domingo, 9 de diciembre de 2012

“Alea jacta est”



Walter, con el cuerpo casi convulso. Walter, torpe e inseguro, salió a traspiés de la cantina. Era una gélida madrugada. Detectó un pequeño bulto no muy lejos de donde se encontraba que, sin más, robó su atención. Se acercó y, justo iba a patearlo, cuando “la cosa” salió disparada en un movimiento casi invisible hacia un costado para evitar ser golpeado por el zapato del ebrio.
 “La cosa” se acercó sigilosamente hacia el hombre, quien gracias a la iluminación procedente de la cantina, alcanzó a distinguir exactamente de qué se trataba. Era un gato gris. Un par de iris fluorescentes se clavaron directo en su rostro, las pupilas que permanecían verticales, rasgadas, como lagarto, se alejaron un poco del fuerte destello, para expandirse como agujeros en la atmósfera. Abrió su hocico, acarició sus largos bigotes con una lengua rosada  y le dijo:
—Sígueme.  Tu suerte nos espera. —El gato se echó a andar.
Walter, sin dar crédito a lo que acababa de escuchar, distorsionó el rostro y se talló ambos ojos. Echó el tronco hacia atrás y sacudió la cabeza negativamente. “Vaya, ya estoy muy borracho”. Se dijo.
El Gato repitió:
—He dicho que me sigas. No perdamos más tiempo ¡Anda! Tenemos que apresurarnos.
El hombre, no tuvo oportunidad de razonar y obedeció la voluntad de aquella voz. Comenzó a andar siguiendo al cenizo felino. Zigzagueante, intoxicado y con la visión doble, admiraba la figura elástica y enigmática que lo atraía hacia callejones cada vez más opacos. Fijada su atención en el animal, no se percató del poste que estaba en su camino. Chocó contra él con la fuerza necesaria para  perder el equilibro. Cayó cómo tabla, de espaldas sobre la acera. 
El gato se aproximó. Olfateo y en un gesto cariñoso frotó su cabecita contra el costado del hombre que yacía de cara al cielo. Ladeó su peluda cara, arqueó el lomo y levantó la cadera un poco hasta terminar de acariciarlo con el último centímetro de su cola. El gato subió al pecho del hombre y se sentó mientras relamía lentamente entre las almohadillas de su pata izquierda.
—Los humanos son torpes por naturaleza —dijo—. Nada como tener cuatro patas para no derrumbarse ante el primer obstáculo.
—Justo lo que necesitaba. Un gato que hablara sólo para burlarse de mí.
—Siempre he creído que los humanos utilizan su lengua de la manera más inadecuada. Nosotros preferimos contemplarnos y no decir ni  “miau”… Andando.
—Dame un minuto.
El gato desenvainó sus garras y le arrojó un zarpazo directo al rostro:
¡No tenemos un minuto! —le gritó el felino. Se hizo a un lado y comenzó a andar.
El hombre, muy a su pesar, se incorporó y caminó detrás del misterioso animal.
Deambularon por las callejuelas cada vez más negras, cada vez más vacías. Apenas iluminadas por un pálido rayo de la luna; un luar. Por fin, el minino hizo un alto definitivo ante una casona, aparentemente abandonada… Lo miró con los ojos semicerrados y le dijo:
—Bueno, aquí es: Entra. “Arriba te esperan”.
Walter no separó los labios. Escuchó un ronroneo suave; no se volvió. Abrió la apolillada puerta haciéndola rechinar sin intención y la cerró tras de sí. El exquisito resplandor de unas telarañas plateadas estratégicamente colocadas por toda la sala, aguardando por un díptero, por la cena, por algo lo hicieron sentir como latía su corazón… Walter sentía la presencia de una audiencia inexplicable…
—¿Hay alguien aquí?... —Nadie respondió.
Notó con asombro que los empolvados muebles estaban organizados. Parecía estar todo en perfecto orden. Curioso y ansioso por lo que  el gato le había dicho, subió las escaleras de madera despertando pequeños crujidos bajo sus pies.
Arriba había tres puertas; entreabrió la más cercana. Echó un vistazo. Entró. Era el cuarto de baño. Una tina blanca enmohecida formaba el plano principal. Las paredes guardaban humedad y sarro crecido, esparcido libremente. Era la figura de la ausencia y olvido… Inspeccionando con cuidado, notó la imagen caleidoscópica de su propio rostro en un pequeño espejo estrellado. Su  barba seguía siendo roja, sus ojos tristes continuaban siendo azules. “Aquí, no hay nada para mí”, se dijo. Y salió.
En la parte superior de la segunda puerta, había una inscripción en latín: Alea jacta est”. Trató de abrirla: empujó, pateó, trastabilló y, finalmente, cayó de espaldas. Débil, vencido y aún algo mareado. “Será mejor dejarla para el final”, pensó a modo de consuelo y se incorporó.
La tercera entrada, al primer intento desnudó el contenido de su interior. Se abrió. En medio de la habitación estaba el cuerpo inmóvil de una mujer, pálido de piernas, como estatua de cera, con la cara vuelta hacia el piso. Su cabeza era una isla, rodeada por un mar de sangre.
Walter reaccionó impulsivamente, corrió hacia ella, la tomó por el troncó y la giró para verla de frente mientras preguntaba: “¿Está usted bien?”
La mujer tenía media cara hundida. Walter soltó un grito ahogado, alzó la vista y encontró, a un metro de él un martillo con manchas de sangre y cabellos de la víctima. Era el único testigo de lo que allí había ocurrido. Horrorizado retrocedió, arrastrándose y alejándose del piso desesperadamente.
Afuera, unas luces roji-azules, acompañadas del canto de unas sirenas policiacas que se escuchaban cada vez más y más cerca, se hicieron presentes. Los pasos de unos hombres hicieron crujir los escalones de madera bajo sus pies mientras ascendían.
Abrieron la puerta de par en par y detrás de las armas gritaron:
¡Quieto! No se mueva. Aléjese del cuerpo y ponga las manos donde podamos verlas.
Walter, confundido y aterrorizado, entre náuseas y con unas ganas insoportables de llorar, levantó sus temblorosas y ensangrentadas palmas, suplicando un: “No disparen”.
Queda usted detenido. Tiene derecho a permanecer en silencio. Todo lo que diga o haga podrá ser utilizado en su contra.
El juicio se llevó a cabo con presteza. Terminada la intervención del fiscal, el juez se dirigió a los miembros del jurado y dijo: “Señores, pasen a la sala y hagan su veredicto. Se abre un receso de media hora, el acusado deberá permanecer en su sitio hasta que el fallo sea pronunciado”.
La media hora pasó. La sala esperaba en silencio. El juez tomó su asiento y cada miembro del jurado tomó el suyo, el juez habló:
—Bien, señores ¿tienen ya su dictamen?
Sí señor, encontramos al acusado culpable por el delito de asesinato en primer grado.
—Procederé a  dictar sentencia: El acusado Walter McGregor es condenado a cadena perpetua por el asesinato de la señora: Katherine Lennox sin posibilidad de fianza. Caso cerrado.
El juez hizo sonar el mallete.
—No, ustedes no comprenden, fue un gato, un gato grande, me tendió una trampa.
—Por favor, Mr. Walter McGregor, si no deja de decir incoherencias podría ser investigado para terminar encerrado en el manicomio. Cuidado con su lengua.
—Esto es un error. Comprendan. Es…
—¡Silencio!
El juez hizo azotar el mallete por última vez y exigió que el detenido fuera expulsado de la sala.


Pasaron más de dos décadas. Durante las cuales en todas y cada una de sus noches Walter escuchaba aquella poderosa voz emergente de la pequeña pantera gris: “Entra. Arriba te esperan”. Una y otra vez. Utilizaba los días para pintar extrañas siluetas de felinos en cada espacio de las cuatro paredes que conformaban su encierro, su hogar.
—Mr. Walter McGregor el director del penal y una audiencia solicitan su presencia.
Extrañado, pero tranquilo, acudió a la cita.
—Mr. McGregor, es un gusto tenerlo con nosotros el día de hoy. Una conducta ejemplar y una actitud cooperativa hablan de su calidad como individuo. Permítanos informarle que las autoridades han dado con “el asesino del mazo”.
— ¿Quién? ¿Qué dice?
— Oh sí, permítame explicarle: Un multihomicida de mujeres mayores. Su arma: un mazo. Ayer por la tarde fue aprehendido por nuestro capacitado personal... Sin inconveniente y en tono burlesco el sujeto se declaró culpable.
 —No comprendo… ¿qué tiene que ver eso conmigo?
—Permítame explicarle, y por favor no interrumpa. El asesino confesó que su primer delito lo había cometido aproximadamente veinte años atrás, con su propia casera. Con engaños la había llevado a un barrio abandonado. La golpeó y la subió a una habitación de una casa que encontró deshabitada. La tiró al piso, le martilló la cara y la dejó “besando el suelo”. Luego dijo de manera muy poco decente que él había dejado el arma homicida de modo intencional para evidenciar la ineptidud de nuestro cuerpo policiaco. ¡Vaya sujeto! También dijo sentirse satisfecho por haberlo logrado. Gracias a los noticieros se enteró que un miserable infortunado había sido inculpado por aquél crimen, lo que le generó aún más confianza para continuar realizando sus fechorías pero esta vez con un mazo.
»—Mr McGregor: la situación es más que clara. Y al no encontrar evidencias alguna para retenerlo. Su estancia, ya no es justificada aquí. El Estado le ofrece sinceras disculpas y le comento que estoy a punto de firmar su sentencia. Sr. Walter McGregor, es usted un hombre libre ¡Felicidades!
Walter no pronunció palabra alguna. En silencio fue desencadenado. En silencio tomó sus pocas cosas. Y en silencio contempló las paredes con las siluetas de los extraños felinos pintados... Giró sobre sus talones y salió de allí.
Una vez afuera, el sol le quemaba las retinas, la brisa le ayudaba a secar las lágrimas que escurrían por su ya apergaminado rostro. No cesaba de llorar. “Esto es lo peor que me pudo haber pasado”, pensó.  Había perdido su pasión por la libertad.
—Hace tiempo te había dicho que los humanos eran muy tontos. Tenía razón ¿cierto?
Esa voz, esa voz era la que lo había perseguido y acompañado cada noche. Era el gato gris. Tal cual lo recordaba. Con su par de iris fluorescentes, con  las pupilas verticales...
—¡Tú! Tú me engañaste, me tendiste una trampa. Hiciste que me encerraran…
—No. Como siempre, estás equivocado, humano. Yo no soy culpable. Todo lo hiciste tú. —Sus pequeñas orejas se pusieron  firmes y apuntaron hacia atrás. Había permanecido echado,  agitando su cola como batuta orquestando al viento.
—¿Qué quieres decir?
—Eso. Sí, arriba, al subir las escaleras te esperaba tu destino. En la segunda puerta había una inscripción “La suerte está echada” era en latín y era para ti. Tu devenir estaba detrás de ahí… Pero la dejaste pasar ¿Comprendes? La decisión fue y siempre será sólo tuya.  
Entonces el gato no me miró más. Giró lentamente y echó a andar… Lo vi perderse entre un banco de niebla que parecía lo estaba esperando... Esa noche fui a la ciudad y renté un pequeño cuarto. Por  primera vez en más de veinte años por fin pude conciliar el sueño y sin sentir la presencia del gato, martillando mí destino.


