lunes, 22 de julio de 2013

Implosión

Lo felicitan por su merecido premio literario. Amigos y conocidos se acercan a su mesa para rociarlo con halagos y adulaciones. Siempre te dijimos que tenías talento. Por fin llegó el día en que todas esas mañanas de soledad frente a la hoja en blanco han dado fruto. De aquí pa´l real. Arturo los escucha sin decir palabra. Es demasiado modesto y demasiado viejo para vanagloriarse. En el fondo aún no entiende la dimensión de lo que está sucediendo. El premio más importante del estado es suyo: un gordo cheque, la impresión de su libro en edición de lujo, con pasta dura y papel cuché. Es como si de pronto la diosa de la fortuna se hubiera dignado bajar sobre su cabeza y coronarlo con laureles. Por fin la gente conocerá tu obra. Estamos orgullosos. Eres el hijo pródigo del pueblo. Incluso un agente literario se le acerca para ofrecerle un modesto contrato por sus demás libros.
            Hasta hace unos días, nadie del mundo literario conocía el nombre de Arturo. Eso a pesar de sus manuscritos enviados a todas las revistas y a todas las editoriales. Nunca antes había ganado nada. Nunca antes había tenido siquiera la lejana esperanza de llegar a ver su obra publicada. Sólo sus amigos lo leyeron desde siempre, sólo sus familiares, sólo sus compañeros de las tertulias literarias a las que asiste regularmente desde hace años. Textos que se fueron acumulando en cajas. Arturo es incapaz siquiera de recordar todo lo que ha escrito. Y fue precisamente cuando abandonó toda esperanza de ser un escritor reconocido cuando escribió el libro con el que ganó el concurso. “Hojas en desorden”, la novela de un escritor que se enamora enmedio de la desesperanza y que, mientras bebe en la habitación de un hotel, escribe su historia en hojas sueltas. A su gusto, la peor de todas sus novelas.
            Los amigos lo invitan a tomarse algunas fotografías, le piden que sostenga el diploma entre sus manos. Ahora lo consideran un escritor, un artista, la oruga que se ha transformado en mariposa. Muchos de ellos nunca han estado en presencia de un personaje reconocido. Su nombre y las fotos saldrán el día de mañana en el periódico estatal.
            Después sigue la recepción. Quitan las sillas y llegan los meseros cargando charolas con bocadillos y copas con vino. Arturo pide una cerveza. La gente va y viene frente a él. Platican unos momentos con “el escritor”, quien no hace más que escucharlos.
            A las nueve de la noche Arturo se disculpa, tiene que retirarse. Mira a los invitados, sabe que muchos de ellos están ahí sólo por la comida y el alcohol gratis. No le importa. De todas formas nada de eso se pagó con su dinero. ¿Para qué hacen una presentación? le dijo Arturo al Secretario de Cultura de su pueblo. Es una fiesta para usted, un reconocimiento ante la sociedad, le dijo. En el fondo, Arturo hubiera preferido que todo ese dinero se lo dieran a él; ya sabría cómo gastarlo apropiadamente.
            Sale del auditorio y en la calle busca un taxi. Antes de subirse busca el cheque en su bolsillo. Primero no lo siente y el corazón le da un brinco. Pero al meter por completo la mano en la chamarra lo encuentra. Lo saca para verlo una vez más, para ver la cantidad que tiene escrita. Mañana puede pasar a cobrarlo. Luego lo dobla y lo vuelve a guardar. Le pide al taxista que lo lleve a casa. El trayecto de regreso es tranquilo. El taxista es un hombre mayor que no tiene ninguna prisa por llegar. Arturo aprovecha para ver las luces de las casas y mirar un poco el cielo lleno de estrellas. Hace mucho que no se siente así de relajado. Se acomoda en el asiento y cierra un momento los ojos.
            Al llegar a casa, lo primero que hace es quitarse los zapatos. Vive en un departamento a las afueras del pueblo, arriba de un restaurante. Son apenas dos habitaciones, una sala, cocina y baño. El espacio suficiente para un hombre solo. El suelo es de madera, suave y cálido. Las paredes de la sala están llenas de estantes con libros y revistas. Sobre la mesa de centro hay varias hojas manuscritas. Arturo deja las llaves en un tazón a un lado de la puerta. Cuelga la chamarra en el perchero y respira aliviado.
