permanezco sentado frente a la ventana un par de horas, visualizo cualquier posible error, cualquier falla. Ya faltan pocos minutos.
Siempre me gustaron las armas. Mi padre tenía muchas, y en cualquier espacio de la casa encontrabas al menos una: rifles, fusiles, carabinas y revólveres.  El de hoy es un fusil PSG8. El instrumento pesa casi nueve kilos, y con suerte, le hará explotar la cabeza como un grano al ser exprimido, o como a papá con su Colt .45, su revolver favorito.
Me pongo otra ropa, algo oscuro para la noche y guardo el suéter, el regalo de mi muchacho, en la mochila. Doy instrucciones de esperar en la habitación y me dirijo al último piso, con el estuche y el arma favorita de papá. Ahí está uno de mi equipo, con su uniforme hotelero. Me da la llave y le ordeno que se retire. Abro una escotilla y me instalo en la punta del Hotel Internacional. Cuidadosamente armo el instrumento y lo instalo sobre el bípode. De todos, éste es mi favorito. El del valor sentimental, dirían algunos. Hoy es el último día de mi carrera y él se merece este privilegio. Llegó a mí como pago de un favor, una encomienda de un anciano militar de Malasia. El aire frío impacta en mi cara. Antes de cada trabajo me invaden los nervios, nunca lo pude evitar.

Estoy concentrado y en la plaza no cabe ni un alma más. Hay de todo: campesinos, estudiantes, ancianos; todos en conjunto para escucharlo hablar. Por la mira telescópica fijo bien el lugar, pienso en el tiempo que tomará el disparo, el viento, la reacción de sus seguidores, la reacción de todos sus guarros, y la de los míos que están con él. Imagino de qué manera los noticieros estallarán durante los próximos meses. Probablemente la noticia llegue hasta donde estaremos, mientras señalan a algún sicario torpe o a algún policía.
El gordo sube tarde al escenario y la tierra retumba. La gente grita y le aplaude, entonan su porra y muestran sus pancartas mientras una inmensa cordillera de policías, todos morenos y fuertes, resiste a la multitud. El discurso comienza y me preparo. Cierro los ojos y respiro hondo varias veces.
Ocho y media.
Apunto a su rostro. En siete décimas de segundo su cara debe explotar. Mis brazos ya no se mueven ni un milímetro.
Resisto la respiración.
Aprieto.
¡Mierda!
 Al momento de la detonación mi celular suena y vibra en mi bolsillo. Miles de personas gritan de terror al unísono y miro hacia adelante. El gordo se cubre un brazo y sus guarros lo tiran al suelo y lo protegen.
¡Mierda, mierda, mierda!
Arrojo el fusil, gateo para ocultarme tras una bodega y como un impulso involuntario saco el teléfono. Me dicen que debo acudir rápido al hospital. Exijo que me digan qué pasa. El estado de Emmanuel se complicó y falleció en una emergencia, me dice una voz. Lo sentimos.
No siento el cuerpo. Apenas distingo el ruido de la gente, deben estar gritando, empujándose, corriendo. Estoy en un trance y me tiro boca arriba. Unas gotas comienzan a resbalar por mis mejillas y el tragar saliva raspa como pasar una lija por mi garganta. Permanezco así no sé cuánto tiempo. Me arrastro al borde y contemplo la vista. Escucho un sonido violento seguido de varios pasos subir al último piso. Me tardé. Dieron conmigo.
Levanto la mochila, saco la hermosa Colt .45 y me pongo el suéter navideño. No tardan en subir en pelotón. En una bolsa de basura veo un pedazo de cartón mojado. Lo saco y le quito de encima un par de cucarachas muertas, con cuidado para no desbaratarlo. Después lo coloco debajo del suéter, quiero que me proteja bien. Los pasos están cada vez más cerca. Ahora pienso en mi pequeño soldado, como le digo a Emmanuel. También pienso en Sandra, y espero que haya sido lo suficientemente inteligente para robarme algo de dinero y huir de ahí. Pero es torpe y se conmociona fácil. La conozco, y sé que la van a agarrar sin dificultad. Los uniformados salen en organizados grupos y pronto varias decenas me rodean. Los distintos uniformes me indican que pertenecen a diferentes pelotones, incluso hay uno muy familiar. Veo sus máscaras y pienso que algunos me reconocen.
Entonces comienzo a disparar. Hoy nadie puede matarme.