Por Vanessa Carlos



sábado, 1 de diciembre de 2012

Una vida de silencio



Carlos no quiso llamar a la policía, él era oficial y sabía que si sus compañeros llegaban a la casa, alguno de sus familiares sería procesado por haber matado a papá Alberto. Ya había sido suficiente drama para la familia y además era Nochebuena. Qué iba a ganar con que su hermana o abuela fueran a dar, mínimo, 20 años a la cárcel. Sabía que su papá se lo tenía merecido. Una parte de él se sentía feliz, la otra preocupada.
Reunió a toda la familia en el comedor. Bajó la abuela, que tenía cerca de 90 años, sus dos hermanas gemelas, el tío Juan, que caminaba más lento que la abuela; tenía una sonda que le salía del estómago y a donde se moviera cargaba con su bolsa de fluidos.  También salió Linda del sótano, la criada, que en realidad era su tía, hermana del recién asesinado. Al nacer, le diagnosticaron “Síndrome de Apert”, una enfermedad que le provocó un sinfín de malformaciones, por lo que papá Alberto la llamaba “nuestro pequeño monstruo familiar”.
Todos se reunieron en la mesa. Carlos se levantó y les dijo que acababa de suceder algo trágico, alguien había matado a papá Alberto, cortándole las venas de manos y cuello. El cuerpo estaba abandonado en la tina del baño. Las gemelas se voltearon a ver, después regresaron la mirada hacia Carlos. La abuela bajó el rostro. El tío apretó con fuerza su bolsa de fluidos, luego la soltó. Linda se levantó de la silla, como si fuera a decir algo muy importante, aunque no dijo nada y al minuto se volvió a sentar.
Carlos los observó detenidamente, quería ver cada una de las reacciones al recibir la noticia.
 Esa noche, cenaron veinte minutos de silencio absoluto hasta que se llenaron. Luego las gemelas se retiraron de la mesa y subieron hacia el baño. Carlos esperaba escuchar los gritos cuando vieran el cuerpo, pero el silencio seguía imperando. Después el tío también decidió subir las escaleras. Ante la dificultad de hacerlo solo, Linda lo ayudó. Quedaron en la mesa Carlos y su abuela. Ella soltó una lágrima, Carlos la abrazó, la tomó de la mano y le pidió que subieran. Tenía que ver lo que había pasado.
 Veinte minutos después la familia entera observaba la tina con sangre y con el cuerpo de papá Alberto. Nadie lloró, nadie suspiró, solamente dejaron que el silencio escuchara sus pensamientos. Finalmente salieron del baño.
Carlos les preguntó:
¿Quién fue el responsable de esto?
Todos se quedaron callados. Carlos preguntó de nuevo:
¿Quién carajos lo asesinó?... ¡Contesten maldita sea!
Sólo el silencio y uno de ellos conocían la respuesta, otros la sospechaban, pero nadie dijo nada.
Se llevó los dedos a la barbilla pensando en lo que podría hacer. Levantó la mirada y ordenó a las gemelas que fueran por trapos y cobijas. A Linda la mandó  por cloro y cepillo. Él fue por dos sillas para sentar a su abuela y a Juan. Todos se movieron y coordinaron eficazmente. Carlos hacía analogías con los otros hogares, donde ponen el árbol y preparan la cena en conjunto; en cambio, su familia limpia las evidencias del asesinato de su padre.
Unas horas después la tina regresó a su blancura original y abajo, a un lado de la puerta, había siete bolsas negras y un cadáver envuelto en cobijas y cordones.
Los cinco integrantes de la familia esperaban frente a la puerta. Carlos tomó  pinzas y  martillo; con ellos rompió las cadenas y candados que mantenían la puerta cerrada desde hacía tantos años. Al abrirla, el simple sonido del viento contaminó, como nunca, el silencio que papá Alberto había construido en la casa.
Las primeras en salir fueron las gemelas. Cuando pisaron la calle y vieron las estrellas, recordaron las cicatrices de su cuerpo; papá Alberto se las había hecho con cigarrillos. Sonrieron porque la abuela tenía razón, ella les decía, todas las noches, que algún día podrían salir de la casa y finalmente conocer las estrellas. Siempre les dijo que hay más luces en el cielo que quemaduras en su cuerpo. Sin embargo ellas tampoco sabían quién había asesinado a su papá.
Después salió el tío Juan. Al ver de nuevo el exterior, después de tantos años, sintió que una inyección de aire puro entraba en sus pulmones y le nutría las entrañas cancerosas. Desde hace ya mucho tiempo él mismo quiso haber matado a Alberto, pero su condición se lo impedía; tuvo que convertirse en un muñeco más de la fantasía que enfermaba a su hermano.
Después salió Linda. Alberto le había dicho, toda la vida, que le hacía un favor al mantenerla encerrada, porque el día que la gente normal la viera en la calle, se aventarían sobre ella para matarla como un animal. “No sobreviviría ni un día”. Linda sabía que a partir de ahora nada podría ser peor que todo lo vivido. Inclusive un sentimiento de arrepentimiento la inundó. Era una lástima que ella no hubiera sido la responsable de la muerte de su hermano.
Por último, salieron Carlos y la abuela en silla de ruedas. Ella creía que iba a morir sin volver a ver el cielo, y lo peor, dejaría sola a la familia con su hijo. Sin embargo, todas las noches rezaba porque su nieto regresara a rescatarlos.
Carlos siempre fue el orgullo de su papá: alto, fuerte e inteligente, lo suficiente como para escapar y convertirse en policía, para regresar años después a cobrar venganza y liberar a la familia. Sabía que en las fechas navideñas nadie investigaba desapariciones, además estaba seguro de que nadie lo acusaría. Si algo había aprendido su familia, era la importancia del silencio.

Por: Ohmi Soni




jueves, 29 de noviembre de 2012

Líneas forzadas



Llegué a Buenos Aires, me dije, como quien para ubicarse en la geografía se fía de esos cartelones fofos en los parques de diversiones que con firmeza aseguran: “Usted está aquí”. ¿Que qué hago aquí, Renata? Bueno, eso podría responderlo de muchas maneras. De hecho, en el avión y en el camino previo al vuelo, estuve pensando en varios tipos de respuesta, desde las palabras sosas que he visto en las películas y de las todavía más irreales que he encontrado en los libros.Descarté por completo las respuestas estúpidas que se muestran en las sitcoms y también las respuestas honestas que habitan en mí…
Y al final no tengo qué decirte. Pero tanto da. Renata no quiere respuestas de todos modos. A lo mucho estará buscando que me apene, que me avergüence, que diga que mejor siempre no y que dé la vuelta hacia el taxi que me espera abajo, para que vaya hacia el aeropuerto, hacia la sala de migración, quizás incluso ella me imagina suplicándole a la señorita de algún mostrador que por favor tome mi boleto mutilado y le ponga backward a mi desembarco.
Renata no me perdona.
Y tampoco me perdona que yo esté en el mismo suelo bonaerense que ella, no me lo perdona a pesar de que fue ella la que no dejó de insistirme en que viniera. Pero yo tenía que venir, tenía que venir hoy, ahora mismo, para que ella pudiera hacerme esta escena aquí en su pisito de soltera. Lo deseaba. Y ésta es la verdadera razón por la que estoy aquí, pero habérselo confesado no hubiese sido algo lindo de escuchar. Es probable que Renata haya escogido este escenario a propósito, con premeditación. Yo sé lo que ella espera, lo que ella quiere es escuchar por respuesta algo de eso a lo que ella llama lindo, pero yo no tengo esas palabras. Para mí, lo lindo es que ahora exista este escenario, conmigo en la puerta, con mis maletas en el umbral, y que Renata le haya puesto pausa y mute a nuestro momento. Lástima que esta pausa también se terminará. Antes de abrir la computadora, Renata pudo haber revisado sus opciones, pudo haberme dicho algo más, ¿un saludo, al menos? No lo hizo. Después de la pregunta, y en la ausencia de la respuesta que ensayé en el camino y que ya se me perdió, ella le pone playal computador y entonces yo sé que ahora ella le pertenece por completo a la pantallita digital. Yo quisiera decirle que la amo y que esa es la verdadera razón, pero ella lo hace impensable. Ella lo ignora, pero su play que ha dado al monitor no ha roto la pausa de nuestra escena.
Yo todavía recuerdo aquella otra vieja pregunta suya, «¿Me amas?», me dijo ella misma, hace tiempo en el aeropuerto de Santiago. En ese momento yo sólo pude reparar en lo ridícula que sería aquella escena vista desde cualquier punto; hasta en las cámaras de seguridad -que son sordas- se hubiera visto melodramático. «Sólo respóndeme», insistió en aquella ocasión, pero entonces una familia de estadounidenses obesos pasó a un lado de nosotros y tiró las maletas. Un aviso trilingüe salió de los altavoces y resonó en la sala; ella me dejó allí, en un slow motion interminable mientras mi mente trataba de unificar la imagen madura que tenía de ella y la última escena melodramática y de adolescente embrutecida que acababa de regalarme. Renata tampoco quería la verdad ese día, le bastaba entonces con un «sí», que yo le dijera «te amo» tan sólo por cumplir mi parte del guión y que luego fuera tratando de llenar la sensación a base de representaciones fallidas y frente al público, y sin nunca conseguirlo como le pasa a los malos actores del teatro. Eventualmente sí hubiera llegado a amarla. Lo sé ahora, pero mi cabeza no hubiese estado en calma. Mi cabeza odia las líneas forzadas, ésas que juegan a ser reales; también las falsas, ésas que suplican porque no las notes. Renata no lo sabía en Santiago, pero a veces, hasta cuando de verdad siento algo, no puedo decirlo. Porque si digo algo y se me endurecen las palabras en la garganta, entonces, aunque sea verdad, suena a mentira. Mi confianza en los diálogos es nula, por eso yo hago fotografías y no películas.
Renata no lo sabe ahora, conmigo aquí en la puerta y ella ignorándome frente al computador. Ella no sabe que tan sólo unas contadas veces en la vida tenemos la oportunidad de lo que, yo pienso, es la comunicación franca, una epifanía en forma de estornudo, que al momento se va pero que ha de esclarecerlo todo. Yo he tenido dos o tres veces en la vida esa comunicación franca, y ya es mucho, porque hay gente que llega al final con su marcador en cero. Hace años, por primera vez desde que pise un aula, hoy mi madre me lleva a la escuela. No usamos el coche, tomamos el tranvía y vamos hasta el cine. No me alegró, como siempre, estar con mi madre, ni me alegró faltar a clases, ni tampoco el cine: la película no la recuerdo. En el tranvía pensé, sin saber por qué, que esta avenida arbolada por la que tantas veces había pasado en realidad no existía y que nosotros no estábamos ahí sino en otro lado, lejos. Pensé, quizás por un recuerdo del que no tuve la certeza de que hubiera ocurrido, que así debería lucir Buenos Aires. Desde la estatura de un niño volteé los ojos arriba y vi a mi mamá: lo supe entonces. Supe que tan sólo por ese instante en nuestras vidas habíamos sido madre e hijo, cómplices o amigos. Ysupe también, con toda la claridad de la luz láctea y fría del interior del tranvía, que al terminar nuestra función no volveríamos a vernos.
Ése fue el primer momento.
El segundo momento vino hace poco. Y no del todo sucedió, me lo arrebataron las patas de puerco con las que unos norteamericanos tropezaron y tiraron las maletas de Renata en Santiago.
Se rompe por fin la pausa a nuestra escena, y se rompe el mute y nos inunda el sonido de la calle. Abajo, el taxi todavía espera por su paga. Renata sigue con los ojos iluminados por la pantalla, seguirá así hasta que me vea salir. El taxista es un buen tipo, habla español y no argentino. Las imágenes se agolpan en una pantalla dentro de mi cabeza: San Telmo, El Boca, Recoletos y todo lo demás que no recuerdo. Aquí no hay letreros fofos que me digan donde estoy.  El buen tipo me dice entonces, como viendo la misma pantalla mental que yo contemplo, que lo mejor de Buenos Aires es el río. Y yo me quedo entonces en Puerto Madero.
Ella lo sabe ahora y yo también.
Si ahora mismo me llamara Renata, yo podría decirle que la amo, y mis palabras no estarían endurecidas y mis líneas no serían forzadas, sonarían tan llenas de honestidad como un rioplatense alagando a este río, pero mi celular no sirve aquí y yo no tengo el número de ella. He empezado a pensar que es esta la naturaleza de la comunicación: ser puente roto; la comunicación franca nunca ha sido algo humano, y yo lo sé.
Camino con un travelling de diques y dársenas a la izquierda, voy buscando entre los restaurantes de lujo una mesa vacía, en algún lugar donde se escuchen muchas voces y haya apenas luz. Antes de entrar volteo a ver la avenida, pienso que yo ya estuve aquí, yo ya sabía que así lucía Buenos Aires. Entonces lo supe…


Por: Ulises Xolo

domingo, 25 de noviembre de 2012

Un amor apasionado



Su corazón latía con fuerza, impulsado por la emoción que le provocaba estar con Ana, cuyos ojos,  al igual que dos luceros de luz,  iluminaban el valle de la  soledad de Pedro.
      Antes de verla compró un ramo de rosas rojas, tan rojas como sus labios carnosos. Decoró el automóvil con pétalos de flores bancas, con la intención de lograr un impacto en ella al notar esos detalles creativos. La fue a recoger  saliendo de clases y cuando la tuvo dentro del carro le confesó acerca de las mariposas que volaban dentro de su panza, le pareció un dato coqueto para demostrarle su sinceridad. Tímido, acarició su mano mientras le recitaba algunos poemas que emanaban desde el fondo de su pecho.
      Cuando llegaron a  casa de Pedro, él se bajó del carro para abrirle a su princesa la puerta la puerta y así cargarla hasta llevarla al sillón de su sala. Al recostarla, sacó de su pantalón una hoja donde había escrito su sentir, de cómo estaba profundamente enamorado de ella y lo que sería capaz de hacer por estar juntos. Ella, al escuchar las palabras y ver su mirada, la de un loco enamorado, soltó una lágrima que recorrió su mejilla. A Pedro le habría encantado que ella también le contestará, sin embargo sabía que si le quitaba el trapo de la boca se pondría a gritar, pero para eso tenía guardada una sorpresa. Subió  a su cuarto por una jeringa con sedante y al regresar intentó consolar  a su amante diciéndole que se tranquilizara. Después de esta inyección la iba a desamarrar para que por fin pudieran estar juntos.