            Del refrigerador saca la charola con hielos y de la alacena una botella de güisqui. Una costumbre heredada de su padre, un contador, que al llegar a casa seguía el mismo ritual. Las acciones repetitivas son las que nos tranquilizan, solía decirle. Son las que le dan sentido a nuestra vida. Los hombres de ahora están perdiendo su “ritualidad”, ya ni los saludos al llegar a un sitio nuevo son importantes. Han comenzado a despreciar las formas. Eso está llevando a nuestra civilización al caos.
            En su habitación, Arturo se quita la camisa y la dobla antes de depositarla en el cesto para la ropa sucia. De la misma forma se despoja del pantalón para quedar sólo en ropa interior. Se mira en el espejo, se nota un poco más gordo, un poco más arrugado de la cara. Luego se sienta a la orilla de la cama, da un sorbo a su güisqui y mira el montón de hojas sobre el suelo; es el último capítulo de su novela. Se toma unos minutos para ordenar las hojas.
            Esta novela trata acerca de un grupo de críticos literarios que se dedica a robar relatos de escritores desconocidos. Relatos en su mayoría malos, los cuales discuten y transforman hasta dejarlos completamente pulidos. Transforman el carbón en diamante. Luego, esos textos son enviados a concursos literarios en donde, de forma indudable, ganan. Los críticos no ejercen una labor creativa, sino reconstructiva. Pero un día entra al grupo otro muchacho, el cual tiene mucho talento y estudia la forma de proceder de todos ellos. En un momento de la novela los críticos literarios comienzan a perder los concursos a manos de un escritor del cual nunca antes han escuchado. Buscan, se documentan, pero nadie sabe de ese escritor talentoso que está arrasando con los concursos; un escritor salido de la nada. Al final descubrimos que el nuevo integrante de su grupo, el joven talentoso, se ha dedicado a reconstruir los cuentos que ellos mismos han reconstruido; una suerte de reescritura de lo reescrito. Es una novela pequeña, de apenas 80 cuartillas, a la cual le puso el punto final antes de salir al evento de premiación. Arturo reúne las hojas y las guarda en un sobre color manila.
            Arturo es un escritor diurno. Se levanta a las siete de la mañana y escribe durante una hora y media. Luego desayuna fruta, toma café y come huevo con pan. Después sale con rumbo a la oficina donde trabaja como auxiliar contable, un trabajo monótono que le permite pensar en sus historias. A las cuatro vuelve a casa, come, lee un poco y, dependiendo el día de la semana que sea, va a las tertulias literarias llevando su montón de hojas bajo el brazo. Por la noche, al volver a casa, se quita los zapatos y se prepara un güisqui. Se acuesta y piensa otro rato en sus historias antes de quedarse dormido.
            Dedica otros minutos a ordenar las cajas con textos que guarda debajo de la cama. Luego va al baño a lavarse los dientes. Se mira en el espejo a los ojos. Ganaste, dice. Por fin eres reconocido. Luego camina de vuelta a la recámara, saca el cheque del premio y mira la cantidad escrita en él. La suficiente para vivir unos cuantos meses sin preocuparse por el dinero para pagar la renta o comprar la despensa. Lo dobla y lo guarda en la cartera.
            Sobre la mesa de centro hay hojas manuscritas. Arturo las levanta, lee algunos párrafos y después las rompe. Tira los pedazos a la basura.
            Levanta el teléfono y marca rápidamente un número. Con el auricular en la oreja escucha el tono de marcado. Le contesta la voz de una mujer. Bueno. ¿Bueno? Y Arturo no dice nada. ¿Es acaso una broma? ¿Se da cuenta la hora que es? Le cuelgan. En el teléfono sólo queda el sonido de la línea muerta.
            Regresa a su habitación. Del closet saca un pequeño banco de madera que utiliza para alcanzar los lugares más altos. De ahí mismo saca una cuerda y, cargando el banquito en la otra mano, camina hasta el baño.
            Una vez ahí se quita la camiseta y los calzoncillos. Desnudo, subido en el banco, se coloca la cuerda alrededor del cuello. Amarra el otro extremo al tubo de la regadera. Se toma unos momentos para ver a su alrededor. Mira por la ventana las luces del pueblo. Mira la noche. Hay un profundo silencio. Entonces aguanta la respiración y se deja caer.