Por Pablo Pest Og











domingo, 23 de noviembre de 2014

La Creación



1
Hoy me siento: Frustrado
Hola de nuevo. Ahh, hoy no fue un día fácil. Me enojé con Universo porque no me quiere dar permiso de ir a la fiesta de Lucy. ¿Recuerdas que te conté hace como un mes que me encargó hacer otro planeta? Se me olvidó. Ahora sólo me quedan siete días. SIETE DÍAS. Y en realidad son seis, porque la fiesta es justo el día que le tengo que entregar el nuevo planeta. Realmente quiero ir. Salirme de mis obligaciones un rato. Además dicen que van a prender en llamas a los entes de Marte, y dicen que esos cuando se incendian disparan luces de neón. ¿Te imaginas? No puedo perdérmelo. Cuando le pregunté si me dejaba ir, lo primero que dijo fue "¿Ya hiciste el planeta que te pedí?". Le dije que faltaban unos detalles pero que ya casi. Ya sé, ya me había prometido no mentir, ¡pero es la fiesta de Lucy! Sabes cómo me encanta. Te escribo de él todo el tiempo. Me fascinan así. Malos, rudos. Tan sólo imagino cómo impone su maldad en... Pues ya sabes, la intimidad, y se me pone la piel chinita. Jiji.
En fin. Universo terminó diciéndome "Y que esta vez sí funcione, eh". Claro que me indigné, pero no puedo pelear más con él si quiero ir a lo de Lucifer, así que me evité la discusión y me fui. Le prometí que se lo iba a dar en menos de una semana. Ahh, cuánto estrés. Total. Me voy a estar chingando todos estos días. Hasta ahora sólo le he puesto un poco de iluminación. Sólo luz. Y bueno, a ver qué sale. Ahora sólo quiero descansar. Te escribo mañana. Xoxo


2
Hoy me siento: Motivado
Querido diario, hoy vi a Lucifer. Lo intenté besar pero él no me dejó, así que para romper el hielo le conté del nuevo mundo que estoy haciendo y pareció interesarle mucho. Dice que me puede ayudar, que él tiene varias ideas y podrían funcionar con mi proyecto. Sé que esto de hacer tratos con el diablo no es una buena idea, pero hay que admitir que tiene una enorme iniciativa; digo, cuando era súbdito mío era un cualquiera. Cuando se reveló provocó una gran polémica. Apuesto a que no soy el único que se enamoró de él. Tan fuerte, tan valiente... Es decir, ahora tiene su propio reino, tiene a sus propios lacayos, vive sin moral. No sé tú pero para mí eso es vida. Hace lo que quiere. Ese es tipo de ser que yo necesito. El punto es que tener a alguien que me impulse no está mal para nada. Se despidió de mí besando la comisura de mis labios. Me derretí.
Ah, y sobre mi nuevo planeta, he puesto agua sobre los suelos y decidí que voy a vivir arriba de él. Así podré supervisar que todo esté oquei. Voy avanzando, voy avanzando.
Cambiando de tema, creo que los ángeles tienen sospechas de mi obsesión con Lucy. En las cena no paraban de hacer indirectas. Decían cosas como "¿Y qué pasó con Belcebú, eh?" Y hacían chistes del infierno y así. Me enojé y les dije que ese nombre no se podía mencionar en mi reino. Me fui.
Te escribo mañana. Gracias por escuchar siempre.

3
Hoy me siento: Nervioso
Hoy es el tercer día y no voy tan mal con este mundo. A decir verdad, se está poniendo nais, creo que tengo el toque. Puse una parte seca. Separé los mares y en las partes donde no están, hay tierra. Ahí puse semillitas y nacerá lo que tenga que nacer. Aún con lo bien que voy me siento nervioso porque Universo quiere ver cómo lo estoy haciendo. Siento miedo, de esto dependerá su decisión. Sólo quiero que este asunto pase rápido y ya. Te cuento lo que suceda.
Abrazo. Adiós.

4
Hoy me siento: Cansado pero excitado
Universo dijo que iba bastante bien, pero me cuestionó cómo se iban a manejar los días aquí. Así que tuve que hacer en chinga dos lámparas distintas para que distingan el día de la noche. Luego tratar de que coordinaran era un pedo, y pues ya, lo dejé así. Equis. Dijo que si pongo seres vivos en estos dos días que quedan tengo el permiso de ir. Estoy a punto de lograrlo.
Lucy no me había dicho nada aún para ayudarme, entonces creí que sólo quiso calentarme. Es un cabrón, la verdad. Pero no deja de encantarme, entre más cruel es, más clavado estoy. Ay, Lucifer. Terminé por hablarle. Colgué tres veces, qué vergüenza. Cuando me contestó me dijo que me tenía por sorpresa algo, que lo fuera a visitar mañana. Estoy muy nervioso y al mismo tiempo excitadísimo. No puedo dejar de pensar en esa sorpresa. Apuesto que ya no aguanta más las ganas de tenerme suyo. Él, yo, en su casa, en el infierno. Sintiendo su sexo, ardiendo, pegando nuestras pieles llenas de sudor. Sometiéndome. Ahhhhh.
Me voy a dormir. Me espera un gran día mañana. Beso.