Por Ohmi Soni

viernes, 23 de noviembre de 2012

Cuniculus


Lunes 4 de mayo, siete y media de la mañana. El sujeto se encuentra despierto. No mucho tiempo después del sonido de la alarma sale por la puerta del D1360, cruza amodorrado por la estancia central y se dirige hasta la ventanilla pequeña. Da un pequeño salto hasta acomodarse en la posición habitual. Espera paciente y tranquilo.
—¿Otra vez te estuviste arrancando las costras? Pequeñín, tienes que hacer un esfuerzo muy grande. No vamos a avanzar aquí si tú no nos ayudas –dijo la voz detrás de la ventanilla. Era María, que se estaba terminando de ajustar los guantes y comenzaba a revisar las zonas afectadas. El pus rezumaba por los pequeños pero profundos túneles negros en las llagas de la piel de Diego. Al despertar, comenzaba a hincharse el dolor en las heridas húmedas, pero ambos sabían que todo cedía después de la inyección de la primera hora. Eso los tranquilizaba.
 María era la más amable de todo el personal, por mucho.
—¿María? –preguntó Diego, mientras su cuerpo era recorrido con húmedas bolitas de algodón-, si salimos adelante con todo esto, quiero decir, si encuentran la cura o yo me pongo mejor, ¿crees que me dejen salir? Me refiero a…quizás no «salir», lo que se dice salir, pero no sé, unas vacaciones. Yo extraño muchas cosas, mi casa, tú sabes…
Las bolitas de algodón, ahora humedecidas por los fluidos, fueron frotadas contra la gelatina de una caja de Petri y después cayeron directo en el bote rojo. Diego la miró de reojo y notó cómo había aumentado la consternación en ella después de mirar el color de la gelatina. María tomó unas ampolletas y comenzó a agitarlas.
—Bueno, no sería mucho, Mari –le dijo para calmarla-, a lo mejor un mes o dos. Lo mínimo para ver de nuevo mi casa, pasearme un rato, bajar al río. Tú me conoces, yo soy muy formal en esto. Y de todos modos al cabo de un rato tendría que volver, empezar con otro proceso, un nuevo tratamiento.
Los ojos de María se humedecieron del todo, se acercó a la ventanilla y con la mejilla derecha pegada al vidrio intentó abrazar a Diego. Mientras las manos plastificadas de María recorrían el pelo y las orejas, Diego se topó con la solución.
—¡Ya lo tengo, Mari! Podríamos ir juntos, tú pides unas vacaciones aquí y cuando me dejen salir nos vamos juntos. Yo te puedo enseñar el río, y las riberas, y mi casa, y mi familia. Todo el lugar donde crecí, y tú me puedes ayudar si hace falta, si me pongo peor o si necesito ayuda. Tú sabes, eso les va a encantar, que tú vengas conmigo. Y si quieres hasta puedes hacer tus anotaciones, seguir llevando la bitácora. Sabremos mucho más de lo que sabemos ahora. Me ayudaría a curarme, y tú podrías incluso encontrar esa cura. ¡Imagínate lo útil que sería! Y nos la pasaríamos muy bien, te lo prometo. Tienes que confiar en mí, hay que decirles que nos den vacaciones.
María de nuevo no le contestó, sus lágrimas seguían chocando contra el vidrio. Cuando su llanto amainó se separó de Diego. La mujer entonces se quitó los guantes, sacó las manos de la ventanilla y fue retrocediendo sin molestarse siquiera en secarse los ojos o acomodarse el pelo.
—Te voy a extrañar mucho, pequeñín. Hoy te van a soltar. Y nos vas a hacer mucha falta aquí. Estuvimos muy cerca de conseguirlo. No sabes todo lo que nos has ayudado. Yo también hubiera querido que todo saliera mejor, pero hoy ya no hay tiempo –murmuró la mujer mientras seguía retrocediendo sin voltear la mirada, caminando hasta el escritorio en el rincón de la habitación.
Con la frustración engarrotada en las manos, María tomó el bolígrafo y comenzó sus anotaciones en la última hoja de la bitácora: Se descarta continuación del tratamiento beta en sujeto Oryctolagus Cuniculus D1360. Carcinoma basocelúlar nodular extendido a metástasis. Se procede a administrar Embutramida-Mebezonio ioduro. Lunes 4 de mayo.



Por: Ulises Xolo

domingo, 11 de noviembre de 2012

El portero de Marte


1
Pop Jones le estaba diciendo al niño que aquel día no podía ver las noticias.
 —Es una orden especial, Ash. Hay que tener dieciocho años.
—Quiero ver al marciano.
—Bueno, no puedes. Y no es un marciano, propiamente. Piensan que debe ser una especie de robot.
—Es el hombre en Marte.
—Él, o eso, lo que sea, es el portero de Marte.
Y Pop Jones era el portero de la Tierra... más específicamente el portero de Shepherds Lodge, el último orfanato no privatizado de Inglaterra. Remoto, decrépito, superpoblado, exclusivamente masculino, el lugar, como era de esperar, se había convertido en un Shangri La de la pedofilia. Y, claro está, Pop Jones era pedófilo, como todo el resto del personal. Para usar la jerga (algo confusa) era un pedófilo “funcional”, es decir que su pedofilia no funcionaba. Pop Jones era un pedófilo inactivo, a diferencia de sus colegas que eran hiperactivos. Jamás había molestado a ninguno de los chicos a su cargo, ni una sola vez: nunca.
Este niño, Ashley, que a sus nueve años de edad ya había sufrido mucho, dijo:
—Nos llevan a la playa. Yo quiero quedarme y ver al robot.
—¡A la playa! Recuerda de llevar tu bloqueador de estrellas.
—Pero yo quiero tomar un baño de estrella.
—Vas a coger una inestrellación.
—Quiero un bronceado de estrella.
—¿Bronceado de estrella? ¡Vas a volver todo quemado de estrella!
Ya nadie lo llamaba Sol: la naturaleza de la relación había cambiado. Era el 25 de junio de 2049, y en todos los televisores de la Tierra se vería la entrevista en vivo con el portero de Marte. Afuera los chicos estaban formados en fila bajo el toldo  cuando llegó el primer autobús eléctrico. Cada uno de ellos llevaba su paraguas blanco. Pop Jones se quedó tranquilo cuando vio que Ashley llevaba los anteojos para estrella y el sombrero para estrella. Todos los chicos miraban al cielo con los ojos entrecerrados. En cada boca había una cauteloso desdén.
Hacía nueve meses que había empezado la cosa.
El 30 de septiembre de 2048, a las 12:45 del mediodía, hora de la Costa Oeste, Incarnacion Buttruguena-Hume, la más abiertamente seductora de todas las periodistas de los noticiarios de la CNN, recibió un mensaje encriptado en su PDA. La computadora de Incarnacion no reconocía la cifra, pero luego la captó rápidamente. El mensaje estaba escrito en código Blacksmith, que hacía un siglo que no se usaba y ya se consideraba obsoleto en la Segunda Guerra Mundial. Empezaba así: tCKBIaTCaAIaCaBTKaCa: Estimada Incarnacion. Una vez decodificado, el mensaje decía:

PERDÓN POR LA INTRUSIÓN, PERO ESTA NOCHE VOY A SALIR AL AIRE EN SU ESPACIO. TENGO NOTICIAS PARA USTED. SOY EL PORTERO DE MARTE. HÁBLELE A PICK ALREDEDOR DE LAS CINCO Y TREINTA.

Pick era Pickering Hume, el marido de Incarnacion que, no por casualidad (como se supuso de inmediato) trabajaba en los Departamentos de Relaciones Públicas y Recolección de Fondos del IIE (Investigación de Inteligencia Extraterrestre). Incarnacion llamó a Pick de inmediato a su oficina de Mountain View. Hablaron de la trasmisión: ¿cuál de sus amigos –se preguntaban- sería el responsable? Pero a las 17:31 Pick volvió a llamar. En un susurro le dijo que estaban recibiendo una señal radial repetida,  regularmente, en la línea de hidrógeno de la Protuberancia Tharsis de Marte, en alfabeto Morse. El mensaje en morse que llegaba desde Marte decía: PICK, LLAMAR A INCARNACION.
Eran las cinco y cuarenta y cinco en Los Angeles. En quince minutos los satélites estarían ocupados y todo el piso donde se encontraba el estudio de Incarnacion estaba llenándose de astrónomos, cosmólogos, filósofos, historiadores, autores de ciencia ficción, milenaristas, secuestrados por OVNIS, sacerdotes, políticos y generales de cinco estrellas, reunidos para una historia que acababa de empezar... que seguiría veinticuatro horas y así quedaría. Al dar las seis, la pantalla se puso de color rojo herrumbre. 
También Pop Jones miraba, ese día,  junto con todos los demás adultos de la casa, convocados en el Salón de Actos por el director, señor Davidge. Después de ponerse roja, la pantalla se puso blanca. Y apareció el mensaje, de abajo hacia arriba como en una película serie B, con tipografía catástrofe e inclinada hacia atrás. Decía:

“SALUDOS DNA, DE HAR DECHER, EL ROJO, COMO LOS EGIPCIOS DE VUESTRO MUNDO LLAMARON AL NUESTRO, O NERGAL, COMO LO LLAMABAN LOS BABILONIOS: LA ESTRELLA DE LA MUERTE. SALUDOS DE MARTE. NUESTROS DOS PLANETAS TIENEN MUCHO EN COMÚN. NUESTRO CIRCUITO DIURNO ES SIMILAR. LA OBLICUIDAD DE NUESTROS RESPECTIVOS NO ES MUY DIFERENTE. USTEDES TIENEN OCÉANOS, UNA ATMÓSFERA, UNA MAGNETÓSFERA. NOSOTROS TAMBIÉN LOS TUVIMOS. USTEDES SON MÁS GRANDES. ESTÁN MÁS CERCA, NOSOTROS NOS  ENFRIAMOS MÁS RÁPIDO. PERO LA VIDA EN NUESTROS PLANETAS FUE SEMBRADA MÁS O MENOS CON UNA DIFERENCIA DE POCOS MESES. LA TIERRA TOMÓ LA DELANTERA TÉCNICA. NUESTROS MUNDOS, COMO DIGO, SON SIMILARES, Y ALGUNA VEZ FUERON AÚN MÁS SIMILARES. PERO NUESTRAS HISTORIAS DIFIEREN EN FORMA RADICAL Y ESPECTACULAR. AHORA TODA VIDA SE HA IDO, HA DESAPARECIDO EN MARTE, Y YO SOY LO QUE QUEDA. YO SOY EL PORTERO DE MARTE Y HE ESTADO OBSERVÁNDOLOS, VIAJANDO POR LOS CABLES PARA HACER CONTACTO CON USTEDES EN EL MOMENTO APROPIADO. ESE MOMENTO HA LLEGADO. HABLEMOS. ESTARÉ EN CONTACTO CON LA NASA SOBRE LAS VENTANAS DE LANZAMIENTO. TAMBIÉN ENVÍO ALGUNAS INDICACIONES SOBRE LA FORMA DE SALIR DE VUESTRO POZO DE GRAVEDAD: ES UN PROBLEMA DE COMBUSTIBLES. Y UNA SUGERENCIA SOBRE EL PROBLEMA DE LOS RAYOS CÓSMICOS Y FORMAS DE REDUCIR LA TRIPULACIÓN. LLEGARÁN DUPLICADOS DE TODAS MIS COMUNICACIONES A CNN Y AL NEW YORK TIMES. JUGUEMOS LIMPIO, POR FAVOR. NUNCA ESTUVIERON SOLOS, AUNQUE CREÍAN QUE LO ESTABAN. ¿Y POR QUÉ IBAN A CREER OTRA COSA? DNA, APRESÚRENSE. ESTOY IMPACIENTE POR VERLOS CON MIS PROPIOS OJOS. VENGAN.