Por Carlos Wilfrido Trejo

miércoles, 17 de julio de 2013

Es momento de devolverle al pez lo intercambiado



Nuestro final comenzó con un charco de agua en el cuarto. Para entonces, ya me querías, aunque no lo quieras aceptar. Tanto me querías que no tardaste en traer jergas para cubrir la mancha. La mancha no se iba. Me miraste preocupada y lloraste. Te quedaste callada y lloraste.

***

Me citaron muy temprano en el número ochenta y cuatro de la calle Dolores. Llegaste diez minutos después. Fuimos presentados sin nuestro consentimiento, nos presentaron y se fueron, dejando demasiadas preguntas sin respuestas. Dijeron: «se van a necesitar el uno al otro». Sí, muy bien, pero olvidaron mencionar la parte fea. La casa era algo muy grande sólo para los dos, fue cuando decidiste traer al gato, ¿lo recuerdas? No quise quedarme atrás y al día siguiente fui a comprar una pecera y un pez platy. Todo mejoró una tarde, mientras comíamos, cuando uno de tus cabellos apareció flotando en mi sopa y mencioné que me gustaba mucho tu cabello chino. Dijiste que lo hubieras preferido lacio y se me ocurrió que intercambiáramos. Al día siguiente nadie notó la diferencia. Decidimos intercambiar más cosas: mi falta de bigote por tu exceso de vello en piernas; un diente por una uña; mi nariz de pretzel por unos kilos que te incomodaban. De esa forma la relación iba, hasta cierto punto, mejor; tú me quitabas lo que no me gustaba y yo hacía lo mismo por ti. Sin querer nos extrañábamos, y eso sí que no me lo puedes negar. Cuando ya no hubo nada que cambiar apareció el charco. Pasabas tus días fuera de casa, los míos se hacían pesados y no tuve más remedio que intercambiarle mis piernas al gato por sus siete vidas; te encargaste de acabar con ellas, una por una. El agua ya nos llegaba al ombligo; el final era inminente. Pensando en eso, en un último intento por salvarnos, recurrimos al platy. Le pedimos sus tráqueas para soportar la marea, dijo que si pero a cambio nos pidió nuestros ojos. Hicimos el trato, contentos por la segunda oportunidad, pero en realidad nada cambió.

***

Con agua hasta el cuello es momento de devolverle al pez lo intercambiado y despedirnos; hace falta más que eso para poder seguir viviendo juntos.