5
Hoy me siento: Extrañado
Desperté casi vomitando las mariposas que sentía en la panza de la emoción. Estaba listo para irme con Lucy. Hice nacer animales de los mares y aves sobre los cielos. Hice brotar de la tierra reptiles, arácnidos y bestias terrestres. Le encargué a un querubín que hiciera que se reprodujesen y ya. Fin. Creé mi mundo y en cinco días. O eso creía.
Fui a casa de Lucifer con una gran erección, esperando encontrármelo listo para que me atacara directamente de atrás y ZAS... Pero no fue así. En cuanto entré empezó a aventarme un choro. Mira, tengo entendido que ya has creado a todos tus seres de la tierra, ¿no?, dijo, pues hay un ser que es indispensable en este mundo. Un ser que domine a las bestias del mar y de los cielos y los terrestres. Que sea superior en mente, en capacidades y supervivencia. Un ser que sea a tu imagen y semejanza. Sacó de un costal a unos como bultitos de carne que se parecían mucho a mí. Los revisé rápido, puse cara así como de interesado. Eran casi iguales a mí, pero uno tenía un hoyo entre las piernas en lugar de lo que nos cuelga a mí y a Lucy (ay, ¡lo que le cuelga a Lucy!). En fin, los dejó por ahí y se acercó. Comenzó a besarme el cuello y me susurraba en la oreja "esto es lo que te faltaba y lo que yo te he ayudado a crear" y luego bajó, y bajó. Cogimos unas quinientas veces de maneras que ni siquiera yo me imaginaba. Lo más encantador que he vivido.
Tal vez pienses que me engañó con sexo. Pero si lo piensas bien no es una mala idea, o sea, un ser que sea como yo no puede tener nada de malo. Además él los hizo para mí. Porque me quiere, supongo.
Sólo les falta la personalidad, te los entrego mañana sin falta, terminó diciéndome. Entonces estoy esperando a que sea mañana para entregar el mundo a Universo y preparándome para la fiesta de Lucy. Dijo que iba a llevar más amigos y que sería mil veces mejor que hoy. Ya lo creo.
Me despido. Buenas noches.

6
Hoy me siento: Emocionado
Lucy llegó con los humanos temprano. Me besó, luego dijo que jamás jamás fallarían y se fue.
Creo que los ángeles se dieron cuenta, pero ellos me son fieles y dirían a Universo que son invención mía. Sólo me aconsejaron que les diera un poco de moral. Yo confío en Lucy, pero les hice caso. Los puse dentro del planeta tierra y lo entregué. Lo hice muy bien para haberlo hecho en seis días y con uno de descanso para fiestear.
Cuánta tranquilidad. Hasta mañana, mil besos.