Bajo el sucio paraguas blanco Pop Jones rengueó rápidamente por el patio. Miró hacia arriba. Aunque su piel mostraba la palidez del viejo solterón, el rostro de Pop Jones a menudo tenía un aspecto infantil, indeciso; esto, junto con su espalda ligeramente encorvada, su voz aguda aunque no afeminada y su castidad, se habían combinado para provocar su sobrenombre: Eunuco. Además, se llamaba Enoch. A los chicos los trataba con tono bromista. Pero con sus compañeros adultos Pop Jones era un portero de cabo a rabo; portero por donde lo buscaran, siempre ocioso, severo, truculento, sumido en sí mismo. Y, en su persona, ostentaba un descuido desafiante.
En lo alto, la estrella titilaba en medio de una penumbra, como una de las cataratas que tan prolíficamente dispensaba. El Sol no había cambiado. Lo que había cambiado era el cielo. El Sol se había enfermado, pero todos decían que mejoraría. Pop Jones subió rengueando la escalinata de la enfermería. Miró hacia atrás: un cuadrado de césped con dos árboles antiguos, torcidos y aplastados por el tiempo hasta adoptar la postura escatológica de una persona torturada por el vómito. Shepherd Lodge parecía un campus más de la Universidad de Oxford visto en una pesadilla.
Pop Jones, orgulloso de su profesión, mantenía la casa como un sofisticado laberinto de sudor y temblores, con los radiadores a veces helados, a veces al rojo, las aulas como freezers o como crisoles. Una vez que se abría un grifo, pasaba un rato hasta que empezaba a salir vapor o escarcha. Las cañerías se tapaban. Las cerraduras se atrancaban. Todas las luces parpadeaban o chisporroteaban.
Pop Jones pasó por la sala del oficial médico y echó una mirada de costado al viejo depósito quirúrgico. También había un mini gimnasio, donde dos enfermeros estaban frotándose talco en las manos para usar uno de los aparatos. Ellos también se interrumpieron y lo miraron. Pop Jones percibía el zumbido del aislamiento en sus oídos. Sí, pensó, una situación temible. Más que temible. Todo el orden moral. Pero alguien tiene que... El paciente que había ido a ver era un chico de once años llamado Timmy. Timmy sufría de varios problemas de aprendizaje (siempre se lastimaba por sus caídas o por golpes contra las paredes), y Pop Jones sentía cierta ternura por él.
Muchos de los chicos de Shepherds Lodge eran algo pervertidos, si no abiertamente corrompidos. La verdad era que en noches cálidas el lugar daba la sensación de un burdel de la posguerra, con los chicos en pijama sentados unos sobre otros con las piernas abiertas en el alféizar de las ventanas, acicalándose el pelo, leyendo catálogos de venta por correo mientras escuchaban el rasgueo de una guitarra... Timmy no era así. Encerrado en su propia mente, poseía una inviolabilidad que todos habían respetado. Hasta ahora. Pop Jones y Timmy eran puros: eran los inocentes. Ése era su vínculo. Seamos claros: no es sólo la niñez lo que atrae al pedófilo. El pedófilo, por alguna razón, desea el conocimiento carnal de los ignorantes de la carne; un encuentro especialísimo, que involucra una pérdida de significado. En el caso del niño, por supuesto, ese significado perdido no permanece perdido, sino que se queda para siempre.
En cierto nivel Pop Jones percibía la naturaleza de esta disparidad, esta prioridad, que lo mantenía en una rectitud a medias. Apenas un pequeño contacto, de vez en cuando. Su uso de los agujeros para mirar duchas y vestuarios estaba ahora estrictamente racionado. El número de veces por mes que revolvía en los canastos de ropa sucia podían contarse con los dedos de una mano.
—¿Cómo te sientes hoy, mi niño?
—Coche —respondió Timmy.
Timmy estaba solo en la sala de seis camas. Había un televisor en un soporte alto en la pared de enfrente: mostraba el planeta Marte, que ahora llenaba la mitad de la pantalla, y seguía acercándose.
—Timmy, trata de recordar. ¿Quién te ha hecho esto?
—Casa —respondió Timmy.
El chico no estaba en la enfermería por una de sus lastimaduras diarias, normalmente una quemadura o una torcedura de tobillo. Timmy estaba allí porque había sido violado.  Tres días antes. El señor Caroline lo había encontrado en el pasillo de las herramientas del jardín, tirado entre dos tarimas, sollozando. Y desde entonces Timmy había caído en el mutismo semiautista de sus dos primeros años en ShepherdsLodge: el estado del que Pop Jones y otros creían haberlo sacado. La flor se había abierto parcialmente, y ahora se había cerrado otra vez.
—Timmy, trata de recordar.
—Suelo —dijo Timmy.
La violación –las relaciones sexuales placenteras no consentidas con un menor- era un caso extremadamente raro en ShepherdsLodge: la violación no existía si se consideraba todo lo que el personal respetaba y honraba. El sexo entre personas de distintas generaciones y mismo sexo, en esa masa gótica en la ladera verde de la frontera galesa, era naturalmente el pan de cada día, pero tenían un sistema de creencias que la explicaba. El precepto inicial era que a los niños les gustaba.
—¿Quién te lo hizo, Timmy? —insistió Pop, porque Timmy era perfectamente capaz de identificar y de alguna manera nombrar a cada uno de los miembros del personal. Al director, señor Davidge, lo llamaba “Day”. Al señor Caroline, “Ro”. A Pop Jones, “Jo”. ¿Quién lo había hecho? Todos, incluido Pop, se inclinaban hacia una sospecha inmanejable: lo había hecho Davidge. No había duda. La última vez que había sucedido algo así (en realidad un caso un mucho menos grave, un “manoseo inapropiado” a un chico temporariamente enviado desde Birmingham), Davidge había insistido en la investigación con el rigor de un corso. Pero la investigación del ataque a Timmy se postergaba extrañamente: habían pasado tres y no se había practicado más que un análisis de dilatación anal en Timmy. Davidge se encogía de hombros y respondía con evasivas, de manera que el tema se iba diluyendo, pensaba Pop Jones. En esto el portero estaba solo. Y sentía que su fuerza moral estaba al borde del colapso. Los únicos murmullos de apoyo le llegaban de un chico de once años llamado Ryan, que estaba confundido e indignado y que era actualmente el preferido de Davidge (y por lo tanto el blanco de todas las miradas en el Pabellón B).
—¿Fue... “Day”? —preguntó Pop, inclinándose sobre el chico.
—Perro —dijo Timmy.
Los dos enfermeros, esos dos repugnantes sádicos en camisetas sin mangas, resoplaban y jadeaban rítmicamente.
—Perdón. Perdón, señor Fitzmaurice, por favor. Debe apagar el televisor. Hoy los chicos tienen prohibido mirar el noticiario. Es una OO: Orden Oficial. Del Jefe de Departamento.
Los dos enfermeros se miraron con una sonrisa procaz y no respondieron.
—Hay que desconectar el televisor.
Fitzmaurice se sentó en su banco y gritó:
—Si hago eso se cae todo el sistema. Todos los televisores de este edificio de mierda.
Pop Jones, como portero, debía aceptar la lógica de esa respuesta.
—Entonces habrá que retirar al chico —dijo—. La trasmisión puede ser muy inapropiada para los niños. Puede haber malas palabras.
Con un guiño divertido pervertido Fitzmaurice dijo:
—¿Malas palabras?
—Al menos pueden anular el sonido. Nadie sabe lo que sucederá allá arriba.
Fitzmaurice se encogió de hombros.
—Coche —dijo Jimmy.
Pop Jones miró el televisor. Ahora Marte ocupaba toda la pantalla.
Ese día muchas preguntas tendrían respuesta. Entre las más urgentes (en la opinión de muchos) estaba: ¿Por qué ahora? ¿Qué era el “cable trampa”? ¿Cómo se explicaba el “timing” del contacto del portero de Marte?
Parecía significativo, o perverso, por dos razones. Ya en 2047, después de muchas investigaciones y vuelos espaciales de prueba, la NASA había completado la primera misión tripulada al Planeta Rojo. Los cosmonautas terráqueos pasaron tres meses en el Planeta Rojo y volvieron con casi media tonelada de muestras. Se realizó un análisis preliminar de este material y se completó e hizo público en el otoño del 2048, que no dejó lugar a dudas. Era cierto: la capa de permafrost probaba que el agua alguna vez había fluido en la superficie de Marte, y en estupendas cantidades, como lo probaban las huellas de inundación en los desfiladeros y valles. Pero por otro lado la misión Sojourney 3 no encontró nada que desdijera el veredicto de esterilidad eterna. De manera que quedaba la pregunta: ¿por qué no se había hecho contacto entonces? En el ínterin habían entrado en órbita 1.500 nuevos satélites de telecomunicaciones; como lo señaló el portero de Marte en una de sus primeras comunicaciones: la Tierra se había tapiado a sí misma. Hubo que hacer estallar quinientos satélies en el cielo para abrir camino al Sojourney 4.
La segunda coincidencia tuvo que ver con ALH84001. ALH84001fue la primera piedra grande, de color verdoso, encontrada en la Antártida en 1984, analizada en 1986, y discutida durante más de medio siglo. Pero su historia era más grande, más extraña, y sobretodo más larga. Alrededor de 4.500 millones de años antes ALH84001 era un residente subterráneo anónimo del Marte primordial; 4.485millones de años más tarde algo de gran tamaño chocó con Marte sin hundirse a mucha profundidad y ALH840001 fue parte del material que saltó; durante los 14.987.000 años siguientes siguió una órbita solar antes de caer en un aterrizaje forzoso. 13.000 años más tarde,un cazador de meteoritos llamada Roberta Star chocó con ella y comenzó la controversia. ¿ALH84001 llevaba huellas de vida
microscópica? La respuesta llegó, finalmente, en abril de 2049... dos meses antes que el portero de Marte hiciera su entrada. Y la respuesta fue NO. Los componentes orgánicos de ALH84001(magnetita, greguita y pirrotita) resultaron ser meros hidrocarburos aromáticos policíclicos, es decir no biológicos. Aparentemente Marte no podía sostener la vida de la mitad de un gusano ni cien veces más delgado que un pelo humano. Así de muerto parecía estar Marte.