Por Alan Odraude 

lunes, 15 de julio de 2013

Lecciones de vida

―Haxelelt; Asxel en nuestra lengua, era el dios de la transición a la adolescencia. Así cómo varios pueblos y culturas tienen ritos de iniciación a la madurez, los Cúlhuas tenían a Asxel; el dios al que se le entrega la infancia. Ellos hacían varias pruebas donde desde los doce, hasta los 14 años de edad, se ofrecían a este dios como sacrificio. Necesitaban que se juntasen varios púberes debido a la alta tasa de mortalidad en estos ritos. En ellos…
―… Señor Eduardo, ¿de qué me está hablando? ¿Esa cultura existió?
― Profesor, nos dio permiso de dar la clase, y la estoy dando. Yo, no lo interrumpo. Ahora, si me disculpa..
―¡UHHHHH!
―Callados muchachos, callados, está bien señor Eduardo, ¿se cree capaz? Qué gusto, porque ahora su calificación total dependerá de esta exposición.
            ―Bien, sigamos.  Los Cúlhuas eran un pueblo original del Oriente mexicano. Se dedicaban al comercio como principal actividad. Sobre todo a la trata de ranas vampiro o Mecos, como se les conoce en esa región. Estos anfibios de temporada, se dejan caer de los árboles sobre sus presas y succionan toda su sangre. Son como ver un condón usado desinflarse después de la erección.
―Señor…  podría cuidar su lenguaje
―Sí, sí, disculpe. Los Cúlhuas los recolectan de los cadáveres chupados de: ciervos, animales de corral e incluso pequeños osos. Sus huesos son utilizados para joyería artesanal y sus órganos en las ceremonias rituales junto con su piel molida, de la cual preparan brebajes parecidos al Ayahuasca o al té de marihuana.
―¡Ni que fueran tú, pinche grifo!
―Señor Eduardo, es su clase, usted contrólelos.
―¡Cállense lacras! O no llegaremos a la parte interesante. Ehem, como decía.  Los Cúlhuas sobrevivieron al exterminio de la conquista gracias a Don Luis de Velasco, sí,  el virrey de la Nueva España. Él, debido a su gran adicción a los Mecos, hizo del pueblo su “retiro” personal. Aún se guardan recuerdos del virrey, como su casa en esta zona. Incluso los más viejos lugareños relatan una que otra historia de sus aventuras bajo los efectos de varios brebajes. Sus desnudos, sus faltas a la iglesia y, creo que por ahí se menciona una que otra, violaci…
          ―Señor, regrese al tema ahora mismo…
―Ya voy profe, tengo pruebas. El investigador Antonio Velasco, antropólogo condecorado de la UNAM, pero sin relación alguna con el Virrey, por lo que sabemos, menciona en su libro “Mil y Una cosas de México que nadie te quiso contar” a los Culhuas y su tradición.
»Cito: Capítulo tres; de Drogas e invenciones que se fingen de nuestra era: Es a mi entender que no existe pueblo más olvidado, dentro de Latinoamérica, que los Cúlhuas. Estos interesantes pobladores de los estados no costeros cercanos al golfo mexicano, han quedado casi totalmente eliminados de todo registro. Pero ha sido bajo mi benevolente investigación que he decidido rescatarlos de este olvido y volverlos a poner en su lugar digno, como una de las razas que le han dado forma a nuestra historia, drogas  e identidad nacional… Estas son puras tonterías pero, aha, aquí en la página 35... Por ello mismo la primera parte del rito componía en juntar los ingredientes; debían de conseguir por sus medios: de 4 a 5 murlos machos, un par de toloaches y, lo más difícil, los genitales de un jaguar. Se molería todo dentro del cráneo del primero que muriera durante la prueba, fuera por causa natural o por necesidad de un molcajete improvisado. Se les colocaba unos vendajes hasta llegar al lecho del río, ahí, atados de píes y manos, se les abandonaba.
» ... Como ven, no era nada fácil su tarea. Primero se liberaban de maneras muy astutas, usando pequeños cuchillos de obsidiana que escondían dentro del culo, por lo menos, aquellos que no temían a penetrarse a sí mismos. Primera lección de Asxel: la exploración del propio cuerpo.