7
Hoy me siento: Satisfecho
Estoy listo, querido diario. 



Por Abril Ramos

domingo, 9 de noviembre de 2014

DE CÓMO TRATÉ DE CREAR MONSTRUOS O DE LO JODIDO QUE ESTÁ HACER CIENCIA EN MÉXICO



No me pregunten por qué decidí dedicarme a hacer ciencia en este país, supongo que porque me gusta sufrir, como diría Carlos mi tutor; o quizás porque sin dolor no hay recompensa. La ciencia en primer mundo es aburrida, allá tienes todo a tu disposición, desde material de laboratorio, equipo especializado de última generación y personal técnico el cual, prácticamente, es el que hace tus experimentos y tú simplemente eres el que pone la sapiencia para analizar los datos y llegar a una conclusión que culminará en una bonita publicación en alguna de las revistas más prestigiadas dentro del ámbito científico. En cambio aquí, uno tiene que luchar a contracorriente, ser investigador en México significa que tienes que hacerla de administrador, contador, empresario, divulgador, articulista, político, innovador, hacker (por aquello de los programas para hacer análisis de tus datos que cuestan miles de pesos la suscripción anual), amante del riesgo (por aquello de trabajar con sustancias sumamente peligrosas) y, lo más importante, chorero. Sí, se necesita cierta habilidad tanto verbal como escrita para convencer a CONACYT de que tu proyecto es lo máximo, tanto como para recibir apoyos económicos, sino no podremos salvar a México de la diabetes y del cáncer. Como podrán imaginárselo, el país está manejado por una bola de burócratas que creen que la ciencia sólo sirve para resolver problemas a corto plazo. Por otra parte, uno tiene que lidiar con la comunidad científica universitaria e institucional,  allí tienes qué olvidarte del choro que le dijiste a CONACYT, porque éstos –la comunidad científica– son los que saben. Para ellos, hacer ciencia es la adquisición de nuevos conocimientos que, con uso de la tecnología, podrían aplicarse para posterior beneficio de la sociedad. Pero eso es después de años y años de esfuerzos y de conocimientos acumulados. Básicamente los descubrimientos en ciencia son así: “¡Oigan!, he descubierto tal cosa, no tengo idea de qué significa, pero con el paso de los años se le podrá encontrar alguna utilidad”. Imagínate decirle eso a CONACYT. No habría becarios de ciencias y tendríamos que conformarnos con los becarios del FONCA, qué horror.  
Pero mejor vayamos al relato, después de esta pequeña introducción. Era lunes y yo no quería salir de la ciudad.  Verán, yo trabajo con un tipo de células “especiales”, la gente no conocedora del tema las llama células madre. En teoría, cada una de estas células tiene la habilidad de poder formar cualquier tipo celular del organismo. Para demostrarlo es necesario que las células sean inyectadas en un modelo animal no humano, para que con el paso del tiempo se formen tumores. Pero no es cualquier tumor, es un teratoma. Esta palabra viene del latín teratos, que significa monstruo. Imagínate que te comience a crecer una bola en la espalda o en el muslo. Si la extirpamos, lo que obtendremos será un mazacote de tejido compuesto de diente, piel, hueso, ojo, etc. Algo así como tu hermano gemelo en potencia, pero sin ningún eje corporal estructurado. Si esa visión no les parece monstruosa, entonces no sé qué podría ser.
Mi trabajo era inyectar unas células madre de origen mexicano en mi modelo animal. Eran unos ratones transgénicos. El problema es que ellos estaban en un centro especializado ubicado en alguna Provincia al norte del país, mientras que yo estaba en un laboratorio de la Ciudad de México con mis células madre  ¿Por qué? ¿Cómo es posible que tengan una cepa muy valiosa de ratones en dicho centro? ¿Qué no saben que las condiciones no son las adecuadas? Esas son las preguntas frecuentes que me hacen mis colegas. Pero créanme, allá están mucho mejor que en la pocilga de laboratorio que tenemos en la capital, les respondía.
La situación era la siguiente: el veterinario  (de esas personas que afirman que son doctores, pero no era más que un médico de animales) de nuestro laboratorio llevaba veinte años haciendo las mismas cosas. Sí, a él no le gustaban los cambios. Su trabajo consistía en alimentar y cuidar a los animales de experimentación, de los cuales sacrificaba alrededor de cuarenta por mes. ¿Por qué? Porque simplemente nadie los ocupaba, porque nadie trabajaba. Hace un par de años llegó al laboratorio Carlos mi jefe actual, científico egresado de la UNAM. Traía consigo un caudal impresionante de conocimientos y la experiencia respaldada por varios artículos publicados. Venía con ganas de trabajar pues. No es por desdeñar a otras personas que trabajan allí,  pero él tenía la “calidad moral” suficiente como para afirmar que el veterinario no hacía bien su trabajo. Hubo pleito y el susodicho veterinario trató de sabotear las investigaciones. Los animales se le escapaban, no limpiaba sus jaulas y por lo tanto vivían sobre su propio excremento, y la temperatura de la habitación estaba por arriba de los 30°C. Los que no morían a causa del calor solían ser devorados por sus compañeros murinos de celda. Una vez encontramos una ratita que le faltaba una pata trasera. Si el animal ya traía una mutación o fue víctima de un trasplante clandestino es mejor no saberlo. Por último, el inmueble tenía algunos ocupantes poco agraciados: grandes cucarachas en el almacén de alimentos, chinches besuconas (¿de dónde rayos salen?) en el área de cirugía y larvas de algún insecto semiacuático entre los contenedores de agua. Precisamente eso representa la población mexicana, somos un conjunto de células que crecen en condiciones adversas, viviendo entre la bazofia y los parásitos.