Permítanme que les recuerde que estas imágenes... desde la cámara en la parte delantera del cohete. Falta una capa de ozono... efectivamente esterilizada por la radiación solar ultravioleta. La atmósfera.... más tenue que nuestros mejores vacíos de laboratorio. Se puede ver a Fobos, la más grande... a sólo unos 4.500 kilómetros de distancia comparada con nuestra Luna... Deimos, el segundo satélite, está más arriba... tan brillante a la vista como Venus...
A través de los años, el sillón que había en la habitación terriblemente antigua de Pop (con sus latas de conserva y sus vasos empañados), delante del televisor, se había impregnado de sus efluvios . Cualquier otra persona que se hubiese sentado en ese sillón hubiera sucumbido de inmediato a las náuseas y hubiera saltado de allí como de un asiento eyector. Pero Pop no: en su sillón se sentía completamente vivo. Véanlo ahora, recorriéndose los dientes inferiores con la lengua, mientras miraba la pantalla con esa mezcla de miedo y admiración que sólo reservaba para la más sincera y exacta pedografía, muy fácil de encontrar en cualquier quiosco de Shepherds Lodge (y que habitualmente marcaba a sus habitantes).
Ya había visto antes esta imagen... todos la habían visto: el color rojizo oxidado ante un horizonte extrañamente cercano. Pero ahora, en cierto sentido, el planeta era un Marte vivo, y la vida lo llenaba de amenazas por todas partes. La ligera niebla parecía grasa en el carmesí color carne del regolito, y las formas parecían moverse y cambiar en las penumbras de los precipicios...
Por un segundo desapareció la imagen. Luego volvió a oírse la voz de Incarnacion Buttruguena-Hume, cálida, con esa extravagante calidad humana: En varios sentidos Marte es un mundo pequeño. Su superficie es un tercio de la nuestra, su masa sólo una milésima parte. Pero en otro sentido Marte es un mundo grande. Sus precipicios... que los nuestros, sus picos son más altos.  Ahora vemos el Monte Olimpo, tres veces más alto que el Everest, pero con una ladera de declive tan suave que no proyecta sombra. Se parece a los volcanes de... me acaban de informar que esta nave ya no está bajo nuestro control. Nos están llevando. Ahora... ahora...
Y era visible: en absoluto silencio pero con un esfuerzo que estremecía al firmamento, la montaña se abría... ahora sus flancos superiores se inclinaban hacia atrás como un nido lleno de polluelos titánicos esperando comida con los picos abiertos. La nave delantera, Nobel 1, evolucionaba con esfuerzo sobre estos bastiones, y luego cayó a plomo. La siguió Nobel 2. Durante el descenso, Pop Jones sintió que estaba en un ascensor que bajaba hasta las entrañas del edificio, que vibraban intensamente a su paso, y demasiado rápido: con toda la ávida aceleración de la caída libre.
Todas las pantallas de televisión de la Tierra estaban negras. Y luego aparecieron estos numerales de color verde pálido: 45:00. Y continuaron con: 44.59, 44.58, 44.57...
En realidad pasó dos veces ese tiempo antes de que sucediera nada. Apareció una luz débil y la cámara se sacudió, consternada, como si la hubieran arrancado de un largo sueño. Había sombras, figuras. Se oían murmullos y toses. Y uno de los números dejaba oír en voz muy alta: ¡Hola!... ¡Hola!... Hola...
Aquí todo bien. Hemos estado esperando en este... recinto. Las naves se han acoplado sin problemas y simplemente hemos seguido las flechas. Uno de los científicos laureados se cayó hace un momento, pero no se lastimó. Y por un momento Miss Mundo tuvo un problema menor con su provisión de aire. Llevamos trajes tramados calentados con filamentos y...
Por supuesto se había suscitado una enorme controversia sobre quiénes irían y quiénes no a conocer al portero de Marte. Cualquier terráqueo podía ir. Al fin y al cabo ya no había nada atemorizante, ni siquiera exótico en los viajes espaciales. En las décadas del 30 y el 40, antes de que los satélites realmente se multiplicaran, el turismo lunar se expandió hasta tal punto que partes de la superficie de la Luna se parecían ahora a un ventoso Torremolinos. Es verdad que la Luna estaba a menos de 400.000 kilómetros, y Marte, en la oposición del momento, a casi dos millones. Pero cualquiera podía ir. Nunca había sido tan difícil conseguir pasaje. Había sesenta y cinco asientos. Y siete mil millones de personas en la fila.
Tuvieron que enfrentarse no sólo entre ellos sino también con el portero de Marte, quien, en una serie de comunicaciones, se había revelado como un estipulador rápido y abrasivo. Al principio, por ejemplo, se había negado a dar su aprobación a clérigos o políticos. Más tarde, presionado por un masivo referéndum a encontrar un par de asientos para el Papa y el presidente de los Estados Unidos, el portero de Marte no hizo reír a nadie cuando mandó el siguiente correo electrónico al New York Times, obligando a ese periódico a romper un tabú muy antiguo: “publicar la obscenidad completa”, y advirtió, “o me cambio al Post:  “No me manden boludos, ¿eh? Nada de boludos. Únicamente talento”. Quería científicos, poetas, pintores, músicos, matemáticos, filósofos, y “algunos ejemplos de belleza masculina y femenina”. No quería otros media que Incarnacion Buttruguena-Hume (y su camarógrafa, y también podía traer a Pick). El forcejeo siguió hasta la cuenta regresiva en Cabo Cañaveral. Finalmente había veintiocho laureados en ciencias exactas a bordo delos Nobel 1 y 2, varios súper modelos, Miss Mundo, miembros del personal de la NASA, y varios investigadores y comunicadores de diversas ramas de las Humanidades.
El portero de Marte se había obstinado mucho con Miss Mundo, aunque el concurso que ella había ganado ahora era un asunto oscuro, discutido entre unos doscientos espectadores en el Marriott del aeropuerto de Buffalo. Esta debilidad del portero —por las malas palabras y el sarcasmo duro— fue tema de mucha discusión entre los terráqueos y causa de mucha inquietud. Aun aquellos que compartían la debilidad del portero parecían sentir una brecha en el decoro cósmico básico. El psicólogo pop, Udi Ertigan, tranquilizó muchas conciencias con la siguiente sugerencia (pronto adoptada como actitud general): “Veo aquí una mezcla de estilo alto y estilo bajo. El estilo alto se siente programado, el bajo adquirido. ¿Adquirido por quién? ¡Por nosotros! Nuestras transmisiones de TV salen al espacio con la velocidad de la luz. ¡Estamos frente a un robot que ha visto muchas películas! Pero no había que engañarse: el portero de Marte era real. Al principio los desconfiados dudaron y los oportunistas aprovecharon. Pero el portero de Marte definitivamente era real. Sus breves informaciones introductorias sobre el congelamiento del combustible habían revolucionado la aeronáutica. Y cada dos semanas incursionaba en una disciplina tras otra con los mordaces memos sobre temas tales como la síntesis de las proteínas, la fuerza de Coriolis, la teoría del congelamiento lento, el cálculo del tensor, el caos y la entropía K, la gastrulación en biología evolutiva, las variables sentenciales, la catátrofe de las mariposas, el número Champernowne y el Entscheidungsproblem. El portero de Marte había prometido revelar una fórmula para la fusión en frío (“No soy un experto”, escribió, “y tengo algunos problemas para simplificar la matemática a vuestro nivel”), y una cura para el cáncer. (“¿O algo sobre la prevención? ¿O sobre la remisión?”) 
“La gerontología de ustedes”, observó, “está en la infancia. Trabajando juntos podemos duplicar la esperanza de vida en el curso de una década”. Nadie podía hacerlo hablar sobre temas cosmológicos ni sobre la historia de Marte. Decía que de esas cosas “no se podía hablar por teléfono”, y, además, no quería “desmerecer el viaje”. “Pero puedo decir lo siguiente: Las teorías del Big Bang y de La Creación Continua son erróneas. O, para decirlo de otra manera, son correctas pero incompletas. Me da dolor verlos caer nuevamente en la aparente paradoja de que el Universo es más joven que algunas de las estrellas que contiene. Ésa es la pista Uno.
Iain Henryson, profesor lucasiano en la Universidad de Cambridge, describió la matemática que acompañaba este memo como “inefable. En todo sentido”. El portero de Marte era a menudo petulante, insensible, humorístico y agrio, y con frecuencia profano. Pero la Tierra confiaba en su inteligencia, creyendo, como había creído siempre, en la indivisibilidad última de lo inteligente y de lo bueno. De cualquier manera era un momento de esperanza para el planeta azul. La revolución de conciencia durante las primeras décadas del siglo, una segunda Ilustración que estaba relacionada con la autopercepción como especie, por fin ganaba terreno político. Ninguno de los desastres bioesféricos había seguido adelante ni había sucedido. La humanidad todavía hacía agua, pero todos los niveles habían dejado de subir y algunos habían comenzado a descender. Y por primera vez en la historia registrada de la Tierra no se libraban guerras en su superficie. Por lo tanto Pop Jones se acomodó en su sillón con el mejor estado de ánimo. Si las cosas se ponían difíciles iría a ver a Davidge para que hiciera trasladar a Timmy a medio tiempo, es decir durante el intervalo exigido por el portero de Marte.
Llevamos trajes tramados y calentados con filamentos, con carga de aire autónoma, pero según los instrumentos del Coronel Hicks el aire es respirable y la temperatura está ascendiendo. Estuvo cerca de 0 grados centígrados pero ahora evidentemente sólo se puede decir que está fresco. Y húmedo. Estoy quitándome el casco... Sí. Parece que está todo bien. La gravedad está a un gramo. No tengo sensación de liviandad ni de vacío. Por lo que parece estamos en un área de recepción, pero nuestras luces no funcionan y hasta hace un minuto teníamos muy escasa iluminación. Oigo...
Lo que se oía era el chillido de remaches y goznes torturados y de pronto apareció en lo alto de la pared un rayo de luz oblongo, que se ensanchó por un momento cuando pasó una sombra frente a él. Luego se cerró la puerta y se restableció la oscuridad. Pop Jones hizo un gesto afirmativo, como aceptando algo. Ya fuese el portero de Marte un auténtico marciano o no (después de tantas especulaciones: no un engaño, ¿pero tal vez un cebo?), Pop pensaba que era un auténtico portero. Ahora, apagar nuevamente la luz, pensó Pop, y la calefacción. Escuchó atentamente, esperando oír el tintineo de los baldes, el ruido de las grandes llaves en las cerraduras húmedas. Pero sólo oyó ruido de pasos. Luego se encendieron todas las luces de una manera brutalmente repentina, que hería los ojos.
—Bienvenidos, DNA. De manera que ésta es la doble hélice en la turbina de la izquierda. DNA, les presento mis saludos.
Al enfocar se veía al portero de Marte sentado ante una mesa sobre una tarima: un inconfundible robot con mameluco azul marino, camisa y corbata. Su rostro era un pico de metal bruñido dramáticamente, desprovisto de otros rasgos, las manos como garras, intrincadas, nerviosas. El acento no era extraño: norteamericano y de educación mediana. Hablaba como un entrenador deportivo... un entrenador deportivo que les hablaba a otros entrenadores de menor categoría. Pero no tenía boca por donde hacer salir las palabras, el sonido era zumbante, metálico: un chirrido interior. El portero de Marte arrojó una carpeta vacía sobre la mesa y dijo:
—Señoras y señores, pido disculpas por el estado de estos modestos muebles. Este recinto lo construí yo hace casi exactamente un siglo, el 29 de agosto de 1949: el día en que se hizo evidente que en la Tierra había dos combatientes con armas nucleares. Siempre pensé en reciclarlo. Pero, carajo, nunca... Seres humanos, por favor no pongan esa cara. Miss Mundo, no arrugue la nariz. Y perdonen, en general que no se cumplan sus expectativas de grandeza. Existe una censura cósmica. Pero el universo es profunda y esencialmente profano. Creo que se admirarán de algunas de las cosas que voy a decirles. Sin embargo, otras serán las emociones predominantes. Emociones como miedo y desprecio. O, digamos mejor, terror y asco. Bien, primero... el pasado.
En ese momento ya se habían ubicado dos cámaras orientadas en direcciones opuestas en la base del podio. Se veía al portero de Marte, y además se veía al público (la gente estaba sentada en sillas de lata en un salón ceniciento, con revestimiento de madera, cortinas grisáceas en las falsas ventanas, las banderas norteamericana y soviética). Sentados en primera fila estaban Incarnacion Buttruguena-Hume y su esposo, Pickering.  Incarnacion levantó tímidamente la mano.
—Sí, Incarnacion.
Ella se ruborizó, esbozó una sonrisa y dijo:
—¿Puedo hacer una pregunta preliminar, señor?
El portero de Marte hizo un mínimo gesto de asentimiento.
—Señor, hace sólo dos años hubo seres humanos en el umbral de este planeta. ¿Por qué...?
—¿Por qué no me di a conocer entonces? Hay una buena razón: el cable trampa. Tengan paciencia, por favor. Todo se aclarará. Volviendo al programa: el pasado...
Para recapitular: la Tierra y Marte son satélites del enano amarillo de segunda generación, rico en metales, de la secuencia principal en el disco medio de la Vía Láctea.
Nuestros planetas se formaron hace unos cuatro mil millones y medio de años. Nosotros, más pequeños y más expuestos, nos enfriamos más rápido. Con lo que podría decirse que empezamos antes. Con algo que sonó como una risita divertida o tal vez burlona, el portero de Marte se recostó en el respaldo de su asiento y juntó sus delgadas garras.
—Bien. Los dos teníamos la misma química prebiótica y fuimos polinizados por el mismo cometa de período largo: el Cometa Alfa, así lo llamamos en Marte, que visita el sistema solar cada 113 millones de años. Una vez establecida la vida en la Tierra, ustedes pasaron por el proceso que con mucha indulgencia llaman “evolución”. Mientras que nosotros nos pusimos en actividad mucho antes. En apenas 300 millones de años. Mientras ustedes no eran más que una pútrida y purulenta enfermedad. Un asqueroso germen maloliente en la costa. Y les aseguro que nuestra experiencia era más típicamente planetaria: la complejidad autoorganizada, con un impulso teleológico sin remordimientos. La civilización marciana floreció, con algunos altibajos, durante tres mil millones de años, y llegó a su... ¿digamos a su apoteosis?, a su clímax hace 500 millones de años, cuando, según decían, los dinosaurios regían en la Tierra. Cuarenta y tres millones de años más tarde se extinguió la vida en Marte, y yo, ya emplazado, fui activado.