―Señor, me está diciendo que…
―No profesor, le estaría hablando de una sociedad con una sexualidad más abierta si no me interrumpiera, pero no es así.
―Prosiga entonces, ya no interrumpiré.
―Gracias. Después de preparar la pócima, hallaban un claro y quemaban varias hojas a de palma o yesca, demostrándole al pueblo su ubicación. El resto de la tribu enviaba entonces a todas sus jóvenes, cargadas con flores de sangre. Aquí tengo la definición de flor de sangre: Flor de Sangre: mejor conocida como regalo sudanés, hace referencia al termino tribal que se aplica a un aditamento de defensa femenino. Las mujeres de varias tribus del África, así como de Sudamérica, colocan algún fruto, de preferencia una guayaba o una granada pequeña, con una navaja dentro en su vulva. De esta manera se protegen de la violación.
» Siguiente lección: los jóvenes Cúlhuas debían aprender a abstenerse. Aquellos con la más mínima muestra de una herida, se les rebanaba la garganta, simbolizando el llanto infantil, y eran castrados. No merecían usar los genitales ni en ésta ni en otra vida.
―Pregunta, ¿qué pasaba si nadie sobrevivía?
―Buena pregunta, Carla. Ellos creían que si estaban condenados por la estupidez de sus siguientes generaciones, entonces era mejor no seguir viviendo, ¿alguna otra duda?
―¿Esas eran las únicas pruebas?
―No, cada vez se pone mejor. En la tercera etapa los jóvenes debían elegir a una pareja. La presión los ayudaba a tomar decisiones más prácticas y menos estúpidas, pues pasarían la vida con ella desde ese punto. Los hombres debían de extraer, usando ya fuera la lengua o su cuchillo, la flor de sangre. Ésta prueba hablaba sobre la entrega a la pareja. Si había algún soltero o soltera, éste se volvía el siguiente sacerdote de Asxel, lo que significaba, aparte de ayudar a los preparativos en las ceremonias y dar algo parecido a la educación sexual, ser un alegrador. El equivalente a un servidor sexual. Como dicen: el que no puede enseña.
» Los jóvenes entregaban sus cuchillos a cambio de las flores de sangre y eso formaba su vinculo “matrimonial”. En mi opinión, algo más simbólico que un anillo.  Después venía la última prueba, el corte. Las parejas debían de separarse y adentrarse en la selva, para demostrar que podían vivir juntos. Ellos debían de aguantar hasta encontrar una buena presa; un tapir, un oso selvático o incluso algún coati. El hombre esperaría al lado de la presa después de cortarse la mano. La mujer debía correr a la aldea con su mano como prueba de que habían sobrevivido. Hay teorías de que por esto surge la frase “dar la mano en matrimonio”. El abandonado debía esperar, y para sobrevivir lo único que tendría sería el brebaje preparado durante la primera prueba. Éste, era libre de consumir la droga el tiempo que quisiera para calmar el dolor, pero al final moriría si hacía esto. No era que el brebaje fuera mortal. Aquellos que no consumían la droga comenzaban a gritar de dolor y gracias a esto el resto de la tribu los podía encontrar y rescatar. Los que no podían soportarlo nunca eran hallados.
»Al final todo dependía de aprender del dolor, por eso los Cúlhuas no desarrollaron dependencia a los Mecos, la mejor manera de desarrollar a su sociedad era limpiándola desde sus raíces.
―Señor Eduardo, esa fue una gran historia pero…
―… Pero no he terminado. ¿Quieren saber porque los Cúlhuas casi se extinguen?
―Ya termine, por favor.
―Los españoles creyeron que todos sus ritos sanguinarios y extraña organización social eran un montón de tonterías. Sus restos son varios pueblos olvidados y representaciones dentro de los museos. Al final, nadie entendió a esta cultura.
―Y usted sigue sin entender, está reprobado. Y no vuelva a mi clase con ese tipo de cuentos.
¡UHHHHH!