Es por eso que los ratones transgénicos estaban mucho mejor en La Provincia. Allá por lo menos les limpian la jaula y los alimentan diario. Habría sido mucho esfuerzo en vano si los ratones se hubieran muerto.
Después de varios meses de trámites y dando por perdida su importación, los de la aduana se comunicaron al último momento para avisarnos que los ratones ya estaban en el país. Teníamos que ir a recogerlos al sur de la ciudad y partir hacia La Provincia, en donde se les reubicaría en su nuevo hogar. Todo en el menor tiempo posible, porque los ratones, al ser transgénicos, son delicados y era probable que no sobrevivieran al viaje. Recuerdo que en esa ocasión al llegar nos quedamos tres horas varados sobre la avenida principal, por efecto de las lluvias torrenciales de temporada y la mala planificación de la ciudad. Maldito tráfico provinciano, a veces se pone igual que en el DF. De milagro sobrevivieron los ratones, quizá ni siquiera son transgénicos.
Seis semanas después, nos informaron que los animales ya habían crecido y estaban listos para el trasplante con células madre. Si había sido una proeza llevar de una ciudad a otra de tercer mundo ratones extranjeros genéticamente modificados que no toleraban ningún tipo de alimento más que sus croquetas estériles de exportación nada baratas, eso no se comparaba con la siguiente parte del experimento. Objetivo: las células tenían que estar vivas al momento de ser trasplantadas. Pequeño inconveniente: había cientos de kilómetros de distancia entre mis células y los ratones.
Afortunadamente Carlos había anticipado que íbamos a tener las distancias en nuestra contra, por lo que dentro del presupuesto contábamos con la adquisición de una pequeña incubadora portátil. Uno se ve muy profesional cuando pasas con esa cosa, de acero inoxidable, fabricación alemana y con batería con seis horas de duración para mantener la temperatura a 37°C.  Quién nos viera con sofisticado aparato, con el único objetivo de preservar células vivas, mientras que en otros hospitales llevan los órganos para trasplante de un sitio a otro en hielo dentro de cajas de unicel marca OXXO.
El día esperado del trasplante tuve que llegar al laboratorio desde las 5 AM para tener todo listo. Solo nos faltaba un documento en donde nos daban autorización para poder sacar la incubadora portátil del laboratorio, no vaya a ser que nos la robáramos. Después de lidiar toda la mañana para conseguir las firmas de todos los jefes que puede haber (Jefe de Departamento, Sudirector de Investigación, Director de Investigación, Subdirector del Centro, Director del Centro de Salud, etc.), Carlos y yo por fin partimos hacia La Provincia, yo cargando la incubadora. Sobra decir que el guardia ni nos preguntó qué era lo que llevábamos dentro de la incubadora ni nos pidió el documento de permiso de salida. Tanta burocracia para perder nuestro tiempo, el de las células y el de los ratones.
Antes de abordar el auto, alguien me preguntó si con el aparato que yo traía me comunicaba con mis amigos extraterrestres. Quizá si le hubiera dicho que, técnicamente, llevaba millones de seres humanos en potencia dentro de esa incubadora, los cuales estaban destinados a formar monstruos dentro de ratones, habrían llamado de inmediato a Provida o a Greenpeace. 
Debo admitir que Carlos la hizo bien de chofer, conduciendo a 160 km/hora procurando esquivar todos los baches de la autopista, so peligro de que mis células saltaran de sus placas de vidrio y se desparramaran dentro de la incubadora.
Al llegar a nuestro destino, procedimos a hacer la operación quirúrgica para el trasplante. Nos habían procurado un especialista técnico para que nos ayudara a anestesiar los ratones. Sin embargo, el “especialista” se limitó a observarnos con una mascarilla puesta, detrás de la puerta de cristal, mientras nosotros dos estábamos encerrados en un cuarto improvisado para la cirugía, lidiando con los ratones y con las células. Todo porque el anestésico, cuyo nombre era fluor-ano (así se pronuncia, flúor-ano) era supuestamente peligroso, que te mataba las neuronas. Y el instituto no tenía la infraestructura necesaria para trabajar con esos materiales. Pero así es como se hacen las cosas aquí en México, a marchas forzadas e improvisando. Yo sólo recuerdo que me sentía muy contento y relajado mientras inyectaba las células a los ratones dormidos.  El “especialista” también se negó a ayudarnos en el antes y después de las operaciones, porque usábamos luz ultravioleta para esterilizar. Quién sabe por qué tanto miedo, si los rayos solares que inciden en algunas ciudades de La Provincia son mucho más peligrosos que una exposición directa de cinco minutos de luz ultravioleta.
En fin, han pasado dos meses desde aquello y me informan que los teratomas no se han desarrollado en los animales. Habrá que repetir el experimento.

Por: La vengadora de la ciencia.