Miss Mundo dijo:
—Señor, ¿podría decirnos qué aspecto tenía la gente de Marte?
Aunque la pregunta era clara, el portero de Marte se estremeció por un segundo.
—No éramos distintos de como son ustedes ahora, al principio.
Un poco más altos y flacos, y con más pelo. No excretábamos. No dormíamos. Y por supuesto vivíamos mucho más que ustedes... incluso al comienzo. Esto explica muchas cosas. Es que el DNA sólo sirve de algo a partir de los veinte años, y a partir de los cuarenta el cerebro de ustedes comienza a pudrirse. La esperanza de vida promedio en Marte era por lo menos de doscientos años, aun antes de que comenzaran a prolongarla. Y por supuesto practicamos una bioingeniería agresiva desde una etapa muy temprana. Por ejemplo, pronto desarrollamos una tecnología neurológica de circuito integrado. Lo que ustedes llaman telepatía. La estoy usando ahora, aunque he agregado una voz para los teleespectadores. ¿Perciben una leve resonancia metálica dentro de la cabeza? Tal vez les interese enterarse de que los pensamientos tienden al infinito y que viajan a la velocidad de la luz.
El portero de Marte se puso de pie, con un ruido terrible de su silla de metal que provocó un gesto de aprobación de Pop Jones mientras extendía la mano para tomar la lata de Bovril y una cuchara. En esta etapa los sentimientos de Pop por su colega marciano tenían muchos puntos de apoyo: desde la solidaridad hasta la admiración por alguien a quien consideraba un héroe. La actitud brusca de no permitir pasar, la expresión poco hospitalaria de sus ojos; y había algo más, algo más sutil, que a Pop le parecía la quintaesencia del arte de la portería: el estado de alerta ante la amenaza del esfuerzo. Eso era. Ha llegado el día, pensó. El día en que por fin los porteros...
—Bien, el tiempo apremia —dijo el robot con cierta dureza (quizá considerando que su público había hecho un viaje de cuatro meses y medio para verlo). Incluidas las suelas de crepé de sus zapatos, el portero de Marte no medía más de un metro con cincuenta. Pero transmitía una formidable convicción, una autosuficiencia metálica.
Se movía como un ser vivo, pero de ninguna manera sería posible confundirlo con un ser vivo. Es verdad que el rostro tenía una expresiva gama de actitudes y grados de exaltación, pero no había nada propio de un ser humano, ni siquiera de un ave, nada que fuera ni remotamente orgánico en su severidad. Se acercó al borde del escenario y dijo:
—No transformemos esto en una sesión de preguntas y respuestas. Yo tengo un programa que cumplir aquí. Iremos por partes y examinaremos nuestros respectivos viajes paralelamente.
Entonces: hace tres mil setecientos millones de años aparece la semilla de la vida. Hace tres mil cuatrocientos millones de años, como he dicho, los marcianos están en actividad. “Cazadores y recolectores” es el eufemismo que ustedes usan por “carroñeros”, que se acerca más a la verdad. En esta etapa, por supuesto, ustedes todavía son una burbuja de pedos. Materia pegajosa. Yogur macrobiótico dejado al Sol. Pasan cinco siglos: Marte ya está íntegramente industrializado. Otros cinco, y entramos en lo que ustedes llamarían nuestra fase pos-histórica.  Nosotros la llamábamos Riqueza Total. En esta etapa lo único que ustedes logran hacer es ensuciar los estuarios y los lechos de los ríos, pero entre tanto en Marte estamos en la gravedad cuántica, la luz fatigada, el poder del cromo, la superposición de las ondas y la ortogonia. Éramos dueños de nuestro hábitat, ya que nos habíamos liberado de todos los animales, de los océanos y así sucesivamente, y las fluctuaciones troposféricas que ustedes llaman clima. En otras palabras: estábamos listos.
—¿Listos para qué? —preguntó alguien.
—No soy más que un portero, ¿verdad? no soy que más que un... robot. Cuando me fabricaron, en Marte no se distinguía entre lo sintético y lo orgánico. Cada uno de nosotros era una mezcla, semieterealizada, autoduplicante. La división natural/mecánica pertenecía a los antiguos recuerdos. Pero esto que ustedes ven es un robot. Un robot... vulgar y silvestre. Es como si, en la Tierra, en el año 2050, una empresa como Sony produjera un gramófono con una caja de púas de repuesto y una trompetilla de estaño.
—El portero de Marte se interrumpió, moviendo la cabeza inclinada. Luego levantó la mirada.
—Y sin embargo los que me fabricaron, con inteligencia hiper... En fin. En los últimos millones de años he tenido acceso a una fuente de información que no poseían los anteriores habitantes de este planeta. Y con esa perspectiva está claro que Marte era un mundo absolutamente mediocre y vulgar en su tipo. Un mundo Tipo-V, y hacía lo que invariablemente hacían los mundos Tipo-V en la fase pos-histórica.
—Señor —dijo Incarnacion—, perdón, pero, ¿esto es un sistema de grados? ¿Qué es un mundo Tipo-V?
—Un mundo que ha explotado a su estrella.
—¿Y la Tierra qué tipo de mundo es?
—Un mundo Tipo-Y.
—¿Qué son los mundos Tipo-Z?
—Mundos muertos. Pero me estoy yendo por las ramas. Ustedes se ponen pos-históricos y la pregunta es “¿Y ahora qué?”. Como dije, hace 3.399 millones de años, los marcianos eran los dueños de todo lo que veían. Estaban listos. ¿Listos para qué? Listos para la guerra.
El robot emitió esta frase en el aire húmedo, sobre las hileras de sillas metálicas.
—Sí, así es. Marte, el Planeta de la Guerra. Enhorabuena. Uno sólo llega a alguna parte cuando sigue su impulso artístico. Hasta puede llegar a las lunas. Lo que voy a decir es una cita: “Dos estrellas menores, o satélites, giran alrededor de Marte, de las cuales la más cercana está a una distancia del centro del planeta de exactamente tres veces su diámetro; la más externa está a cinco”. Esta cita no pertenece a uno de los primeros terráqueos observadores de Marte, algún imbécil como Schiaperelli o Perceval Lowell, sino a los Viajesde Gulliver: Fobos y Deimos.
Eso es. Miedo y Pánico. Hasta es emomento no había existido ruptura alguna en la armonía de Marte. El gobierno mundial, firme pero sabio, avanzaba sin fricciones. Nunca hubo esos escarceos y riñas que abundaban entre ustedes. Marte había ensayado la paz, pero ahora el momento parecía bueno. ¿Qué otra cosa se podía hacer? Nos dividimos, casi arbitrariamente, en dos alas. Estábamos listos. Una parte llamaba a la otra “Gente del Miedo”. Y los otros los llamaban a ellos “Gente del Pánico”. No había una sola voz en contra en todo el planeta. Absolutamente todos estaban a favor. Imagínense dos cultos bélicos japoneses superfuturistas, con arquitectura de Albert Speer. Creo que así tendrán alguna idea.
”Adquirimos un ritmo. Carreras armamentistas seguidas de conflictos masivos. Nos incitábamos unos a otros con todo tipo de armas superexóticas en sucesiones deliciosamente elaboradas de amenazas, fintas y contragolpes. Pero finalmente nada pudo igualar al intercambio termonuclear. Siempre terminábamos arrojándonos uno al otro lo que teníamos a mano, en despliegues de nuestros arsenales. Después de cada devastación, reconstruíamos hasta la próxima devastación. Nadie se quejaba. Hacía mucho que existía la cultura de los refugios. A los heridos los dejaban como nuevos. Y a los muertos simplemente los resucitaban... excepto en casos de evaporación directa. Tomaban sus inviernos nucleares como algo natural. Los períodos de paz duraban siglos. Las batallas terminaban en una tarde.”No parece muy racional, ¿verdad? Más tarde argumentaron que era una etapa necesaria en nuestro desarrollo militar. Se sentían... ricos en tiempo. No sabían (como yo sé ahora) que esto les sucede a todos los mundos Tipo-V en la fase pos-histórica. Sin excepción. Se vuelven locos.
”La Guerra de Hidrógeno de las Dos Naciones duró 112 millones de años, y fue seguida, seis meses después, por la Guerra de los Setenta Millones de Años, en la cual el uso de armas de gravedad cuántica incrementó la potencia de fuego en ambas líneas geométricamente. En esta época otro factor asolaba la salud mental de los marcianos. Pero ésta no es una palabra muy adecuada. Digámoslo así: en Marte todos creían en un futuro infinito. Y en un contexto Tipo V eso siempre causa un desequilibrio mental. Hubo todavía otra gran guerra, la Guerra de la Gran Fuerza, que se arrastró durante 284 millones de años. Cuando salieron de ésa, la impresión general era que Marte estaba en una especie de rutina. De manera que decidieron dejarse de joder. En esta etapa ustedes todavía estaban haciendo la buena imitación de un tanque séptico.
”En primer lugar teníamos asuntos que atender en nuestra propia casa. La gente del Miedo y la Gente del Pánico se unieron para enfrentar un enemigo común. Un enemigo cercano.”
El portero de Marte guardó silencio; su cabeza, con su arco de acero, tenía una actitud interrogativa. Vladimir Voronezh, uno de los rusos laureados (su campo era la formación de las galaxias), fue el primero en hablar:
—Mi querido señor, tengo la impresión de que usted quiere decirnos que alguna vez hubo vida en otro lugar del sistema solar.
—Por cierto. Ustedes tienen que perder la costumbre de pensaren el “milagro” de la vida, el estupendo “accidente” de la inteligencia, etcétera. Puedo asegurarles que en este universo la cognición no vale un puto comino. Marte, como planeta Tipo V, era extremadamente insular en su fase de Riqueza Total. No había interés en la exploración del espacio profundo, a pesar de la tecnología adecuada. Pero éramos perfectamente conscientes de la coexistencia de dos mundos Tipo W: Júpiter y...
—¿Júpiter? —El que habló fue lord Kenrick Douglas (fuentes cuasi-estelares de radio). Señor, nosotros algo sabemos del sistema solar. Júpiter es un gigante de gas. Está rodeado de nubes gélidas de 900 kilómetros de profundidad sumergidas en un casco de hidrógeno líquido. Nuestras pruebas suicidas nos dicen que no hay superficies sólidas en ese planeta. ¿Podría decirnos qué aspecto tenían los jovianos? ¿Medusas con escafandras, seguramente?
Este chiste provocó algunas risas nerviosas. El portero se puso tenso al oírlas: no estaba ofendido sino concentrado, lleno de eficiente curiosidad. Dijo:
—¿Puedo hacerle yo una pregunta a usted? —Parecía dirigirse a Miss Mundo.
—Los que se rieron, ¿lo encontraron cómico o maligno? No, no importa. Permítame decirle, señor Laureado con el Premio Nobel, que Júpiter no siempre  fue un gigante de gas. Originariamente era mucho más pequeño y más denso. Una capa de piedra sobre una médula de silicato de hierro. Pero eso fue antes de que se metieran con Marte. ”¿El sistema de tormentas que ustedes llaman la Gran Mancha? ¿La mancha del tamaño de la Tierra en su trópico sur? Ese fue el punto cero para un aparato NH4 que mandamos hacia allá.
—¿Amoníaco? —preguntó Voronezh. Le brillaban los ojos.
—Sí. Es algo de lo que estuvimos muy orgullosos por un tiempo. Convertimos su lugar en una gran bomba fétida, sin cambiar su masa. Para evitar problemas de perturbación más abajo en la línea. En esa época algunos dijeron que la guerra con Júpiter podía haberse esquivado perfectamente. Otros opinaban que la reacción de Marte había sido exagerada. Al fin y al cabo era un planeta de Tipo W, a millones de años de distancia de alguna posibilidad seria de amenaza. Sea como fuere, la Guerra con Júpiter se redujo a seis meses. Pero entonces percibimos que en otro sector nos habían perdido el respeto, y dirigimos nuestra atención a...
—No me lo diga. A Venus.
—Dirección equivocada.  No, a Venus no. A Ceres. El portero de Marte esperó.
Fukiyarha dijo prolijamente:
—Ceres no es un planeta. Es la roca más grande en el cinturón de asteroides.
Estudiando serenamente las puntas de sus garras el portero de Marte dijo:
—Sí, es cierto. Se pusieron agresivos y... —se encogió de hombros y agregó—: Cuando nuestra fuerza expedicionaria regresaba de Júpiter, recibió una transmisión ambigua de Ceres, otro mundo de Tipo W, aunque muy inferior a Júpiter. Es posible que en la exaltación del momento el comandante marciano haya percibido equivocadamente un matiz de sarcasmo en el mensaje de tributo de Ceres. De todos modos la Guerra con Ceres terminó esa misma tarde.
Después, durante varias semanas, en nuestro planeta reinó una paz llena de inquietud. Se hicieron planes para dar un golpe preventivo ala Tierra. Algunos marcianos sentían que allí había potencial agresivo. Porque... Bien. Había acción en el planeta azul. Fotosíntesis. Disociación fotoquímica del sulfuro de hidrógeno, nada menos. La energía de la luz rompía los vínculos juntando el oxígeno con el hidrógeno y el carbono. Las bacterias se transformaban en cianobacterias. ¡Abran paso! La Tierra está que arde. Pero entonces sucedió algo que cambió todas nuestras perspectivas. De pronto comprendimos que todo esto no significaba nada y que la acción estaba en otra parte.
”En el año 2.912.456.327 a.C., según el calendario de ustedes, los Arqueros de Orión nos enviaron una flecha de aviso. Compactaron a Plutón. Originariamente Plutón era un gigante de gas del tamaño de Urano. Y los arqueros lo aplastaron. Sin ningún cuidado por la conservación de la masa... por eso las perturbaciones que ustedes han notado en Neptuno. ¿Ustedes creían que Plutón era un planeta? ¿Pensaban que ése debía ser el aspecto de Plutón? Se podría decir que, en los Arqueros de Orión, Marte había encontrado un adversario apropiado. Un mundo de Tipo V. Con las mismas armas. Con los mismos problemas de salud mental. Una cosmonáutica ligeramente superior. La Guerra con los Arqueros de Orión, con los combatientes separados por veinte kiloparsecs, fue, como se imaginarán ustedes, un asunto bastante prolongado. El viaje de ida y vuelta llevaba 150.000 años; a la mitad de la velocidad de la luz, que podíamos lograr con nuestras máquinas exploradoras, se descubrió que los efectos relativos eran graves. Sin embargo, las grandes naves partieron. Onda tras onda. La Guerra con Los Arqueros de Orión prosiguió acaloradamente durante más de mil millones de años.