―¿De nuevo fuera?
―Sí carnal, pero vi tu espectáculo, ¿podrías volver a armar algo así?
―A huevo que sí

―¿Qué tal una presentación en el auditorio?

Por Axl Plmx

jueves, 4 de julio de 2013

Cuando el club se vino abajo



Preparaba café cuando comenzó a temblar. Martín, Humberto, Emmanuel, Gerardo y yo, solíamos reunirnos el primer día de cada mes para conversar sobre cualquier tema. Dos días antes había sido mi cumpleaños, por ende ese encuentro requería de una atención especial. Cada uno tuvo una encomienda de acuerdo a sus cualidades. Martín era maestro de filosofía y debía llevar textos para analizarlos, Humberto era chef, a él le tocaron los platillos de la cena, Emmanuel era alcohólico y llevó el vino, Gerardo era músico, a él le pedimos llevar su colección de acetatos, y yo…yo sólo tenía dinero y era mi festejo, así que me tocó poner la casa.
—Ahora si te luciste, Humberto. Es muy difícil conseguir escamoles, ¿cómo le hiciste? —dije yo, realmente sorprendido.
—Ni tanto, eh. Se los encargué al repartidor de mi trabajo. Su familia se dedica a la cosecha de escamoles —respondió  Humberto, dejando caer los escamoles en mi plato.
—Recuerdo que en la prepa —dijo Gerardo— la banda de un amigo se llamaba así y nunca entendí porqué.
Humberto se rió discretamente.
—Ni yo lo entiendo. ¿Gerardo, sabes de dónde sacan los escamoles? —preguntó Humberto.
—Ni idea.
—De los nidos de las hormigas que también llevan el escamol en el nombre.
Martín intervino rápidamente:
—El humano, al verse derrotado ante el mismo, sabiéndose tan poderoso que es imposible controlarse, decide descargar su frustración sobre la vida misma. Qué miserable.
Con la misma rapidez Humberto respondió:
—Cálmate, sólo son larvas de hormiga.
Martín estaba a punto de responder cuando Emmanuel, sabiendo de antemano que en discutir con un filosofo se te puede ir toda la vida, decidió salvar la noche.
—Oye, Humberto, ¿cómo preparaste los escamoles? Huelen riquísimo.
Martín, al darse cuenta de la situación, no hizo más que refunfuñar.
—Necesitas mantequilla, cebolla y epazote. Yo no le agrego sal, la sustituyo con caldo de pollo en polvo, pero esa ya es decisión del que la prepara. Primero se derrite la mantequilla en una cazuela, se agrega la cebolla y se sazona un momento. Sólo hasta que la cebolla se ponga un poco transparente se agregan los escamoles, luego se tiene que…
Mientras Humberto contaba la receta, los demás -excepto Martín- lo escuchábamos maravillados. Yo imaginaba un ritual antiguo. El chef de cuclillas en el centro del salón preparando un caldo que, al pasar por la faringe, nos quemara lentamente, hasta derretir el corazón y así pasar a poblar los campos de la muerte. Humberto golpeó su copa con una cuchara y me trajo de vuelta al presente.
—Bueno, basta ya de hablar y comamos todos de una buena vez —dijo Humberto con una sonrisa que parecía que le iban a explotar las mejillas.
—Coman ustedes, yo me reservo el placer —sentencio Martín, yéndose a recostar a un sillón.
La cena hubiera pasado totalmente en silencio de no haber sido por Gerardo que, al darse cuenta de que tanto silencio lo atemorizaba, reprodujo en mi fonógrafo su adquisición más valiosa: un acetato del álbum Closer de Joy Division. El sonido hizo que Martín se reincorporara a la mesa, tomando una botella de vino para darle un gran trago.
—Emil Cioran dijo alguna vez que vivir con la idea del suicidio es estimulante. ¿Qué les parecería morir esta noche?
Sin querer, la pregunta me incomodó. No por miedo de pensar en la muerte, sino porque nadie antes me la había ofrecido. Guardé silencio para escuchar lo que los demás respondían.
—En serio que tú si estás loco de remate, Martín—dijo Humberto.
—El sordo siempre cree que los que bailan están locos —respondió Martín.
—Nietzsche Style, baby —dijo Gerardo
—Claramente, compañero.
—La existencia dejó de tener importancia para mí. Todo debe ser bueno o malo. No lo soporto.
— ¿Y tú, Emmanuel?
—A mí qué me dices, morirme es lo que quiero desde hace mucho tiempo, nada más que el alcohol ya se tardó.
Martín volteó a verme y no pude evitar sentir un sentimiento de alivio; yo tenía cuarenta y ocho años y todo lo que poseía era gracias a mi padre, que después de enviudar, quiso ocuparse de mí al cien por ciento. Cuánto daño me hizo, sin saberlo. Lo único que era mío era la vida y, en ese momento, estaba seguro de querer deshacerme de ella.
—Cuenta conmigo, Martin.—Es lo único que pude decir.
—Perfecto compañeros, perfecto.
— ¡Ustedes sí que han perdido por completo la razón! —exclamó Humberto—¡Semejante estupidez!
—Puedes marcharte, si así lo deseas —dijo Martín.
Humberto nos miró, como esperando algo que lo retuviera, una palabra, un gesto por lo menos, y al no encontrarlo decidió marcharse.
—¡Allá ustedes, par de locos! —Y se fue con el rostro rojo.
—Bien, procedamos a tomar la última taza de café y marchémonos de una vez por todas.
Me di cuenta de que ya no había café en la mesa y me dispuse a traer más de la cocina. En el trayecto no dejaba de pensar en lo afortunado que era de tener a Martin, Emmanuel y Gerardo, como amigos. Sin duda esos son la mejor clase amigos.
Regresé con la cafetera llena y comencé a servir, cuando iba en la segunda taza comenzó a temblar. Se fue la luz. Cerré los ojos mientras sonreía. Los cuadros, las piezas de cerámica, las macetas, los vidrios, se escuchaban caer a mí alrededor. Fue perfecto. Una emoción mayor invadió todo mi cuerpo. Por fin nos íbamos a morir.
Entonces algo me quitó la sonrisa y me hizo abrir los ojos: mis compañeros de muerte corrían gritando desesperadamente. Pedían ayuda.
Cuando pasó el zarandeo todo fue silencio y polvo. A lo lejos escuchaba mi nombre entre gritos de Emmanuel y Martín. Cuando me encontraron de pie junto a la mesa no tardaron en preguntarme si estaba bien. No respondí. A tientas llegué hasta la cocina, donde guardaba las velas. Tome cinco, prendí una y regresé al comedor. Le repartí una a cada uno y seguí caminando hasta mi habitación. El sonido al cerrar la puerta se escuchó en toda la casa.
Me levanté muy temprano y al salir de mi cuarto no me conmovió ver los desastres que había provocado el temblor. En la sala aún dormían mis invitados. Uno por uno fueron despertando. Preparé el desayuno; sandía, molletes y jugo de zanahoria. El silencio siguió rondando hasta el momento en que se fueron, cuando todos nos miramos con la certeza de que algo más que objetos también se había venido abajo.

 Por Alan Odraude.