¿Quién ganó? Nosotros. Ellos, los Arqueros, continúan allí. Su planeta está allí. Durante ese trilenio la naturaleza de la guerra cambió. Ya no era una guerra nuclear ni cuántica-gravitacional. Era una guerra neurológica. Informacional. La vida continúa para los Arqueros, pero su calidad de vida se ha reducido sutilmente. La estructuramos de manera tal que creen ser simulacros en un universo de computado determinista. Se cree que ése es el máximo sufrimiento al que se puede inflingir en un mundo de Tipo V. El sabor de la victoria era dulce.
Pero en ese entonces supimos que la guerra interplanetaria, aun a esas distancias, básicamente también era una mierda. Ah, y entretanto, en ese interludio de mil millones de años, la vida en la Tierra fue un infierno. El oxígeno se estableció como gas atmosférico. Células con núcleos. Cada vez más infernal.
”La Guerra con los Arqueros amplió nuestros horizontes. Los astrónomos marcianos se interesaron en una cuestión con la que ustedes todavía están luchando. Me refiero a la materia oscura. La velocidad con que rotan nuestras galaxias sugiere que el 98,333 porciento de cualquier masa galáctica es invisible y sin explicaciones. Nosotros ya pasamos por todas las evoluciones que ustedes están recorriendo, y más. ¿Qué era la materia oscura? ¿Neutrinos masivos? ¿Estrellas caídas? ¿Planetas destruidos? ¿Agujeros negros? ¿Residuos de resonancias? ¿Fluctuaciones del plasma? Entonces, en cierto modo, nosotros los hicimos estallar. Teníamos la respuesta delante delos ojos, pero había que superar un rechazo mortal a enfrentar: esta verdad. No había materia oscura. Todas las galaxias habían sidoactivadas, alineadas. Incluida la nuestra. Muchos, muchos, muchos ciclos atrás.
”Con unanimidad instantánea se decidió que no íbamos a tolerar ese sometimiento. A pesar de los efectos contrarios. Se creía que estábamos frente a un mundo o entidad de Tipo N... tal vez de Tipo M. Ahora sé que nos enfrentábamos con un mundo Tipo Q, aunque oscuramente relacionado con un poder del orden del Tipo J. Y, a propósito: aparte del hecho desnudo de su existencia, no sabemos nada, en este horizonte particular, de los mundos del Tipo A al I, incluido.
”Nuestra idea era lanzar un ataque sorpresa al corazón de la galaxia. Pensamos que nuestra pequeña pero mensurable probabilidad de éxito dependía totalmente de la sorpresa, de lo instantáneo de la acción. De nada nos ayudaría esa basura de los Arqueros. No era cuestión de avanzar tranquilamente hacia el centro, a 130.000 kilómetros por segundo... simplemente tendríamos que estar allí y atacarlos con todo lo que teníamos. Ahora. Para actuar con claridad. En sus aspiraciones tecnológicas, en la Tierra, ustedes están restringidos por ciertas negligencias, como la falta de fondos, pero también por lo poco que saben de las leyes de la Física. Punto.
De modo que, adivinen: ¿cómo vamos a hacerlo?
—Con agujeros de gusano—dijo Paolo Sylvino.
—Agujeros de gusano. Aberturas evanescentes en el hiperespacio... o, más exactamente, universos paralelos con diversas curvaturas o trayectorias. Ultraespacio es la palabra que preferimos nosotros. En forma elemental la idea anda por ahí en la Tierra desde Einstein. Aunque me aventuro a sugerir que ustedes tienen que recorrer un largo camino para llegar a la forma de hacerlo. Ustedes encuentran un camino en la espuma cuántica y luego horadan un túnel en el espacio-tiempo, y lo flexibilizan con el uso de ciertos materiales...exóticos. Nosotros estamos trabajando en este problema desde hace siete millones y medio de años.
”Éste era el encuadre: sabíamos que en el núcleo había un agujero negro de aproximadamente 1,4237 millones de masas solares, y que esto estaba perfectamente verificado. Como ustedes saben, la energía contenida en el remolino central es estupenda, pero totalmente insuficiente para conducir una galaxia. La verdadera fuente de energía era otra. Y ésa era la recompensa que buscábamos.
Mientras preparábamos nuestra fuerza de ataque inicial enviamos sondas de reconocimiento al núcleo galáctico a intervalos de más o menos un millón de años. Muchas misiones se perdieron. Las que volvieron traían los sensores anulados. De una u otra manera las preparaciones para el ataque insumieron 437 millones de años. Entonces hicimos nuestro juego. Adviértase que actualmente en la Tierra lo único que tenemos son organismos visibles al ojo desnudo.”
El portero de Marte se sentó, se reclinó en el respaldo de la silla y cruzó las garras detrás de la cabeza. Continuó con aire pensativo:
—Nadie pensó que esta acción fuera un... “error”, exactamente. Todos estaban perfectamente convencidos de que era algo que teníamos que hacer. Pero las consecuencias fueron un poco extremas. Después de tan larga preparación, la realización de la Fuerza de Ataque Inicial contra el Poder del Núcleo sólo duró nueve segundos.
”Nuestra flota... fue enviada de vuelta. En su totalidad. Y supimos que habíamos perdido, pero tuvimos que esperar otros300.000 años para averiguar por qué. Fue una época de gran ansiedad. Esperábamos intrincadas represalias... día tras día, horatras hora...
”Como unidades militares nuestras naves habían quedado neutralizadas en el primer milésimo de segundo de su aparición en el núcleo, pero sus sensores estaban intactos y habían recogido gran cantidad de información. Gran parte de ella era sumamente deprimente, desde el punto de vista marciano. El núcleo galáctico por cierto había sido investigado. El anillo circundante artificial había sido instalado, según nuestras mejores estimaciones, setecientos cincuenta mil millones de años atrás. Había una especie de fuerza externa de seguridad vigilando el Anillo. Nada más. Una fuerza de...portería. Estacionada allí por entidades que más tarde llamaríamos los Perros del Infinito. Su fuente de energía estaba más allá de la entrada del agujero negro. Usaban energía del universo muerto. Además, más allá del Anillo detectamos lo que sólo podría describir como un hangar de cometas. Nuestro equipo identificó la firma de nuestro propio Cometa Alfa entre los cometas estacionados allí.
”La moral estaba muy baja. Casi nihilista. Los marcianos comenzaron a creer, con diversos grados de convicción, que eran meras simulaciones en un universo determinista de computadora. Volvieron a dividirse. La gente del Miedo. La Gente del Pánico. El planeta estuvo asolado por guerras espasmódicas, azarosas, interminables. Nosotros comenzamos a obtener cierta información. Nos enteramos de que los Perros del Infinito habían engendrado vida en Marte (y en la Tierra, en Júpiter y en Ceres) con ciertos propósitos.Éramos un basural: eso éramos, un basural. Eso es todo. Un basural.
—¿Un basural, señor? —preguntó Incarnacion.
—Sí, basural. En la Tierra, ¿los rinocerontes machos convierten el borde de una laguna en un sumidero? ¿En la isla de Colón, La Española, el Caribe forma líneas de moluscos en la orilla de un río?¿Para marcar territorio? Eso es un basural. Y en eso nos habíamos convertido. En un mensaje de los Perros del Infinito a un poder de Tipo R llamado los Atacantes del Centro, que dicen: No se acerquen.
Entonces aprendí que tanto el Infinito como el Centro son simplemente mandaderos de la agencia Tipo 1 llamada Resonancia. Que a su vez rinde tributo a un imperio Tipo J llamado Tercer Observador. Que a su vez...
Con voz cada vez más débil, el portero de Marte dejó caer su cabeza en forma de hoz sobre el pecho. Luego se incorporó nuevamente y dijo:
—Todos sabían que el único camino digno era el suicidio planetario. En realidad ése es el destino habitual de los mundos Tipo V en esta fase. Luego empezaron a oírse voces más audaces. Nunca se había tratado de ganar o perder. De lo que se había tratado era dela gloriosa autonomía de la autoridad marciana. Sucedió que el siguiente plan de batalla de Marte implicaba emplear fuerzas Kamikaze y no era diferente del suicidio.
”Aplicamos una treta de guerra. Fingimos la autoaniquilación y condujimos toda la operación subterráneamente. Tenía que resultar creíble. Anulamos nuestra atmósfera y paralizamos nuestro núcleo, que también le dijo adiós a nuestra magnetosfera. Lo que ustedes ven allá afuera, esas llanuras y esos valles rojos en la alfombra de ripio yodado, todo eso es maquillaje. Bajamos al subsuelo y esperamos.”Nos abocamos a una reforma armamental en planes de cinco millones de años cada uno. La moral estaba alta: fuertemente idealista. Un solo golpe. Un solo golpe, ése era nuestro lema, íbamos a convertir esa cueva en un depósito de armas. ¿Y cuál sería el proyectil? Comenzamos a trabajar en un tipo de armamento estrictamente ilegal basado en el hueco de un falso vacío. Una burbuja de nada que se expandiría a la velocidad de la luz. Los grandes vacíos, los grandes desiertos sin estrellas que tanto los intrigan: son los lugares del despliegue del incauto vacío falso. O el accidente del vacío falso. De allí los innumerables universos vacíos que pueblan el Ultraverso. Si pudiéramos detonar este arma dentro del horizonte de acontecimientos del agujero negro del núcleo... bien, confiábamos en crear una gran impresión cuando llegara el momento de nuestro segundo rendez-vous con el Infinito. Esa acción reordenaría todo el Ultraverso. Concebiblemente con ventajas paraMarte.
”Sabíamos que la utilización del falso vacío era en sí misma exquisitamente peligrosa: el campo sería terriblemente vulnerable para el que huía. Fue en esa época que me construyeron y me emplazaron, aquí, en una armazón de ultrium puro (un elemento que no se encuentra en los cuadros periódicos de ustedes), esperando una activación y un eventual viaje. Por suerte lo hicieron. Porque iba aquedarme solo para pensar en la impresionante prepotencia del Poder I. Olvídense del Infinito y del Núcleo. Olvídense de la Resonancia y del Tercer Observador. Esto venía de mucho más arriba.
”El aparato estaba listo. Lo único que quedaba por hacer era agregar el dígito final de su algoritmia. El planeta entero contenía el aliento. En este instante comenzaría la guerra. Las preparaciones que habían ocupado medio trilenio darían fruto ahora... La Rebelión del Esclavo Marciano, como yo la denominé, terminó en un trillonésimo del tiempo que le lleva a la velocidad de la luz cruzar un protón. Ese fue el tiempo que llevó la extinción de la vida en todo este planeta. El Poder I había impuesto la censura cósmica a la materia.
Dispuesta para formar la configuración prohibida, la materia recibió instrucciones de destruirse a sí misma. Esto sucedió hace 570millones de años. Ustedes apenas comenzaban con el Cámbrico. Yo me preparé para la espera.
”Pero ya he hablado mucho de Marte. Hablemos de la Tierra.
Antes de comenzar, ¿qué les parecería un intervalo? Hay... baños alfondo. Me temo que no hay jabón. Ni toallas. Ni agua caliente. Les sugiero que se armen de coraje. Después del intervalo daremos un paseo. Primero les daré las malas noticias. Después les daré las malas.
Pop Jones salió por la puerta del fondo, miró hacia un lado y hacia otro a la débil luz de las estrellas, y avanzó, con su afanoso andar de pato, por el borde del sector sur del predio. Las llaves tintineaban en los bolsillos deformados de su traje de sarga negra.
Era importante, pensó, caminar lo más rápido posible... Pop Jones se sentía ensordecido, despersonalizado. Qué tranquilo estaba todo: no había chicos en los bancos, fumando, peinándose, protestando, tosiendo, rascándose, abriendo la boca. Pop pasó por las puertas dela Rectoría y subió la escalera.
En general no estaba autorizado a entrar en la sala de descanso. Su espacio público era la despensa, un rincón deteriorado entre los baños y el galpón de las bicicletas, donde, si quería, podía tomar un jarro de cacao entre los miembros del personal que se ocupaban de la comida y el cuidado del jardín. Pop Jones golpeó la puerta y entró.
La habitación lo recibió con un repentino silencio. Sólo se oía una voz perdida que llegaba de alguna parte. Venía del televisor con pantalla en la pared; alguien decía: Una forma de salir de la paradoja de la tenue-estrella-jo-ven es la de los cálculos de transferencia radiactiva, que sugieren que la presencia de CO2en el primitivo Marte... Olor a cerveza, a cenicero, té de jengibre, bizcochos de jengibre, pelo color jengibre, y muchas latas vacías. Y el señor Davidge, junto con el señor Kidd y el señor Caroline, que se da vuelta y pregunta, con su fuerte acento galés:
—¿Sí, Jones?
—Quería hablarle de Timmy, señor. Timmy Jenkins.
Sintió que el silencio se hacía todavía más profundo. El señor Davidge esperó. Luego dijo:
—¿Qué sucede con Timmy?
—Está en Enfermería, como usted sabe. Y Fitzmaurice dice que no pueden apagar la televisión, señor. Sin desconectar todo el...
—¿Y qué solución propone, Jones?
—La dirección dio órdenes sobre el noticiario, señor...
—¿Y qué solución propone, Jones?
—Pedir permiso para trasladarlo al jardín de invierno, señor.
El señor Davidge miró al señor Kidds y dijo:
—¿Les parece bien, verdad? Sí, Jones, creo que podemos dejar a Timmy a su afectuoso cuidado.
Todos ensayaban una especie de sonrisa. Por un momento Pop sintió la aterradora impresión de estar en una habitación llena de desconocidos. Bajó la cabeza y salió.
Hacía mucho que el jardín de invierno no se usaba. Llevaba al extremo sur del edificio principal, cerca de las habitaciones de Pop Jones. Llevó a Timmy allá en un sillón de ruedas y lo acomodó, bien abrigado, en un sofá. El chico colaboró como pudo. Pop recordó: tres días atrás, cuando encontraron a Timmy... Esa hermosa mañana, estaba en el aire la posibilidad... esa posibilidad que llegaba desde el jardín. En todos los periódicos y por televisión estaban analizando la “clave” marciana para el proceso del envejecimiento, tan elegante, tan comprensible. Y todos se reían y se sentían lánguidos... Pop apoyó las manos en sus caderas redondeadas y dijo:
—Ay, Dios mío, ¿quién te lo hizo, Timmy? Fue “Day”, ¿verdad? Dios mío, Timmy.
—Piso —dijo Timmy.
¿Y qué pasa con el orden moral?, se preguntó, acomodándose enel sillón gris. La pantalla decía: 03,47, 03,46, 03,45.

2

—En el Ultraverso hay infinito número de universos e infinito número de planetas, y en el infinito todo recurre infinito número de veces. Esto es un hecho matemático. Pero no dio resultado en el caso de ustedes. Entre los incontables cientos de miles de millones de mundos Tipo V catalogados hasta ahora, puedo asegurar que ninguno presenta una imagen de retardo tan agonizante como el de la Madre Tierra. Para decirlo con claridad: los planetas de Tipo Y que existen aproximadamente desde que existen ustedes son, sin excepción, planetas Tipo X o mejores. La Tierra tiene otras peculiaridades. El DNA lo conozco desde que ustedes eran chicos. ¡Soy testigo de todos sus sufrimientos! Los he visto arrastrarse por la sabana y aullar alrededor de las fogatas. Los he visto embadurnar con mierda las paredes de sus cavernas. Los he visto trastabillar, andar a tientas, errar, abortar, caer de rodillas, agitarse, tropezar, estropear lo que hacían. Los he visto esforzarse hasta el límite de sus fuerzas, vomitar. Siento... a veces siento que también yo me he vuelto parcialmente humano a través de tantos, tantos años...
 Ahora la sala de conferencias estaba apenas iluminada. Se veían los perfiles lechosos de los espectadores, formas de cabezas, Incarnacion con la mano de Pickering en las rodillas, lord Kenrick aflojando los hombros, Zendovich inclinado hacia adelante con el mentón apoyado en una mano, Miss Mundo masticando chicle y sin pestañear. En el escenario el robot se movía entre sombras, visible gracias al brillo de su cara. Se acercó hacia adelante y se sentó. El portero de Marte se había cambiado la ropa. Ya no llevaba la chaqueta de sarga, sino un smoking de color rojo desvaído, de terciopelo gastado. Al principio parecía que era una ilusión óptica por la luz, pero no. Tenía dos remaches oblicuos, como ojos, en el eje curvo de la cara.
—¿Qué les pasó a ustedes, mis queridos doble hélice? ¿Por qué se quedaron atrás? Lo más notable, sin duda, fue el fracaso de su ciencia. El absoluto fracaso de su ciencia. Sus Einsteins y sus Bohrs, sus Hawkings y sus Kawabatas... hubieran estado lamiendo el suelo de rodillas en los laboratorios de Marte. Sólo ahora están recibiendo ustedes los primeros susurros de más altas dimensiones. En Marte, siempre se pensó en diez dimensiones. Los Perros del Infinito están empezando a pensar en diecisiete, los de Resonancia en treinta y uno, el Tercer Observador en sesenta y siete, las entidades más elevadas en un número de dimensiones a la vez sin límites y finito. Pero ustedes piensan en cuatro. Como yo. Me hicieron así. Yo tenía que ser algo que ustedes comprendieran.
”Luego: la religión terrestre y su poco creíble tenacidad. En cualquier otra parte inventan unos cuantos mitos de la creación durante un tiempo y luego se liberan de ellos cuando la ciencia empieza a funcionar. ¿Y ustedes? Uno de sus escritores lo dijo sucintamente: no hay evidencia de la existencia de Dios aparte del deseo humano de que exista. Una idea extraordinaria. ¿Qué es este deseo? Todos los demás quieren a “Dios” también... pero desde un ángulo diferente. Para nosotros, “Dios” no es de arriba para abajo. Es de abajo para arriba. ¿Para qué desear un poder mayor que el de uno? ¿Por qué no desear convertirse en Dios? Hasta el más afable y conciliatorio de los marcianos hubiera encontrado despreciablemente débil ese afán prometeico de ustedes. Es verdad que en Marte tuvimos que enfrentar (y tal vez nunca la enfrentamos seriamente) nuestra posición en el orden del ser. Va más allá del Tercer Observador, mucho más adelante y más arriba. ¿Y adónde se llega? Una entidad para quien el Ultraverso es una bola de billar. Y tal vez no es más que un portero. Un Ultraportero. Esta entidad, con su vicario el Tercer Observador, creó la vida en Marte. ¿Y yo qué debo hacer con Él? ¿Idolatrarlo? pero, ¿qué carajo tienen ustedes en la cabeza? Eso es cosa de ustedes. Ustedes, finalmente, son adoradores talentosos.
”La Tierra sería una curiosidad de gran interés para los cosmoantropólogos, si los hubiera, pero al Ultraverso jamás le ha importado la información inactiva. En mis propias reflexiones he adoptado la obvia visión homeostática de que la ciencia y la política de ustedes fueron deprimidas de manera natural (y brutal) para que sirvieran de fondo al arte. Porque el arte de ustedes... En ninguna otra parte de este universo ni de ningún otro se toma tan en serio al arte. A nadie le interesa el arte. Les interesa lo que les interesa a todos los demás: la superposición de la voluntad. Es posible que a nadie le interese porque nadie es bueno para el arte. Los “pintores”, si se puede llamárselos así, nunca van más allá de hacer manchas con los dedos o pegar figuras. En lo que concierne a la “música”, el Ultraverso en su totalidad no ha logrado ir más allá de algunas variaciones de alguna canción infantil.  Además de alguna canción guerrera. O gritos de batalla. Lo mismo los “poetas”: de vez en cuando lanzan una copla marcial. Hay por lo menos doce retruécanos conocidos. Y eso es todo. Supongo que nadie se ha esforzado mucho.
¿Para qué? El arte y la religión tienen sus raíces en el hambre de inmortalidad. Pero eso lo tiene prácticamente todo el mundo. En los planetas Tipo Y, en términos generales, pronto avanzan hacia un mundo con un futuro indefinido. ¿Ochenta, noventa años? ¿De qué servirán? Ah, sí. La otra cosa que les aminoró el ritmo fue el carácter increíblemente difuso de su gama emocional. Sentimientos tiernos entre ustedes, con los niños y hasta con los animales.  
”Ahora me gusta el arte. Lleva algún tiempo encontrarle la vuelta. Lo que tienen que hacer es decirse a sí mismos: “En realidad esto no me llevará a ninguna parte”, y así no tendrán problemas. Es extraño. Sus científicos no sabían qué buscar ni dónde buscarlo, pero a veces tuve la impresión de que sus poetas divinizaban lo universal...
Discúlpenme. Mi inmersión en la historia de ustedes, en particular en estos últimos diez mil años, aunque a menudo estuvo envenenada por un ineludible (y obligatorio) desprecio, me ha hecho... ¿Por qué he pedido disculpas?
Y en realidad el campo de fuerza que se propagaba desde el portero de Marte pareció debilitarse. El metal de que estaba hecho había perdido el brillo de lo meramente metálico. Su cabeza inclinada hacia adelante por un momento adquirió la curva de la cabeza de un bebé.
—Digan algo, excelsos DNA. Seres humanos, adelante, desengañen al portero de Marte. Tengo una teoría contraintuitiva. Creo que es una tontería pero no puedo sacármela de la cabeza. Es más o menos así: sé que estoy a mitad de camino con el tema de la religión. Seguramente así tiene que ser. Es como un tapiz empapado en sangre, ¿no? Ustedes tuvieron que hacerla así, por el arte. Pero, díganme. ¿Va más allá? Como Guernica, que sucedió para que Picasso pudiera pintarla. No hubiera existido Beethoven sin Bonaparte. La Primera Guerra Mundial en cierto modo fuere presentada por Wilfred Owen, entre otros. Los acontecimientos en Alemania y en Polonia a principios de la década del 40 tuvieron lugar para Primo Levi y Paul Celan. Etcétera. Pero ya me está pareciendo que no fue así. No es así, ¿verdad, Miss Mundo?
—No, señor —respondió Miss Mundo—. No es así.
—Ya me parecía. Bien, en cierto modo —dijo el portero de Marte demostrando interés—, esto facilita mi último trabajo. Me alegro de que nos hayamos conocido. ¿Saben cuánto tiempo me llevó darme cuenta de cómo hacen las cosas ustedes? Técnicamente soy un sobreviviente de un mundo Tipo V disciplinado, y por lo tanto tenía acceso directo a ciertas fuentes de información. Figuraba en un mailing. Por mis estudios llegué a pensar que los otros mundos eran siempre rápidos y fluidos, y sobre todo que siempre respondían en su impulso hacia la complejidad. Pero ustedes no. Ustedes siempre tenían que hacerlo a su propia velocidad. Eran un tormento para los observadores, pero ésa era la modalidad de ustedes, y cada vez que yo trataba de sacar conclusiones era un fracaso total.
—Perdón, señor. —La que hablaba era Incarnacion Buttruguena-Hume.
—¿Nos está diciendo que usted influía en los acontecimientos de la Tierra?
—Sí, y le daré un ejemplo. Sí, de vez en cuando trataba de animar un poquito las cosas. Por ejemplo con Aristarco. Hace casi exactamente veintitrés siglos aparece este caballero griego que estudia las fluctuaciones en el brillo de los planetas. Yo hice que él...
— ¿Usted hizo que él...?
—Sí. En el radio neural. Cuando ustedes los científicos hablan sobre sus grandes momentos de revelación... una sensación de agradable vacuidad seguida por montones de matemática... están describiendo una asistencia telepática desde Marte. Este Aristarco aparece en un sistema heliocéntrico completamente coherente. Hace correr la voz por todo el país. ¿Y qué sucede? Ptolomeo.  El cristianismo. Ustedes no estaban preparados. De manera que tuvimos que sentarnos y esperar dos mil años a Copérnico. Cosas así sucedían todo el tiempo. Los murmullos se apagaron en la fría oscuridad. Pioline (conteo de los neutrinos solares) dejó escapar una mezcla de suspiro y gemido con componentes de enojo pero con todavía más componentes de tristeza. Cuando se instaló el silencio el portero de Marte tuvo un pequeño estremecimiento de sorpresa y dijo:
 —¿Les molestó eso? ¡Vamos! Eso es lo de menos. Bienvenidos al mundo estercolero.
—¿Pero algunas cosas resultaron? —Dijo lord Kenrick—. ¿Ustedes nos dieron forma? ¿Es eso lo que quiere decir?
—...Sí, me entretuve un poco con ustedes. Así es. ¿Y qué? Estaba programado para eso. Tenía... consignas. Algunas cosas funcionaron. Otras no. La esclavitud es obra mía, totalmente. Sí, la esclavitud fue mi bebé. Eso sí que funcionó. Es algo que salpica a todos los mundos, en los comienzos de su historia. Es una buena práctica para tiempos posteriores. Porque el Ultraverso está centrado en la esclavitud. Bien, en la Tierra se podría decir que se les fue de las manos. Pero en un planeta que no selecciona parecía un desarrollo necesario. Aun en su época de decadencia la esclavitud tuvo distinguidos aunque a menudo vacilantes sostenedores. Locke, Burke, Hume, Montesquieu, Hegel, Jefferson. Y hay una influyente justificación en el libro sagrado de una de las tribus nómades de ustedes en la Edad de Bronce.
 —¿Cuál?
—La Biblia. ¿Alguna pregunta más?
—¿Qué carajo es este asunto de “tropezar con el cable”?
—También es parte del programa. No se pudo establecer contacto con la Tierra hasta que ustedes tropezaron con el cable. Lo hicieron el 9 de junio. El día que llamé a Incarnacion desde aquí.
—¿Qué pasó el 9 de junio? —preguntó Montgomery Gruber (geofisiología)—. Acabamos de mirar, y no sucedió nada.
—Quiere decir que miraron y creen que no sucedió nada. Sucedió mucho. Algún estúpido castor o nutria taponó un tributario menor del río Lee en el estado de Washington... en ciertas altitudes una fracción crítica de vida microbiana experimentó cambios significativos en su metabolismo respiratorio...y hubo ese pequeño incendio en los bosques en Albania... Fue suficiente. No hace falta saber cómo están relacionadas estas cosas, lo seguro es que están relacionadas. Todo esto con un fondo de fósforo movilizado, carbono enterrado y escape de hidrógeno. Todas las sinergias necesarias quedan encerradas.
—Y eso significa que...
—Significa que comienza a crecer la cantidad de oxígeno en la atmósfera de la Tierra. Por fin irreversiblemente. Durante un tiempo no se notará la diferencia. Pero al final de la década del 60 llegará al27 por ciento. Sí, lo sé: es una lástima.
Incarnacion y Miss Mundo intercambiaron una rápida mirada.
Porque ahora los científicos gritaban, gesticulaban, lanzabanexclamaciones. Miss Mundo dijo:
—Por favor, señor, no entiendo.
—Significa que tendrán que ser muy, muy cuidadosos con sus fuentes de calor, Miss Mundo. Con esa concentración, encender un cigarrillo y arrojar el fósforo por encima del hombro provocaría un holocausto. Todo es muy lamentable, porque se trata del tipo de problema muy fácil de solucionar si se lo toma a tiempo. En los próximos años tendrán que trabajar muchísimo en la obturación delos volcanes y el control de las tormentas. Con pocas posibilidades, por desgracia. Parece que de todas maneras el sistema solar se está cerrando. Allá afuera hay un planetesimal con el nombre de ustedes escrito en él. Se espera que un asteroide del tamaño de Groenlandia llegue a la superficie de la Tierra, en la península Ibérica, en el verano desusadamente tórrido de 2069. A doce kilómetros por segundos.  Ya. Tal vez hubo una perturbación en el radar por un par de días al comienzo de la década: podrían haber duplicado la cifra de 2037cuando vieron partir al Spielberg-Robb. Pero el hecho es para entonces necesitarán sus armas nucleares. Un conductor de masas no lo logrará, por el inglés que hay en este asteroide. Sin embargo, desafortunadamente, ahora hay un problema en las armas nucleares de ustedes, que tendrían que haber comenzado a funcionar mucho antes para poder rearmarlas a tiempo. Obviamente un cuerpo de este tamaño que se mueve a dieciséis veces la velocidad del sonido tendrá considerable energía kinética: esa energía será liberada como calor. Y desgarrará el manto y la corteza, arrancando de su lugar a miles de millones de toneladas de magma. Es todo muy lamentable. Marte mismo puede sufrir daños menores con la explosión.
Zendovich dijo:
—Esa es la trampa ¿Lo que usted está diciendo es que no podía actuar hasta que fuera ya muy tarde para que sirviera de algo?
—Afirmativo. Ese era el nudo.
—Tengo algo que decirle, señor —intervino Miss Mundo—. Es usted una persona despreciable.
—Tonterías. Yo no soy una persona, señora. Soy una máquina que obedece a un programa.
Zendovich se puso de pie. Lo mismo hizo el portero de Marte, quien se inclinó hacia adelante y enfiló el pico hacia él.
—Entonces que Dios maldiga al que los juntó.
—Vamos, vamos.
¿Qué esperaba? Este es Marte, hijito —dijo el portero mientras las luces comenzaban a apagarse—. El rojo. ¿Me oye? Nergal: La Estrella de la Muerte. Ahora salgan de aquí, carajo. Sí. Váyanse. Salgan de aquí mirando el suelo. Retírense por el corredor de la izquierda. Sigan las señales.
Pop Jones entró silenciosamente en el jardín de invierno y abrió la puerta del fondo. Llegaba el atardecer. Del otro lado del jardín se veían las ventanas iluminadas de la Sala de Descanso (veía a Kidd y a Davidge, que miraban hacia afuera con ojos vigilantes). Los chicos tardarían una hora más en volver de la playa. Luego, después de la comida, Pop Jones haría sus recorridas con el balde y las llaves. ¿Las recorridas? Pop se encogió de hombros, después hizo un gesto de asentimiento. Sí, era importante tratar de seguir como antes. Pero, ¿era posible?
La estrella caía sobre la colina. Y ya estaba la luna generosa, la luna que perdona; en una penumbra de tizne en el cirrus, con un rostro que decía qué pena, qué pena, qué pena.
Pop Jones se dio vuelta.
—Suelo.
—¿Qué dices, Timmy?
Veía los ojos húmedos del chico.
—Timmy, Timmy, ¿quién te hizo eso, Timmy?
Por un momento Jones sintió que lo invadía el asombro. Qué diferente sonaba su propia voz: espesa, metálica. En esta nueva era en que él, como todos los demás en la Tierra, se sometía a una reafiliación oscura y sin embargo repugnantemente luminosa, Pop Jones encontró algo en su ser que nunca había estado allí antes: la especie necesaria de amor por sí mismo.
—Day —dijo claramente Timmy. Y lo repitió, muy claramente,c omo un profesor de inglés: —Day. Me lo hizo Day.
En el recinto de paredes de vidrio crecían las sombras. La nueva voz de Pop dijo que ya era casi de noche. Y se acercó al niño. Calla, Tymmy, le dijo. Calla.



De Martin Amis